Su Revista de Coleccion

JUEVES SANTO POR LUIS DOBLES SEGREDA

Los Apóstoles.–El Lavatorio.–La Caña Sagrada

 

Este de hoy es Jueves Santo. Día de toda santidad.

Jesús a dicho a sus discípulos: Asentaos aquí mientras que yo vaya a orar allá.

Y tomando a Pedro y a los hijos de Zebedeo comenzó a entristecerse y acongojarse.

El Maestro levantó sus manos, casi transparentes, hacia el cielo limpio y dijo.

Triste está mi alma, hasta la muerte. Quedaos aquí y velad conmigo, y andando unos pasos se postró en tierra oprimiendo su rostro sudoroso y ajado por el polvo entre sus manos que curaban la lepra y devolvían la vista a los ciegos.

Padre mío, aparta de mí este cáliz de amargura, mas si es preciso que lo beba, hágase, Señor, tu voluntad que no la mía.

Y, cuando finó su oración, vino y los halló durmiendo y dijo a Pedro: ¿Por qué duermes y no has podido velar una hora? Velad y orad para que no entréis en tentación, porque el espíritu a la verdad es presto, mas la carne es flaca.

Yo fui de niño, a acompañar al Buen Jesús es ese Huerto de Getsemani   y a postrarme de rodillas besando la dorada orla de sus vestidos para santificar mis labios.

En la mañana de un Jueves Santo, como éste, mi madre me bañó todo entero, con agua tibia, pero, especialmente, fregóme las piernas con una perfumada pastilla de jabón y un suave paño de hilo azul bordado en rosas.

Luego dióse al empeño de recortarme las uñas de los pies con cuidados inauditos, limando excoriaciones, emparejando cortes, limpiando hendeduras con paciencia ejemplar.

Después, ella misma una pierna y una tía la otra, me frotaron ungüentos aromáticos y bañaron mis consentidos pies con un baso de loción. Nunca me dieron antes tamañas atenciones.

Me calzaron unas sandalias rojas, atadas con cintas de seda que me subían por las pantorrillas entrecruzándose suavemente.

Me levantaron en vilo para que no ensuciase las suelas de aquellas sandalias que iba a estrenar. Pusiéronme una túnica de sedas multicolores y atáronla a mi cintura con un cordón dorado que llevaba en los extremos borlas que parecían cosa de reyes.

Con esa indumentaria, casi romana y casi campesina, me trasladaron al templo porque yo iría en calidad de Apóstol a acompañar al Nazareno. Sentaron me con otros muchachos coetáneos en sendos sillones de peluche y pana, recamados con guarniciones doradas.

Mi padre, que hasta entonces no había metido mano en nada, me informó al oído, quizás que me mantuviese quieto o para que me hiciese cargo de mi elevada posición, que esas butacotas habían sido traídas del Palacio Municipal.

Allí estaban Oscar Pacheco y Juan Rodríguez y Emilio González, los compañeros de armas en los juegos de rayuela y en el baile de los trompos y los compañeros de fatigas en la suma de quebrados y en la conjugación de los verbos.

Nos mirábamos de reojo, con satisfacción íntima, pero no nos era dable cruzarnos palabras, porque así nos lo habían advertido las gentes de sacristía.

Yo de hito en hito miraba a la multitud que llenaba el templo y, desde mi alto sitial, la consideraba como gente plebeya y casi insignificante en relación con mi alto rango en aquel rol de Apóstol del Maestro.

Pero cuando en verdad se me subió en humo a la cabeza fue en el momento en que, el señor Cura, agobiado bajo el peso de su vistosa casulla, ilustrada con bordados de oro, y el señor Gobernador de la Provincia, con la majestad de sus barbas entrecanas, donde sobraba pelo, y la solemnidad de su calva espejeante, donde no había ninguno, se pusieron de rodillas junto a mí.

El uno llevaba una aljofaina brillante de porcelana, que contenía agua con pétalos de rosas, el otro una toalla bordada de flores azules y olorosa a azucenas. Entre los dos personajes, los más altos de toda la Provincia, se apoderaron de mi pie derecho. Lo lavaron una vez más y lo enjutaron con tan delicado esmero que sentí vergüenza por cuanto estaba sucediendo.

Era la ceremonia del lavatorio. Aquellos hombres, toda santidad el uno, todo gobierno el otro, daban testimonio de infinita humildad prosternándose de rodillas y lavándole los pies a un niño pobre y sin merecimiento, como yo.

Entonces comprendí la razón del cuidadoso afán de mi madre en limpiar mis plebeyas extremidades, en aquel Jueves Santo, como nunca en otro día del año y entendí también cuán alto era mi privilegio de poder estirar el pie desnudo para que aquellos hombres meritísimos lo limpiaran.

Tan abstraído y abismado estaba en tantas reflexiones que casi caigo de la silla cuando oí alboroto de armas y vocerío irrespetuoso en la tranquila nave.

Dice San Marcos: “Y vino Judas, que era uno de los doce y con él una compañía con espadas y palos que llegaban de parte de los Príncipes de los Sacerdotes y de los escribas y de los ancianos.

Y el que le entregaba les había dado señal común diciendo: al que yo besare es, prendedle y llevadle con seguridad.

Y como vino, se acercó presto a Jesús y le dice: Maestro, Maestro, y le besó.

Entonces ellos echaron sobre él sus manos y le prendieron”.

Esos judíos eran unos cuantos muchachotes del pueblo que hacían el papel de sayones para servicio de la Iglesia y realce del recuerdo, tal como hacía yo mi papel de Apóstol.

En mangas de camisa, con sombreros a la Pedrarias Dávila, encintados de rojo vivo, con unas caras de descaro, como de gente sin entrañas. Venían armados de fusiles y de espadas y haciendo ruido de espuelas sobre el mosaico del templo, al son de un tamborcillo de pellejo.

Yo sentí odio profundo por aquellos facinerosos que, desde el fondo de mi ánimo, maldecía. Pero, el dolor más grande de ese día lo tuve cuando me percaté de que, entre la tropa desvergonzada e insolente, iba un hermano de mi padre con la cara orgullosa y con satisfacción descarada porque podía entrar al templo con el sombrero encasquetado y con el ala recogida en son de desafío.

Desde aquella fecha odié profundamente a mi tío hasta que ya crecido, me movieron a convicción de que su papel era en servicio de la Iglesia, para realce de los homenajes y que, precisamente con ello iba pagando una promesa por no sé qué bien recibido…

Porque dice San Mateo: “Y la tropa de soldados tomaron a Jesús en el pretorio, allegaron a él toda la compañía y vistiéndolo, lo envolvieron en un manto de púrpura y tejiendo una corona de espinas, la pusieron sobre su cabeza y una caña en su diestra mano y arrodillándose en su presencia, hacían burla de él diciendo: Ave, Rey de los Judíos. Y, escupiendo en él tomaban la caña y heríanlo en la cabeza”.

Esta caña que por cetro pusieron a Jesús, y con la cual le golpeaban sin piedad trae a mí un dulce recuerdo de infancia.

Una Semana Santa, miércoles por la tarde, yo fui, siendo niño, y descendí por los ribazos del río Pirro, con el señor Sacristán de la Parroquia para cumplir una delicada y santa comisión:

Íbamos a cortar una caña brava. La más erecta, la mejor, la más gorda, para ponerla en manos de Jesús el Jueves Santo.

Habrían de pasearlo, vestido de loco, con una caña en la mano y un manto de púrpura en los hombros.

Era la más delicada comisión en que, hasta entonces, había empleado mi vida. No era yo quien había recibido el encargo, era el señor Sacristán de la Parroquia. Pero él, por una deferencia que todavía agradezco, me hacía partícipe de su gloria y me llamaba para que lo acompañase. Yo era entonces rata de sacristía.

Cortó la caña él y yo propuse llevarla.

Era un justo deseo, apretar en mis manos la caña que habría de apretar en las suyas el mismo Nazareno.

Pero el señor Sacristán de la Parroquia, tal vez pensaba lo mismo, y lo enternecía, de igual manera, aquella humilde caña brava.

Me la Negó.

–Usted la quiebra, estas cañas son como vidrio.

Lo dijo secamente, pero luego agregó, para consolarme:

–Como usted está pequeño, la puede quebrar.

Y la levantaba en alto para librarla, para que la caña pasase por los recodos del atajo sin estropearse.

El pobrecillo, al pesar mi tristeza, añadí, matando escrúpulos:

Se puede resbalar, esto está como un pan de jabón.

Yo marchaba detrás, resignado, casi convencido de que tenía razón el señor Sacristán de la Parroquia.

De cuando en cuando mis manos intervenían en el negocio y acariciaban las hojas de la caña, para librarlas del contacto con la maleza unas veces, las más para bendecidme, como si esa humilde caña, ya cortada con místico destino, tuviese la virtud de santificarme.

Un día antes yo la había hecho trizas, sin importarme un comino: la había despedazado con el cuchillo como cosa vulgar y la había arrastrado por el sendero, complacido en verla rota y llena de lodo.

Ahora tenía que defenderla, rodearla de toda ceremonia. De humilde caña insignificante había pasado a ser, por milagro de aquel cuchillo del señor Sacristán, la caña sagrada, la caña única, que habría de simbolizar la locura y el escarnio con que el pueblo judío hacía mofa del buen Jesús.

Y el Jueves, en plena procesión, yo alzaba los ojos para mirar al santo, levantado en su peana sobre los hombros de los devotos, y miraba con más fervor la caña que la imagen. Todo estaba envuelto para mí en un velo de santidad, todo ennoblecido por una luz de beatitud, que me deslumbraba, pero la caña tenía algo más. Yo la había visto cortar, yo había venido a traerla a Pirro y eso la ataba a mí con viva fuerza espiritual.

No cabía de gozo al contemplarla y me parecía que todas las personas ponderaban la caña como la más hermosa, como la más erecta, como la más linda caña que hubiesen visto nunca

Y, con inocente preocupación de niño bueno, miraba a las personas que se movían a mi lado, como esperando que alguna se me señalase con el dedo para mostrar a las gentes al niño que había ido a buscar la caña a Pirro.

Después, convencido de que aquel trabajo estaba ignorado de todos, que a nadie interesaba, sentía gran deseo de gritar a voz herida:

–Señores, yo fui quien trajo la caña.

Pero, al irla a quitar, la carota roja y sudorosa del señor Sacristán, que dirigía la procesión, se interponía.

Entonces yo, como avergonzado pensaba:

–Es decir… yo ayudé… yo fui en compañía