Su Revista de Coleccion

Sabado Santo por Luis Dobles Segreda

Texto cortesia: Pbro. Manuel Quesada y Prof. Alexz Carballo

Fotografia: Mynor Esquivel 

Las Tres Marías

Han terminado ya las pompas de la Semana Santa.

Ya no hay ángeles de anchas alas blancas paseando sobre andas, adornadas con flores y con palmas.

Las gentes que de cantones lejanos vinieron a congestionar la ciudad y a lucir estrenos, ya tomaron de nuevo los polvorosos caminos buscando el alero hogareño.

Las imágenes de los santos están de nuevo quietas en sus hornacinas, o enmarcadas en sus altares.

Los devotos han suspendido sus largos y pacientes rezos y el templo está enmudecido.

No lo suben de rodillas los que ayer rezaban vía crucis, ni lo iluminan los millares de velas que ponían las mujeres en los candelabros del Viernes.

El comercio ha abierto otra vez sus puertas cerradas y las gentes han vuelto al cotidiano ajetreo de lo tuyo y de lo mío.

Este es un día intermedio entre el gran dolor del Viernes Santo y la alegría del Domingo Pascual. Va encajonado entre la gran solemnidad del Santo Entierro y la alborada bulliciosa del Resucitado.

Pero todavía la ciudad está de duelo y los trajes enlutados abundan en todas las calles.

Las matracas tartamudean desde las altas torres y las carracas les hacen coro para darles mayor prestigio.

Llaman al os fieles para el rosario de la noche, mientras duermen todavía las campanas que han silenciado sus lenguas de bronce.

Solitarias y vestidas de luto están en la Parroquia las imágenes de María, la madre atormentada, y de Juan, el hijo dilecto.

Y como vio Jesús a su Madre y al discípulo que él amaba, que estaba presente, dice a su Madre: Mujer he ahí a tu hijo. Después dice al discípulo: He ahí a tu Madre.

Esta noche van a trasladarse a su retiro en la Iglesia del Carmen y ese traslado melancólico y lento es la famosa procesión del Silencio.

No hay música en este desfile nocturno, casi únicamente femenino.

Va silencioso, dolorido, iluminado apenas por unas cuantas farolas izadas sobre astas y entre las cuales parpadean y se derriten las velas de cera. Es una procesión triste y desteñida pero que llega hasta el fondo del corazón. Es fúnebre, es lenta, es doliente.

Sólo tres niñas de la ciudad participan en ella jugando el rol de las Tres Marías.

Vestidas de negro llevan en sus manos, una la corona d espinas que le pusieron a Jesús en el Pretorio. Otra la esponja con que le dieron a beber hiel y vinagre y otra los clavos con que sujetaron a la cruz las carnes atormentadas del crucificado de Nazareth.

Estas Tres Marías son: María Salomé, María, esposa de Cleofás y María Magdala.

Ellas le habían seguido desde Galilea, a lo largo de los caminos polvorosos y bajo los soles caliginosos. Y con él llegaron hasta el pie de la cruz, en el monte de las calaveras y estuvieron cosidas a él presenciando el horrendo crimen.

Y allí se postraron hasta que Josef de Arimathea, senador noble, vino y pidió a Pilatos el cuerpo de Jesús.

Y Pilatos se maravilló de que ya fuese muerto y haciendo venir al centurión, preguntóle si era ya muerto.  Y enterado del centurión, dio el cuerpo a Josef.

Estas nobles y silenciosas Marías, leales a Jesús, compraron drogas aromáticas para venir a ungirle y dispusieron sus manos afanosas para arropar su cuerpo en una sábana y ayudaron a situarle en un sepulcro que estaba cavado en una peña, y revolvieron una piedra grande para cubrir la entrada.

“El hueco oscuro y triste,

con luz de eternidad,

donde ha llorado tanto

La flaca humanidad.

La cavidad desnuda,

Que ocupara tres días

El Maestro de los maestros

De las filosofías”.

Esta de acá es María de Salomé, esposa de Zebedeo, madre de Juan y de Jacobo. Ella ha seguido a Jesús abstraída y absorta en sus prédicas y encantada de repetir a otros las parábolas de Jesús de que ella se siente como si fuera dueña.

Zebedeo es indiferente a estas nuevas doctrinas que le parecen cosa imposible de vivir en lo real. Pero Salomé no piensa en esta vida sino en la vida eterna donde todo es hacedero.

Y mientras Zebedeo habla del camello que comprara en la última feria, y corta el queso de su cabra recién parida, Salomé empuja a sus hijos tras las huellas del Maestro, iluminada por el dolor y el renunciamiento.

Ella ha vivido el milagro de Bethsaida cuando un rosal muerto por la secana fue mirado con ojos de piedad por el pálido Rabí y empezó de nuevo a florecer y a llenarse de hojas, como sí fuese recién sembrado.

Ella supo también, porque Pedro se lo ha referido, que en Betfagué maldijo una higuera y de inmediato secóse toda en sus hojas y en sus tallos para nunca más dar fruto.

Por eso se allegó al Maestro cuando subía hacia Jerusalén con sus dos hijos apretados bajo sus brazos.

Y Jesús la miró larga y dulcemente porque sabía cuanta lucha tenía aquella buena mujer para desprenderse de aquellos dos hombres nacidos de su entraña, hijos de Zebedeo. Y entonces le dijo: ¿Qué quieres mujer?

Y díjole ella: Di que estos mis dos hijos se sienten en tu reino, uno a tu diestra y otro a la siniestra. Y respondiendo Jesús dijo: No sabéis lo que demandáis. Podéis beber el cáliz que yo tengo de beber? Y con el bautismo, con que yo soy bautizado, ser bautizados? Dicenle: Podemos. Y díceles: Beberéis bien mi cáliz y con el bautismo, con que yo soy bautizado, seréis bautizados, pero el asentar a mi diestra y a mi siniestra no es mío darlo, pero será de aquellos a los cuales lo tiene aparejado mi Padre.

Y oyendo esto los diez se indignaron de los dos hermanos; y llamándolos Jesús dijo: Ya sabéis que los príncipes de las gentes se enseñorean, y los que son grandes se apoderan de ellas. No será de esta manera entre vosotros y el que querrá ser primero, sea vuestro siervo; así como el hijo del hombre no vino a ser servido sino a servir y a dar su ánima en rescate por muchos”.

Esta otra de más allá es María, esposa de Cleofás, el anciano achacoso de barbas blancas que, encorvado sobre su bordón apenas puede tomar el sol en las callejas de su huerto en Genezareth.

Sentado en un banco de olivo trabaja las sandalias de su esposa con la piel de cordero que él mismo ha curtido, y su barba luenga de patriarca, blanca como el vellón de los corderillos, se agita con el viento salobre que llega de lejos.

Sus ojos apagados se llenan de luz, siempre que la cabellera, negra y matosa de María, perfumada de ungüentos, cae sobre sus hombros para acariciarle.

El buen viejo es hermano de Josef, el carpintero de Nazareth que vio hincharse el vientre de su esposa con el fruto del Espíritu Santo.

Esta María, mujer de Cleofás, ha oído las palabras del Maestro y le ha entregado el más rico presente: sus hijos Judas y Santiago.

Judas es fuerte y andariego y sus piernas vellosas soportan las grandes jornadas por los caminos llenos de arena y riscos, tendidos entre los pueblos donde Jesús va predicando. Santiago es flébil, como una caña y su palidez de cirio hace temer a su madre, pero ella junta sus manos y exclama: Jesús lo ha llamado y han de estar a su vera. Si les faltaran fuerzas en las piernas, hay abundancia de ella en el corazón.

Para eso se quedan en casa, con ella y con el viejo Cleofás, sus otros dos mancebos: Simón y Josef, que son fuertes como los bueyes que arrean sobre la tierra de su heredad.

Ellos trabajaran por los que siguen con el Maestro su camino de renunciamiento.

Jesús ha dicho: “Aquel que dejase padre y madre, mujer, hijos y hacienda por seguirme, recibirá ciento por uno y poseerá la vida eterna.”.

El Maestro pasará esta tarde por Bethsaida  y los tres: María de Cleofás y sus hijos labradores: Simón y Josef, fuéronse alejando hacia Bethsaida para oír al Señor y ver a sus hermanos Santiago y Judas, que ya estaban consagrados a su servicio de apostolado.

En la tarde María regresó y Cleofás se adelantó, tembloroso y tardo, para recibirla y le cogió la cabeza entre sus brazos sarmentosos para besarle la frente.

¿Dónde están los mancebos?, preguntó, y María limpióse los ojos con la manga de su sayo y díjole:

Ya no han de volver Simón y Josef, hánse quedado también al servicio del Señor.

\los hemos perdido nosotros, pero no por causa de muerte, sino de vida porque los ha ganado el Maestro. Cuatro son ya los hijos que hemos dado a la tropa de Jesús y si seis tuviera seis varíale dado.

Cleofás suspiró profundamente entristecido, como si quisiese absorber el aire tibio en que todavía estaba fresco el aroma de mocedad de sus hijos idos, y dio asentimiento.

Quedóse esa tarde mirando la vereda por la que se fueron y, cuando entró la noche, cerró la puerta de su casona con esta oración en los labios tostados: Alabado sea Dios.

Estando Jesús en Bethania, en casa de Simón el Leproso y asentado a la mesa, vino una mujer, bella como ninguna otra lo fuera, con ojos de infinita pasión y cabellera negra y ondulante como una cascada de ébanos.

Bajo los pliegues de su túnica, temblaron como palomas asustadas, las maduras maznas de sus senos.

Esta es María venida de Magdala, dijeron las gentes. Y como la cena fuese ya acabada, llegó sosteniendo una ánfora de alabastro llena de ungüento de espique, de mucho valimiento y lo derramó sobre la rubia cabeza del Rabí. Y enjugóle también los pies con la seda de su cabellera. Rompió luego el cántaro y toda la sala se llenó de fragancia y las ropas de todos se saturaron de ella.

Judas, que era el tesorero del grupo de los Apóstoles, acercóse a mirar el bálsamo derramado y el ánfora rota y, pensando congraciarse con el Maestro, que hacía botos de pobreza, enojóse dentro de sí y comenzó a decir:

¿Para qué se ha hecho esta perdición? Mas de una libra de ungüento se ha derramado y bien pudiera ser vendido por más de trescientos denarios y dado a los pobres.

Juan, el Preferido, hijo de María Salomé, miró a Judas con enojo de descontento y los labios de Magdalena se plegaron en un gesto de repugnancia y, alzándose de hombros, se dio vuelta rápida, mostrándole sus magníficas caderas y el limpio blancos de sus dientes.

Jesús que miraba todo esto, habló diciendo:

Judas, Judas, ¿Por qué das pesadumbre a esta buena mujer? Buena obra ha de cierto obrado en mí, porque a los pobres siempre los tendréis con vosotros y a mí me perderéis en breve.

¿No ves que esas manos que han hecho ternura en mí, se adelantan a ungir mi cuerpo para el sepulcro?

Estas tres mujeres, fuertes en el dolor, abnegadas en la dación y leales hasta la muerte con el Maestro, son las que, llorando, llegaron hasta el pie del madero y allí permanecieron postradas, sin contar horas. Sobre sus nobles cabezas llovieron las gotas de sangre del Rey de los Judíos, herido por tantos golpes y destrozado por Longino.

Ellas pusieron sus labios sobre los pies traspasados por el tremendo clavo y bebieron en esa fuente de humildad el divino licor, como un vino de eternidad.

Tomad y bebed que esta es mi sangre, en espíritu y en verdad.