Su Revista de Coleccion

DOMINGO DE PASCUAS POR LUIS DOBLES SEGREDA

Texto cortesia: Pbro. Manuel Quesada y Prof. Alexz Carballo

Fotografia: Mynor Esquivel 

El Resucitado.–Judas Iscariote

El panorama de mi linda y devota ciudad de Heredia ha cambiado de la noche al día: los trajes negros que ayer acompañaron la Procesión del Silencio han vuelto al fondo de los viejos cofres coloniales de las abuelas, olorosos a palma bendita, o a los charolados roperillos de las nietas, olientes a reseda. Han sido aplanchados de nuevo los trajes vistosos de gasas ligeras y colores brillantes: muy rojos, muy azules, a grandes rayas amarillas o con alegres flores estampadas.

El contraste es brusco, y por lo mismo notorio y atrayente.

Las caras serias y entristecidas que la víspera parecían llorar conmovidas por los tres clavos y la corona de espinas, se mueven ahora a riza y jolgorio y se iluminan de alegría.

La misma Iglesia ha olvidado toda la austeridad solemne de la Semana Santa en un decir amén y ha descolgados sus enlutados cortinajes y los velos morados para amanecer de todo trapo enflorado y decorado con derroche de luz y de colores, como una novia campesina. Callaron en las altas torres las solemnes quejas de las matracas cavernosas y bajan de ellas, como bandadas de golondrinas, los ágiles timbres de las campanas argentinas, agitando ese amanecer que apenas clarea tras de los montes del oriente. Con los pocos días de no oírlas, nos parece que suenan más alegres ahora y más bullangueras, que repican más de prisa, que sus copas se vuelcan más ágiles y sus Badajoz golpean con mayor diligencia.

Han pasado los días de las oraciones y de las penitencias y de los ayunos. Han enmudecido los púlpitos desde los cuales temblaron las voces de los sacerdotes condenando el pecado y llamando al arrepentimiento. Ahora son los coros los que se llenas de cantos pascuales y de músicas luminosas.

Desde el atrio de la Parroquia, y en el Parque Central,  se queman cohetes de luces y estallan bombas de trueno. La cuadra entera está cercada por un cordón de petardos y buscapiés que van reventando uno tras otro, seguidamente, ruidosamente, sin solución de continuidad, pero alternados con enormes bombetas cada veinte varas. ¿Y cómo no llenarse de júbilo y estallar de alegría si el Señor ha resucitado y radiante pasea esta madrugada por todas las calles de la ciudad mostrando su gloriosa belleza?.

Las tres Marías, que habían venido con Él desde Galilea y siguieron, con amor infinito, toda la tragedia del Gólgota, fueron vueltas a la ciudad y reposaron el sábado, conforme al mandamiento y, en este primer día de la semana, muy en la madrugada, cuando apenas apuntaban los primeros claros del alba, han vuelto al sepulcro de Arimathea trayendo ungüentos y drogas aromáticas.

 

Su maravilla ha sido grande, y su asombro más todavía, porque hallaron revuelta la piedra pesada que cerraba el Sepulcro y, entrando en él, no hallaron cuerpo alguno.

Y aconteció que estando ellas espantadas de cuanto sus ojos presenciaban, se pararon junto a ellas dos varones apuestos, con vestiduras blancas iluminadas por una luz extraña.

Y, como ellas se llenasen de temor y bajasen el rostro a tierra, ellos les hablaron:

–¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? Que no está aquí, mas ha resucitado. Acordaos lo que habló cuando aun estaba en Galilea, diciendo:

–Es menester que el Hijo del Hombre sea entregado a manos de hombres pecadores y sea crucificado y resucite en un tercer día. Entonces ellas notaron que sobre las espaldas de esos mancebos les nacían alas y entendieron que eran ángeles. Y volvieron del Sepulcro dando voces y pregonando las nuevas de todas estas cosas.

Y así lo dijeron a los Once Apóstoles. Pero a ellos les parecieron como locura  las palabras de ellas y no las creyeron, Y dos de ellos tomaron el camino de Emaús que es ciudad que está a sesenta estadios de Jerusalén.

Esta es la alegría que la ciudad celebra en esta madrugada brillante. La Banda Militar, vestida de gran gala, con pompones de pluma, y a paso marcial, recorre la ciudad entera despertando a los vecinos con pasa-calles ruidosos y con alegría inaudita para darles la buena nueva.

¡Oh ciudad descreída! No os dais cuenta de que Simón Pedro, de descreído pescador de Cafarnaum, lleno de desconfianza fue a indagar con sus ojos y solo encontró los lienzos desparramados dentro del alveolo de la roca.

Ciudad loca que vas por el mismo camino que conduce a Emaús, a sesenta estadios de Jerusalén, hablando de todas las cosas que han acontecido y murmurando de vuestros vecinos y debatiendo de vuestros negocios sin creer que el Señor ha resucitado.

¡Oh insensatos y tardos de corazón! ¿No era bastantes que el Cristo padeciera cuanto le visteis padecer, sino que todavía dudáis? Flacos sois y sordos sois. ¿Qué esperáis para los ojos? ¿No sentíais acaso que os ardía el corazón mientras os acompañáis, sin que lo adivinaseis en ese camino de Emaús? El os dirá siempre su mejor palabra: La paz sea con vosotros.

No os maravilléis entonces, ni penséis que veis cosas de ilusión.

El os dice: Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy. Palpad y ved que el espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo.

Pescadores y pescadoras de mi devota ciudad de Heredia, dadle a ese peregrino de Emaús vuestro pez asado y un panal de miel para que se cumpla la Ley que está escrita y la voz de los profetas y el canto de los Salmos.

La ciudad está también afanada en otro afán, pero mundano y de menuda importancia. Quiere quemar la efigie de Judas de Karioth para vengar con eso su traición al Maestro. ¿Por qué cebarse en ese pobre hombre, instrumento inconsciente de lo que tenía que suceder y no os castigáis vosotros mismos que todos los días, y con plena conciencia, traicionáis al Maestro que decís adorar?

La noche anterior a este Domingo Pascual, todas las gentes mozas y alegres de la ciudad recorren las calles paseando un muñecote de trapos, relleno con paja y con petardos.

Cabalga a la jineta sobre un caballo matalón y triste, empujado por la multitud. Se balancea sobre su lomo, casi hasta caer, y no cayendo por milagro de los brazos alegres de la muchacha que lo sostiene.

Y, cuando entra bien la noche y son horas altas, se distribuyen en pequeñas patrullas, por todo el ancho de la ciudad, los más fogosos y alborotadores de ellos.

Allí van al frente Memo Sáenz, el apuesto mancebo lleno de ingenio y Víctor Dobles, el inquieto barbero que más sabe historia de maravillas y Andrés Balmaceda, el orfebre habilidoso que trabaja una hora para divertirse veintitrés, Allí van Concho Morales, el más valiente y Agustín Gutiérrez, el más pendenciero y va toda la muchedumbre alegre de tras de ellos, registrando la ciudad y husmeando todos sus rincones.

¿Qué registran? ¿Qué cosas buscan?.Todo mueble, todo utensilio, todo trasto, toda cosa que sea posible desplazar. Unos traen aquellas bancas de cedro tallado con que los abuelos decoraban sus corredores coloniales. Otros traen los rótulos volados en que los dentistas y médicos anunciaban sus consultas. Aquellos vienen arreando unos terneros, estos otros traen un caballejo desvalido. Estos robaron unos patos y aquellos una jaba de gallinas. Y arados viejos y picos y palas de labriegos y serruchos y martillos de carpinteros y artesas de algún camastro de hotelillo pobre y albardas de las caballerizas.

Aquellos locos echan los bofes arrastrando carretas vacías o rodando los viejos morteros en que pilaban el café del gasto familiar.

Los directores de este movimiento están acuartelados en la amplia casona de don Paulino Ortiz, que fue Cárcel Vieja y se ubicaba donde hoy esta el Teatro Astral.

Allí tienen garrafas de ron y frascos de mistela y acemitas de pan moreno, y canastos de polvorones y bizcotelas y cestas de tamales y, al lado, racimos de cohetes y pelotas de bombas y manojos de cachinflines.

Desde ese cuartel general dan sus órdenes los coroneles del desorden.

La policía consiente y ampara a los truhanes que esa noche tienen patente de corso. Los vecinos se hacen de la vista gorda y uno que otro arma pequeñas camorras que paran en rechiflas y resultan inútiles.

Y todo ese río de tarantines y trebejos va a asentarse a la Plaza del Carmen formando altas pirámides.

La madrugada les sorprendía bebidos de ron, roncos de gritar, cansados de dar trotes y todavía en carreras y ajetreos.

Entonces, apenas pasada la ceremonia religiosa, y entrada ya la procesión del Resucitado, venía el remate.

Cada dueño tenía que presentarse a reclamar personalmente sus tarantines y sus animalejos y le caía encima la cuchufleta hiriente y el chiste burlón y le sucedía la risa de los vagabundos salteadores a los que se unían  hasta los más austeros patricios, riendo debajo de las barbas.

Y ¡ay! Del que no reclamase allí mismo, y en persona. Lo que le era propio, porque se verificaba el remate a favor del hospital.

Luego uno de buena voz, desde una mesa que hacía de tribuna, leía el testamento de Judas. Era el tal una hoja de chistes, escritos en malos versos por contribución de todos los poetas y poetastros callejeros.

Cada uno ponía su sal y su pimienta y a veces resultaban verdaderos golpes de ingenio o de malacrianza.

La memoria recogió algunos inocentes pasatiempos como éste, a un gobernador cara-agria que no saludaba nunca:

“Yo mi sombrero francés

le dejo al Gobernador

por ser un hombre cortés,

Amable y saludable”.

Otras con un poco más de intención, mordían a un sacerdote medio alegre que había abierto una escuelita de canto cristiano:

 

“Dicen que el Párroco nuevo

es hombre de tanto rango

que ha abierto una escolanía

Para dar clases de tango”.

Otras tenían tamaña ponzoña escondida y eran crueles como serpientes:

 

“Nadie conoce razón,

ni se lo puede explicar,

por qué a un señor diputado

Lo llaman hoy PUTIFAR”.

Y leído el testamento, que traía a veces cola de palo y trompadas y verificado el remate, que a veces aparejaba disgustos, y entre el gentío regocijado que reía y la paciencia casi agotada de quienes recogían su banca o su cochinillo, escapaban éstos dando tumbos contra la multitud para salir a flote mar de regocijo oleando en risas.

Entonces, como número final, se llevaba a media plaza el muñeco de trapo y se le enjuiciaba por traidor, acusándolo en una filípica disparatera, y se le encendía la mecha para que se quemase aquella cabeza llena de triquitraques y aquella panza henchida de bombas, para que purgase así su crimen quién vendió al amigo y acarició, codicioso, las treinta monedas de la venta. Porque, aun hablando Jesús vino Judas, el de Karioth, que era uno de los Doce, y con él una compañía de espadas y palos de parte de los Príncipes de los Sacerdotes y de los escribas. Y el que le entregaba había dado señal común diciendo: al que yo besare, aquél es. Prendedle y llevadle con seguridad. Y recibió un bolso con treinta denarios.

Pero viendo Judas que su Maestro era condenado y muerto en cruz, arrepentido tardíamente, tornó las treinta argénteos a los Príncipes de los Sacerdotes, diciendo: Pequé vendiendo la sangre inocente, y arrojando los argénteos en el templo, se apartó y, apenas ido, se ahorcó. Para ahorcarlo en efigie y en espíritu se ha reunido la ciudad y está alegre y regocijada porque así castiga la traición y termina si SEMANA SANTA con esta nota de pública vindicta, para que no lo olviden, ni lo echen en saco roto cuantos esto leyeren y aquellos vieren.

 

“Y hay también otras muchas cosas

que hizo Jesús, que si se escribiesen

cada una por sí, ni aun en el mundo

pienso que cabrían los libros que se

Habrían de escribir. Amén”. –San Juan   Cap. XXI. Vers.25.