Su Revista de Coleccion

TRES DESEOS DEL PAPA PARA NAVIDAD

Oscar Lobo Oconitrillo/ 

CIUDAD DEL VATICANO, 9 DIC 2011 (VIS).-Benedicto XVI encendió en la tarde del miércoles, 7 de diciembre -desde su apartamento pontificio y gracias a un “tablet” conectado con el cuadro eléctrico-, el árbol de Navidad más grande del mundo, que se encuentra en la ciudad italiana de Gubbio. Previamente, dirigió unas palabras -transmitidas por televisión- a cuantos asistían a la ceremonia.

“Antes de encender el árbol -dijo- quisiera expresar tres deseos. Este árbol de Navidad tan grande está en las laderas del monte Ingino, en cuya cima se encuentra la basílica del patrón de Gubbio, San Ubaldo. Cuando lo miramos, nuestros ojos se dirigen hacia arriba, hacia el cielo, hacia el mundo de Dios”.

“Mi primer deseo es, por lo tanto, que nuestra mirada, la de la mente y la del corazón, no se detenga solamente en el horizonte de este mundo, en las cosas materiales, sino que sea de alguna forma como este árbol, que tienda hacia arriba, que se dirija a Dios. Dios nunca nos olvida, pero también nos pide que no nos olvidemos de Él”.

“El Evangelio narra que en la noche santa de Navidad una luz envolvió a los pastores, anunciándoles una gran alegría: el nacimiento de Jesús, de Aquel que nos trajo la luz, más aún, de Aquel que es la luz verdadera que ilumina a todos. El gran árbol que encenderé dentro de poco domina la ciudad de Gubbio e iluminará con su luz la oscuridad de la noche”. “El segundo deseo es que nos recuerde que también nosotros necesitamos una luz que ilumine el camino de nuestra vida y nos de esperanza, especialmente en esta época en que sentimos tanto el peso de las dificultades, de los problemas, de los sufrimientos, y parece que nos envuelve un velo de tinieblas. Pero ¿qué luz puede iluminar verdaderamente nuestro corazón y darnos una esperanza firme y segura? Es el Niño que contemplamos en la Navidad santa, en un pobre y humilde pesebre, porque es el Señor que se acerca a cada uno de nosotros y pide que lo acojamos nuevamente en nuestra vida, nos pide que lo queramos, que tengamos confianza en Él, que sintamos su presencia que nos acompaña, nos sostiene y nos ayuda”.

“Pero este árbol tan grande lo forman muchas luces. El último deseo es que cada uno de nosotros aporte algo de luz en los ambientes en que vive: en la familia, en el trabajo, en el barrio, en los pueblos, en las ciudades. Que cada uno sea una luz para quien tiene al lado; que deje de lado el egoísmo que, tan a menudo, cierra el corazón y lleva a pensar sólo en uno mismo; que preste más atención a los demás, que los ame más. Cualquier pequeño gesto de bondad es como una luz de este gran árbol: junto con las otras luces ilumina la oscuridad de la noche, incluso de la noche más oscura”. VIS 20111209 (490)


ACUERDO ENTRE LA SANTA SEDE Y MOZAMBIQUE

CIUDAD DEL VATICANO, 9 DIC 2011 (VIS).-La Secretaría de Estado ha hecho público hoy un comunicado en el que da a conocer la firma de un acuerdo entre la Santa Sede y la República de Mozambique, que tuvo lugar el 7 de diciembre en la sede del ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación de dicho país africano.

En el comunicado se lee que “el acuerdo, el primero de este tipo firmado por un país del África austral, consolida los vínculos de amistad y colaboración existentes entre las dos partes. Se compone de un preámbulo y veintitrés artículos que regulan diversos ámbitos, entre ellos el estatuto jurídico de la Iglesia Católica en Mozambique, el reconocimiento de los títulos de estudio y del matrimonio canónico, y el régimen fiscal”.  Firmaron el acuerdo el arzobispo Antonio Arcari, Nuncio Apostólico en Mozambique, por la Santa Sede; y Oldemiro Julio Marques Baloi, ministro de Asuntos Exteriores y Cooperación, por la República de Mozambique. Asistieron al solemne acto numerosas autoridades de ambas partes. VIS 20111209 (180)

MANIFIESTO POR UN ESTADO LAICO (Francia, 1905)

J. Amando Robles , jarobles@racsa.co.cr

Debo reconocer que, interesado en mis lecturas por otras cosas, caí sobre algo no buscado y mi sistema de alarma se activó: un manifiesto por un estado laico firmado por un grupo de sacerdotes y laicos católicos en la Francia de 1905.

Son los años más agudos de una crisis en las relaciones entre la Iglesia católica y el Estado francés, con expulsión de congregaciones religiosas de por medio en 1903, la ruptura del concordato y la separación de Iglesia y Estado en 1905. Situación nada favorable para pensar en un manifiesto de este tipo. Y sin embargo es en el mismo 1905 que, como digo, el grupo de sacerdotes y laicos constituidos en una “Sociedad de estudios religiosos” lo concibe y publica. Lo primero que se le ocurre a uno pensar es que debían ser muy inteligentes, como en efecto lo eran, pero, además, profundamente evangélicos y, por ello, partidarios de una Iglesia libre de privilegios y trabas.

Como inteligentes, son capaces de hacer un buen diagnóstico. En su caso, que «un nuevo mundo intelectual se ha constituido fuera del cristianismo y en contra él» y que «el cristianismo ha dejado de tener un sentido para la mayoría». «Hasta ahora –añaden– nos hemos complacido en pensar que este mundo sólo ocupaba un lugar entre nosotros, que, a pesar de todo, seguíamos siendo un país católico (…). Pero ahora resulta muy claro que somos nosotros, por el contrario, los que estamos en medio de él; y hace mucho tiempo que él ha empezado a hacérnoslo sentir».

Capaces de aceptar la existencia de un mundo ya no moldeado por el cristianismo, su valoración no es negativa. Al contrario, en la misma ven la ocasión para un catolicismo más auténtico, libre y evangélico. Y por él apuestan, evidenciando así su veta evangélica. De ahí la ausencia total en el manifiesto de añoranzas por tiempos pasados y de reivindicaciones. Al contrario, lo que en el mismo domina es la posibilidad de un futuro mejor. Uno de los firmantes, el famoso Padre Portal, en carta dirigida a su amigo anglicano lord Halifax, le dirá: «Si tenemos la libertad, ya es mucho, y, por más que digan los realistas y los viejos conservadores, la Iglesia se podrá acomodar a la ley». Y estaba pensando en la ley que legalizaba a los sindicatos. En ella veía garantía suficiente para la existencia libre de la Iglesia católica, diócesis y parroquias.

Obviamente que la Francia de comienzos de siglo pasado es muy diferente de nuestra Costa Rica de hoy, como igualmente lo son las respectivas relaciones Iglesia-Estado Pero, ¿cómo evitar que al considerar ambas realidades el sistema de alarma “cristiano” normal se active? Con toda seguridad que una situación de malas relaciones no es la mejor para proceder a revisiones, ¿pero será mejor una de “buenas” relaciones como la nuestra? Y lo que es más determinante, ¿tendrá la Iglesia costarricense la inteligencia y el sentido evangélico envidiables que hace un siglo tuvo en Francia aquel grupo de sacerdotes y laicos católicos modernistas?