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Puntarenas: una catedral llena de historia, fe y tradicion

Mynor Esquivel y Sergio Barrantes 

Fotografias. Tomadas de Internet

Según narra Mons. Bernardo Augusto Thiel – señala-  el Pbro. Emilio Montes de Oca  en el escrito: “Pinceladas Históricas: Catedral de Puntarenas”, la comarca de Puntarenas para el año 1801 contaba con la Iglesia de Esparta y dos parroquiales en Térraba.

En la época era considerado como el lugar idóneo para veranear como lo ha sido a lo largo de los años en la vida de los costarricenses.

En 1840 se habilita el puerto de Puntarenas como comarca y las primeras eucaristías se desarrollaban en la bodega de una aduana siendo dada por el clérigo a cargo de Esparta.

No es sino hasta el año de 1845 que se da el Decreto de construcción del nuevo templo que sería dedicado a San Antonio de Padúa.

Es en el año de 1850, cuando el templo estaba casi concluido que se erigió la Parroquia de Puntarenas separándola de Esparta. Fueron los mismos feligreses, los que en el año 1889, solicitaron el cambio de patrono, por lo que canónicamente se nombra el Sagrado Corazón de Jesús.

La construcción del nuevo templo:

Una publicación del Diario de Costa Rica de 1943 narra los detalles de la edificación del actual templo. El escrito destaca que uno de los más interesados en la edificación de la iglesia fue el Padre Esteban Venegas, quien contrató los servicios de Luis Matamoros para que levantase los planos, que fueron pagados por contribución pública y uno de los mayores benefactores fue Luis Guzmán.

Respecto a este templo solo se conoce que era un galerón de madera, de techo sumamente bajo, sin ninguna prestancia para el culto a que se dedicaba y que fue devorado por un incendio en el año de 1901.

Para construir el actual templo, se trajeron bloques de piedra de una veta – de muy buena calidad- descubierta en Esparta llamada “Los Guapinoles”. Cuando ésta se agotó, fue sustituida por otra descubierta por Mauricio Molina en la jurisdicción de Barranca. “Esta piedra fue labrada por obreros especializados traídos desde Cartago, quienes enseñaron su industria a los puntarenenses. Entre uno y otro bloque se utilizó argamasa de cal y arena”, explica Montes de Oca.

Las columnas interiores fueron distribuidas  para que las que dieran por su cuenta en calidad de obsequio, entre las familias más adineradas. El ladrillo para el piso lo realizó y trajo Humberto Canessa.

La obra del nuevo templo se extendió por años, hecho que consta en los archivos de la Curia de esta diócesis.

La tradición de la Virgen del Mar:

En el año de 1913, en la pequeña ciudad de Puntarenas corre la terrible noticia de que El Galileo, un barco de concha perla, con toda su tripulación abordo  había desaparecido cerca de la Isla del Caño. Don Hermenegildo Cruz Ayala, un chiricano panameño, que como tantos otros en aquella época vino a probar suerte al joven puerto, era el dueño de la embarcación.

Don Hermenegildo, empujado por el dolor de los familiares de los navegantes y ante la conmoción de los porteños, se dirige al templo de la ciudad a pedirle a la Virgen del Carmen por sus trabajadores.

El pueblo católico, encabezado por el Padre Carmona, párroco del lugar, ora por los hombres de quienes no se tiene noticia alguna. El milagro sucede algunos días después; la gran noticia llega a puerto: los tripulantes de El Galileo se dirigen hacia Puntarenas.

En medio de la algarabía de los ciudadanos llegan, aquellos hombres por quienes tanto se había orado, a tierra. Para sorpresa de todos ellos empiezan a hablar de una mujer que en medio de la tempestad y tragedia los alimentó, pero sobre todo los acompañó.

Don Hermenegildo, hombre de fe,  al escucharlos, los llevo donde el Padre Carmona para darle gracias a Dios. Aquel mismo día se presentaron en el templo, acompañados de sus familiares, amigos y subiendo de rodillas el templo llegaron hasta el sitio donde yace la imagen de Nuestra Señora del Monte Carmelo.

Silvano Nieto, Capitán de la embarcación, narró: “las gigantescas olas que se presentaban al fragor de la tempestad…El Galileo se mecía entre el remolino del viento y el mar, mientras un sonido de maderas me parecía decir que la embarcación amenazaba con partirse en muchos pedazos; miles de fugaces ideas acudieron a mi mente y el temor de morir ahogados se posesionó en mi. Mis tripulantes no ignoraban el peligro y se sentían impotentes ante la adversidad, por un momento sentí temor de Dios y comencé a elevar una plegaria. No soy un gran cristiano, pero en este momento una fe infinita me acerca hacia Él, recordé las palabras de mi madre que en todo peligro que me hallase debía invocar la ayuda de y protección de la Virgen María, y así lo hice. Creo que fue una cuestión de minutos que parecieron siglos, pero de pronto me pareció ver al frente de la nave una gran luz blanca, el mar al instante perdió toda su furia y percibí como que una fuerza divina – con un mecate invisible- tiraba de la embarcación, entendí que la Virgencita estaba muy cerca de mi y gran regocijo embargó mi corazón”.

Don Hermenegildo dijo al clérigo: “Prometo, Padre, que de hoy en adelante, todos los años para el mes de julio, celebraremos una fiesta en el mar para Nuestra Madre”.

Desde entonces, los porteños, la llaman Virgen del Mar, y todos los pescadores (grandes y pequeños), como una sola familia, salen por el Golfo de Nicoya a rendirle honores. Le dan gracias por el fruto de su trabajo y le piden confiadamente que les proteja cada vez que – con ilusión – salen al mar a buscar el sustento de sus hijos.

En 1958 Fray Casiano de Madrid decía: “Los costarricenses y, en especial, los puntarenenses deben agradecer el haber recibido la bendición de la Virgen María, quien intervino para salvar a un grupo de hombres cuyas vidas peligraban en el mar, demostrándonos su inmenso cariño”

La construcción de la ermita del Carmen:

Narra don Rafael Armando Rodríguez, investigador y periodista local, fundamentado en un escrito de Fray Casiano de Madrid – en el año de 1943 para el Diario de Costa Rica – , recalca: “Desde el que nunca olvidado Padre José Daniel Carmona, por el año 1913 erigió el faro de la Virgen en un lugar denominado la punta, organizando una fiesta anual, dejo latente en el pueblo la idea de construir un templo bajo esta piadosa y poética advocación (…) yo también soñaba con una ermita, hasta que al fin don Ricardo Zanini , quiso complacer al cura Ernesto María de Olot quien improvisó un humilde galerón(…) el 11 de febrero de 1943, con el beneplácito del Cura Párroco, Delfín Quesada, emprendimos la tarea de iniciar en un planche la obra, el barrio se entusiasmó y los puntarenenses cooperaron generosamente como así era de esperar  ya que era una necesidad sentida que la patrona de nuestro terruño y protectora de nuestros playas tuviere un techo digno”.

La labor de los Franciscanos en Puntarenas:

Es en 1882 que Mons. Bernardo Augusto Thiel – según Nicolás Chen Apuy y el Pbro. Gustavo Meneses Castro, estudiosos de la labor de los frailes Capuchinos menores de Cataluña en Puntarenas- solicitó al gobierno del General Tomas Guardia, el permiso respectivo para llamar a diez frailes con el objetivo de llevar a término  las misiones de Talamanca y Guatuzo. Empero, no es hasta el 23 de diciembre de 1899 que llega al país Fray Fidel de Montclar y recibe de manos del Padre Claudio María Volio el Convento de Cartago.

Los deseos de Mons. Thiel que los capuchinos atendieran las zonas del interior del país se hacen realidad hasta 1926, después de un largo proceso en que Mons. Monestel procedió a la firma de un convenio con la Orden para que los frailes llegaran a Guanacaste y al puerto del Pacifico. “ Es así que por vez primera llegan al puerto y lo utilizan como centro de operaciones para acceder con facilidad a Guanacaste. Pasaron a tomar posesión de d las parroquias de Puntarenas, Liberia y Filadelfia, pues desde 1924 habían tomado Nicoya”, señaló el Pbro. Montes de Oca.

Puntarenas – agrega el clérigo – se convierte así en  un centro de desarrollo social y económico; a la par de este y en forma paralela viene el desarrollo religioso del pueblo porteño. “En este país, y acá se pone de manifiesto la cultura y la fe caminan de la mano”, advierte el prelado.

Desde que la parroquia de Puntarenas fue creada en 1850, tomó una importancia paulatina, por esta razón en 1927 dentro de sus límites comprendía las poblaciones de Térraba, Boruca y Golfo Dulce. Para el momento de la llegada de los frailes capuchinos los límites de las parroquias coincidían con los respectivos de los cantones de Puntarenas y Osa.

Para 1931 la parroquia contaba en su extensión 20 iglesias o ermitas filiales, cinco escuelas para la catequesis que congregaban unos 500 alumnos de ambos sesos.

En el año de 1933 son bendecidas por parte del Obispo Monestel, las imágenes de Jesús de Petatlán y del Santo Cristo de la Misericordia.

Desde el año 1929 Puntarenas fue sede del  Delegado Episcopal quien desde allí gobernaba la extensa región de Guanacaste.

La Parroquia fue devuelta al prelado episcopal de Alajuela, Mons. Víctor Manuel Sanabria Martínez el 25 de mayo de 1945 y un escrito de Sanabria señala:

“Cada día admiró más la labor de los frailes capuchinos. Ustedes pueden estar gloriosos de lo que hacen y de lo que han hecho, mal que les pese a los envidiosos y criticones: Dentro de lo que toleran las circunstancias, lo de ustedes es y ha sido una misión grande y fructífera: Haría falta mas padres eso es todo”.

El Ier obispo fue Hugo Barrantes Ureña y el segundo, Mons. Oscar Fernández Guillen