Su Revista de Coleccion

Domingo de Ramos, homenaje a Don Luis Dobles Segreda .Semana Santa en Heredia.

Luis Dobles Segreda

Fotografías del Pbro. Manuel Quesada , Prof. Alex Carballo

y  Vicaria Patoral de Liturgia 

“Me ha parecido también a mí,

después de haber entendido todas

las cosas desde el principio con

diligencia, escribírtelas por orden, oh

muy buen Teófilo, para que conozcas

la verdad de las cosas en las cuales

Has sido endeñado”. San Lucas. Cap.

 1. Ver. 3-4.

 

Domingo de Ramos

La Borriquita. – El Señor del Triunfo

 

La mística aldea de San Francisco es la más dichosa en toda la Provincia de Heredia.

Ella, la humilde, la campesina aldehuela blanqueada de cal, tiene el privilegio de cuidar el asno sagrado en que ha de cabalgar Jesús, el Nazareno, para entrar a Jerusalén el Domingo de Ramos. Los doce hombres mayores del pueblo reciben como recompensa a sus virtudes el derecho a cuidar el manso animal. Cada fin de mes pasa de manos de un patriarca a manos de otro, para que sea guardado casi en olor de santidad.

A lo largo del año, manos cuidadosas de niños dulces y de viejos limpios de corazón, le soba el lomo, le peinan la crin, le dan maíz en guate y pasto fresco sobre el cuenco. Todo el año los chicos miran y remiran, con admiración embobada, el pollino sagrado sobre el cual va a cabalgar un día el Maestro.

Como se acercaba a Jerusalén, Jesús dijo a dos de sus discípulos: Id al pueblo que está ante vosotros. Cuando seáis entrados, hallaréis un asno atado, desatadle y me lo traéis. Si os dijeren: ¿qué hacéis? Responded: El Señor lo necesita y al instante os lo dejarán.

Y he aquí que el pueblo de San Francisco tiene el asno de Betphagué atado bajo el árbol de su piedad y espera día tras día un mes tras otro mes, acariciando aquella acémila, como a una novia, con la ilusión de que una mañana lleguen Ñor Esteban Cambronero y don Elías Quesada a desatarla para mostrar sobre ella al pálido Rabí de Galilea.

Porqué está escrito: he aquí que tu Rey vendrá a ti, lleno de dulzor sentado sobre un asno.

Ese domingo, con los primeros claros del alba, la plaza del pueblo se va hinchando de gente, que llegan del oeste de la provincia: son devotos de Santa Bárbara, de Flores, de Belén, de la Ribera, que llegan a San Francisco, endomingados, para sumarse al regocijo. Don Elías y Ñor Esteban conservan como un timbre tradicional, porque son mansos y honestos, el alto rango de montar al Nazareno sobre este asno y sostenerlo de ambos costados para que no caiga con el menudo trote.

Isaac Morales y Feliz Vargas tienen el derecho de llevar la brida; Chilo Sánchez de poner la silla. ¡Dichosos hombres que pueden santificar las manos en ese afán del que hablan todo el año como de un arduo negocio!

Ya caballero a la jineta, bajo su gran sombrero de teja y su amplia túnica violácea, orlada de oros, las gentes se apiñan y quieren ahogar la pobre bestia del Señor. Toso tienen el ansia de tocar sus lucias ancas, su hocico fragante a hierbas frescas, sus orejas asustadas y erguidas como antenas.

Vienen los niños primero, luego las mujeres, después los hombres, pero ninguno se ocupa de acariciar al Santo, todos santifican las manos pecadoras tocando la piel lustrosa del asno.

No tendrán dicha en el año aquellos que, indiferentes y engreídos, no quisieron poner las manos sobre la humilde bestia, agobiada bajo la montaña del cariño campesino.

Entonces comienza la procesión hacia la ciudad de Heredia, que es Jerusalén.

La tropa marcha en silencio, con unción beatifica, por un kilómetro que tiene la ruta.

Allá, ad portas, la ancha calle de iglesias está cerrada por un muro de cartón y lienzos alegóricos. Hasta él se acerca la respetuosa y muda caravana.

Del otro lado esperan los pueblos del Este de la Provincia: gentes de San Rafael, de Barba, de Santa Lucía, del Rincón, de la Lagunilla, de San Pablo.

Ellos vienen con palmas y con manojos de flores, pero aún permanecen en silencio.

A su cabeza está el señor Gobernador de la Provincia, con su verdeante levita de antiguo corte; el señor Comandante de Armas, en gran uniforme, y con pompones de pluma; el señor Cura, de regia casulla, con gruesos relieves dorados; en torno los frailes en revestidos de toda gala.

En todos los pechos se aposenta el silencio, ávido de captar la palabra sagrada.

Tres golpes secos da el fraile de San Francisco, llamando al muro, y el Párroco de Heredia levanta las manos sagradas y exclama:

–¡Hosanna al Hijo de Dios! ¡Bendito sea quien viene en nombre del Señor!

Entonces se abre el ancho y pintorreado portalón jerosolimitano. Abrense las navetas de los monaguillos, se agitan los blancos roquetes y el incienso sube a perfumar el aire con minúsculas nubes de aroma. La banda militar repica sus tambores y ataca alborotados pasacalles, todas las bocas cantan himnos de aleluya y las que no cantan sonríen para que se derrame el regocijo.

Las manos se agitan y las palmas benditas y las flores, alzadas como banderas, ponen una nota de color y de amor en el cortejo.

Dice Mateo:

“Y he aquí que el pueblo extendió sus manos a lo largo del camino. Otros cortaron ramas de los árboles y las esparcieron por el suelo, y toda la multitud, delante de Jesús y detrás de Jesús, gritaban:

–¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito sea quien viene en nombre del Señor!”