Su Revista de Coleccion

Martes Santo en Heredia…Semana Santa por Don Luis Dobles Segreda

Lágrimas de San Pedro

Este es el día de Simón, llamado Piedra.

Allí va por las calles principales de la ciudad, suspendida en andas, la efigie de este varón a quien las gentes devotas se dan el gusto de ultrajar en la mañana, para alabar en la tarde.

Como marchaba a lo largo del mar de Galilea, Jesús vio dos hombres: Simón llamado Piedra, y Andrés su hermano, que echaban la red en el mar, porque eran pescadores, Jesús les dijo: Seguidme y yo os haré pescadores de hombres.

Y aquellos campesinos de pies descalzos, que no sabían hablar, fueron elocuentes, y aquellos hombres torpes fueron astutos como serpientes y simples como palomas. Pobres eran y fueron llenos de la mayor riqueza, ignorantes eran y poseyeron la mayor sabiduría porque por ellos hablaba el Espíritu Santo.

No toméis ni oro ni plata, ni llevéis moneda en vuestras correas, ni saco para el camino, ni dos túnicas, ni calzado, ni bastón.

Llamad a las casas saludando con estas palabras: La paz sea en esta casa

No temáis a los que matan el cuerpo porque ellos no pueden matar las almas.

No os empeñéis en salvar la vida porque, el que salvare la vida, ése la perderá y el que pierda la vida por mi causa, ése la salvará.

Eso era Pedro, pescador de anchovetas y Príncipe de los Apóstoles.

Cuando Jesús sintió su gran tristeza sobre el Huerto de los Olivos, les dijo: Esta noche es noche de caídas, porque está escrito que el pastor será herido, y todo el rebaño dispersado.

Entonces Pedro, tomando la palabra respondió:  Cuando seáis para todos causa de caída, no lo será para mí. Respondió Jesús y le dijo: En verdad te digo que esta misma noche, antes que el gallo cante, tú me negarás tres veces. Ancha la frente pensadora de Simón, está surcada en lo profundo por el dolor sé su arrepentimiento.

Pedro perjuro, Pedro infiel. Pedro débil y cobarde que negó al Maestro, dicen las gentes devotas saboreando el oculto deleite de maltratar al discípulo.

Allá va con las manos apretadas por la contrición, con los ojos clavados en el cielo, sin osar volverlos a la tierra porque en su misma peana va el gallo trágico que le atormenta. En casa de Caifás un ciervo le preguntó: ¿Tú estás con Jesús de Nazareth? Y él negó diciendo: Yo no sé de qué habláis. Y, ganando el vestíbulo oyó cantar el gallo.

Las gentes del pueblo sacan el Martes Santo los suyos y los atan a estacones que clavan al borde de las aceras. Los gallos pendencieros que se miran en vecindad, pero se saben asidos por la cuerda, sacuden las alas y elevan el épico registro de su canto. Está dispuesto, por la tradición popular, que quien los oiga cantar en Martes Santo se descubra, junte las manos y, arrepentido como Pedro, rece un Padrenuestro a cada canto. Los chicos de la ciudad corren las calles esquivando los cantos y haciendo fiestas con ello.

Apenas el ave agorera hace ademán de batir las alas, le asustan con sus pañuelos y el canto se hiela en el clarín guerrero.

Se ahorran Padrenuestros esos niños traviesos, mientras las  abuelas se detienen exprofeso a la vera de cada estaca, esperando el pretexto para orar.

La Semana Santa es época en que se inicia la estación de las lluvias.

Los días se ponen pesados y negros. Amenaza lluvia pero suele arrepentirse el aguacero.

Eso sí, el Martes Santo ha de llover, por fuerza.

Son las lágrimas del perjuro arrepentido.

Si no llueve ese día las gentes están entristecidas: observan las nubes negras, hurgándolas con la mirada y luego se contemplan las caras acongojadas.

Malo es el síntoma porque ello significa que no habrá arrepentimiento en el alma de los incrédulos y las cosechas serán pobres y mezquinas.

Pedro, tú eres piedra y sobre esa piedra edificaré mi Iglesia. Tu es Petrus et super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam.

Iglesia batida sobre roca inconmovible, sea regada con lágrimas de arrepentimiento por todas nuestras tradiciones y perjurios. Gotitas de lluvia que os mecéis sobre el aire de mi pueblo piadoso, caed humedeciendo esa tierra buena el Martes Santo, para que recuerde la fe de sus mayores y no se extinga la tradición, que es oro de los abuelos.