Su Revista de Coleccion

Los Siete Lunes por Exmo. Mons. Rafael Otón Castro y Jiménez Primer Arzobispo de San José de Costa Rica

Aporte: Pbro. Marvin Benvides

Texto: Exmo. Mons. Rafael Otón Castro y Jiménez

Primer Arzobispo de San José de Costa Rica

Edición de los textos y adaptación: Dra. Deyanira Flores

I. Primer Lunes

Padre, perdónales porque no saben lo que hacen

(Lc.23, 34)

 

 

“Una augusta serenidad brilla en todos sus movimientos y palabras, un dominio completo del espíritu y de todas las circunstancias resplandece en el Rey que ha subido voluntariamente al más ignominioso patíbulo para convertirlo en trono radiante de amor y de perdón. Su alma grande y nobilísima empieza por implorar de su Padre Celestial el perdón para sus ciegos y criminales enemigos. Padre, exclama, perdónales porque no saben lo que hacen (Lc.23, 34). De allí aprendieron todos los perseguidos, calumniados y maltratados discípulos de Cristo, a perdonar de corazón a todos sus enemigos”.

 

II. Segundo Lunes

“Hoy estarás conmigo en el Paraíso”

(Lc.23, 43)

 

“El reino de los cielos es suyo; las coronas de la vida eterna Él las reparte a los vencedores y por eso desde su trono sangriento, promete el cielo y ofrece la corona definitiva de la victoria al ladrón que está a su derecha, arrepentido de sus maldades y confesando la realeza divina del Crucificado. ‘Hoy estarás, le dice, conmigo en el Paraíso‘ (Lc.23, 43). Los ladrones y las mujeres de mala vida, los publicanos y los pobres pecadores, con la confesión humilde de sus culpas iban ya precediendo en el reino de Cristo a los soberbios fariseos y a los presumidos de este mundo”.

 

III. Tercer Lunes

Mujer, ahí tienes a tu hijo; ahí tienes a tu madre

(Jn.19, 26-27)

‘Mujer, he allí a tu hijo’ (Jn.19, 26) exclama, mirando a su madre y señalando con sus divinos ojos al discípulo amado. Se detiene por un instante en éste que amaba singularmente su corazón y con frase sencilla y sublime le dice, indicándole a su propia madre: ‘He allí a tu madre’ (Jn.19, 27). Su virginal madre queda constituida madre de toda la raza de Adán, en el orden de la gracia y de la Redención.

A los grandes beneficios de la donación perpetua de su cuerpo y de su sangre en la Divina Eucaristía y a la inmolación sangrienta de la Cruz, se une ahora el legado por excelencia de su propia Madre, para ser Madre perpetua del hombre hasta la consumación de las edades”.

 

IV. Cuarto Lunes

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”

(Mt.27, 46)

 

“Y al entregar a su madre y sentir el abandono del Padre Celestial, en medio de las supremas angustias y martirio de la Cruz, lanza un grito desgarrador, un lamento profundo, inenarrable y misterioso: ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?’ (Mt.27, 46). Esto nos parece el punto culminante, la cima más elevada del gran misterio del dolor con que redime a la humanidad pecadora”.

V. Quinto Lunes

“Sed tengo”

(Jn.19, 28)

 

…”Mas no ha perdido su serenidad divina ni su entera sumisión a la voluntad del Padre. La sed corporal le devora, pero inmensamente más la sed de salvación de las almas por las cuales está dando la vida. La chusma diabólica que ruge en torno de su cruz no es capaz de comprender esa sed ni de compadecerse cuando prorrumpe lastimosamente: ‘Sed tengo’ (Jn.19, 28). Es la sed, la sed ardiente, infinita, de su amor de salvación nuestra. Y ese grito profundo de su alma que va repercutiendo en todas las conciencias cristianas a través de todos los tiempos llega también a nuestros humildes oídos, penetra el corazón, atraviesa nuestras almas y nos hace sentir con vehemencia el deseo del Maestro incomparable, para devolverle con un acto muy sentido y vehemente, amor por amor”.

 

VI. Sexto Lunes

“Todo está consumado”

(Jn.19, 30)

 

…”Su obra está consumada, su misión cumplida, perfectísima la obra que su Padre le encomendó. Afirma por eso con énfasis divino, como conocedor absoluto de todas las cosas: ‘Todo está consumado’ (Jn.19, 30). Las blasfemias, las injurias y afrentas, las burlas y escarnios, la crueldad sanguinaria de sus enemigos; todo ha contribuido a la divina perfección de su obra, a la fecundidad infinita de su sacrificio por la salvación humana”.

 

VII. Séptimo Lunes

“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”

(Lc.23, 46)

 

A propósito del texto bíblico que acabamos de escuchar, Mons. Rafael Otón Castro, decía…”Elevada su grande alma sobre todos los rugidos de la tempestad y entre los fulgores de los rayos funestos de la maldad, habiendo ya cumplido la voluntad de su Padre, da una gran voz en testimonio de su divinidad, muere en medio de la conmoción y espanto de toda la naturaleza y entrega su nobilísimo espíritu en manos de aquél que se lo había dado por creación: ‘Padre, le dice, en tus manos encomiendo mi espíritu‘ (Lc.23, 46).

Modelo divino de todos los que hemos de pagar triste tributo a la muerte, será por eso siempre el Crucificado la suprema esperanza del hombre al traspasar los linderos del tiempo y entrar en la insondable eternidad. A Él han mirado siempre en sus últimos instantes todos los que le amaron y siguieron; a Él también miraremos nosotros, por su infinita misericordia, cuando esté para extinguirse en nuestros ojos la luz de este mundo; a Él, al Divino Crucificado, hemos de dirigir el último aliento de nuestro corazón, estrechando en nuestras manos su ensangrentada imagen que ha de bajar con nosotros a la fría morada de la tumba, después de encomendar nuestro espíritu, en las manos clementísimas de su Padre y nuestro Padre Celestial”.