Su Revista de Coleccion

LA MEDALLA MILAGROSA

Por Jesús Martí Ballester


1. ORIGEN. MENSAJE. PROPAGACIÓN. En la última cena, expresó Jesús con vehemencia su deseo de que todos los hombres seamos uno, ya que para esto El se ha hecho hombre y ha vivido con nosotros. “Que todos sean uno como tu, Padre y yo somos uno” (Jn 17,20). Ante esta unidad Sofonías convoca a la alegría a la hija de Sión, a la hija de Jerusalén, a la que le asegura que: “Tu Dios está en medio de ti” (3,14). Y Lucas pone en boca del ángel las mismas palabras de alegría dirigidas a María, porque Dios se va encarnar en sus entrañas (Lc 1,22). Para conseguir la unidad de todos los hombres con Dios, Jesús envía a su Madre para que nos entregue su propio signo de unidad y de salvación, protección, recuerdo y amparo: LA MEDALLA MILAGROSA. Y de un manera semejante a como eligió a María como Madre de su Hijo, para que nos diera por obra del Espíritu Santo al Redentor, escogió a Catalina Labouré, Religiosa Hija de la Caridad en París, para corregir el abandono del recurso a Dios para alabarlo, adorarle, darle gracias, reparar y pedir su ayuda comunicándole la necesidad de la oración, del diálogo con Dios y del abandono en sus manos, ordenándole hacer acuñar una medalla con su imagen. Cuando Catalina Labouré a los nueve años perdió a su madre, una señora de la pequeña nobleza de Fain-les-Moutiers, ahogada en lágrimas, se abrazó a una imagen de la Virgen y le dijo, como lo hizo Teresa de Jesús: “Ahora, Tú, serás mi madre”. María correspondió a tanto afecto, y se convirtió, de modo especial, en madre de Catalina.

2. LA INTRIGA DE UN SUEÑO
Una noche, Catalina soñó que un sacerdote desconocido, la miró profundamente con su mirada, cuando terminaba de celebrar la misa en la iglesia de Fain-les-Moutiers. Catalina quedó muy impresionada. El sacerdote le dijo que se acercara. Ella, aunque se sentía fascinada por aquella mirada, retrocedió. Fue a visitar a una enferma, y volvió para encontrar a aquel sacerdote, que le dijo: “Hija mía, tú ahora huyes de mí, pero un día serás feliz en venir a mí. Dios tiene designios sobre ti. No lo olvides”. Catalina no entendió. Cuando tenía dieciocho años, un día, entró en la sala de visita de las Hijas de la Caridad en Chatillon-sur-Seine, y vio el retrato de aquel sacerdote, de cuya mirada jamás se olvidará y supo que era San Vicente de Paúl, fundador de las Hijas de la Caridad. A los 23 años, después de una larga lucha con su padre que de ninguna manera aceptaba su vocación, entró como postulante, en la casa de las Hijas de la Caridad de Chatillon-sur-Seine, donde había descubierto quién era aquel sacerdote que había visto en el sueño. Poco después entró en el noviciado de las Hijas de la Caridad, en la Rue du Bac, en París, a donde había sido trasladado el cuerpo incorrupto de San Vicente de Paúl, desde la catedral de Nôtre-Dame.

3. PRIMERA APARICIÓN DE LA VIRGEN 
“Nos habían distribuido a las novicias un trocito del roquete de lino de San Vicente -escribe Catalina-. Yo corté la mitad y me lo tragué, y me dormí pensando que San Vicente me obtendría la gracia de ver a la Virgen. A las once y media de la noche, oí que me llamaban por mi nombre: “¡Hermana mía! ¡Hermana mía!”. Me desperté, corrí la cortina y vi a un niño de cuatro o cinco años, vestido de blanco, que me dijo: “Ven a la Capilla; la Santísima Virgen te espera.” “Me vestí y me dirigí hacia el niño, y lo seguí, siempre a mi izquierda. Por todos los lugares por donde pasábamos estaban las luces encendidas. Cuando entré en la Capilla, se abrió la puerta, que el niño había tocado con la punta del dedo. El niño me dijo: -”¡He aquí la Santísima Virgen! ¡Aquí está Ella!”-. “Oí un ligero ruido de vestido de seda, que venía del lado del presbiterio, cerca del cuadro de San José. “Cuando vi a la Santísima Virgen, di un salto hacia Ella, y me puse de rodillas con las manos apoyadas sobre las rodillas de la Santísima Virgen. Fue el momento más dulce de vida. Me sería imposible expresar todo lo que sentí. Nuestra Señora me dijo: – “Hija mía, el buen Dios quiere encargarte una misión. Tendrás que sufrir mucho, pero superarás estos sufrimientos pensando que lo haces para la gloria del buen Dios. No temas”.

4. SEGUNDA APARICIÓN:
“El día 27 de Noviembre de 1830, vi a la Santísima Virgen. Era de estatura mediana, estaba de pie, vestida con un traje de seda blanco aurora, con mangas lisas y un velo blanco que le cubría la cabeza y descendía de cada lado hasta abajo. Bajo el velo, vi sus cabellos lisos, separados en el medio. El rostro bastante cubierto, los pies apoyados sobre media esfera, y en las manos tenía una esfera de oro, que representaba el Globo. Tenía las manos a la altura de la cintura, de una manera muy natural, y los ojos elevados al Cielo. Su rostro era magníficamente bello. Yo no sabría describirlo. Y poco después, vi en sus dedos, anillos con piedras, unas más bellas que las otras, unas mayores y otras menores, que despedían rayos, a cual más bello. Partían de las piedras mayores los más bellos rayos, siempre ensanchándose hacia los extremos, llenando toda la parte de abajo. Entonces, la Santísima Virgen bajó los ojos, y me miró fijamente. Oí una voz que me dijo: -”La esfera que ves representa el mundo entero, y cada persona en particular. – “Aquí yo no sé expresar lo que sentí y lo que vi, la belleza y el fulgor, los rayos tan bellos… “- “Esos rayos son el símbolo de las gracias que derramo sobre las personas que me las piden”. Me hacía así comprender cuán agradable es rezar a la Santísima Virgen y cuán generosa es con las personas que le rezan; cuántas gracias concede a las personas que le ruegan; qué alegría siente concediéndolas. “En ese momento, se formó un cuadro en torno de la Santísima Virgen, un poco ovalado, y en la parte superior leí estas palabras escritas en letras de oro: “Oh María sin Pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos”. Una voz me dijo: “Haz acuñar una medalla según este modelo”. Todas las personas que la lleven con confianza recibirán grandes gracias. En ese instante, el cuadro me pareció volverse, y vi el reverso de la medalla. Preocupada por saber lo que había que poner del lado reverso de la medalla, tras muchas oraciones, un día, en la meditación, me pareció oír una voz, que me decía: “La M y los dos Corazones dicen lo suficiente”.

5. TERCERA APARICIÓN. 
La Virgen María aparece sosteniendo un globo de oro, rematado por una pequeña cruz. De los mismos anillos, adornados con piedras preciosas irradiaba, con intensidades diversas, la misma luz: “Es imposible expresar lo que sentí – dice Catalina – y todo cuanto comprendí en el momento en que la Virgen ofrecía el Globo a Nuestro Señor”. Y la voz en el fondo de mi corazón: “Estos rayos son el símbolo de las gracias que la Santísima Virgen obtiene para las personas que se las piden”. El Padre Aladel, confesor de Santa Catalina, a quien ella le confiaba todo, se mostraba frío e incrédulo, considerándola soñadora, visionaria y alucinada. Transcurrieron dos años de tormento: “Nuestra Señora quiere… Nuestra Señora está descontenta… es necesario acuñar la medalla”, le insiste la Santa.

6. APROBACIÓN DEL ARZOBISPO DE PARÍS
Ante la insistencia de Catalina, su director espiritual obtuvo del Arzobispo de París, Mons. de Quélen, el permiso de hacer grabar la Medalla. Era el año 1832. El arzobispo pidió que le enviaran las primeras medallas para utilizarlas en la conversión del arzobispo de Malinas, que era uno de los obispos constitucionales. La popularidad de la Medalla se incrementó con la ruidosa conversión del judío Alfonso de Ratisbona, ocurrida en Roma en 1842. A partir de entonces, la «Medalla Milagrosa» adquirió la propagación de las grandes devociones marianas. La Iglesia aprobó esta devoción con el decreto de institución de la fiesta de la Medalla Milagrosa, el 27 de noviembre, sancionado por el Papa León XIII.

7. CONVERSION DE RATISBONNE
Un joven banquero, judío de raza y religión, se convirtió súbitamente en la Iglesia de San Andrea delle Fratte. La Santísima Virgen se le apareció con las mismas características de la Medalla Milagrosa: “Ella no dijo nada, pero yo lo comprendí todo”, declaró Alfonso Tobías Ratisbonne, que poco después rompió su noviazgo y se hizo jesuita, con el nombre de Padre Alfonso María Ratisbonne. Cuatro días antes, a instancias de su amigo el Barón de Bussíres, había prometido rezar todos los días el “Acordaos” de San Bernardo, y había aceptado llevar al cuello la Medalla Milagrosa. Cuando la Santísima Virgen se le apareció, tenía la medalla puesta. Esta conversión conmovió a toda la aristocracia europea y tuvo repercusión mundial, haciendo aún más conocida, buscada y venerada la Medalla Milagrosa.

8. CATALINA LABOURÉ, IGNORADA
Nadie, ni la Superiora de la Rue du Bac, ni el Papa, sabían quién era la religiosa escogida por Nuestra Señora. Sólo el Padre Aladel la conocía. Santa Catalina, por humildad, mantuvo durante toda su vida una absoluta discreción y jamás dejó traslucir el celeste privilegio. Sólo le importaba la difusión de la medalla: esa era su misión. Cuando recibió las primeras Medallas, dijo: “Ahora, es necesario propagarla.”

9. SIMBOLOGÍA DEL ANVERSO DE LA MEDALLA.
En él se lee la invocación: “¡Oh Maria, sin pecado concebida!», como la exposición de su Inmaculada Concepción. “Rogad por nosotros que recurrimos a Vos”. Nos indica: Que recurramos a Ella en todas nuestras necesidades, porque Ella es el refugio de los pecadores y el consuelo de los afligidos. Los rayos, simbolizan a Maria Mediadora de todas las gracias, como lo confirma la misma Virgen a Catalina: «Estos rayos son símbolos de las gracias que derramo sobre los que me las piden». Dice San Bernardo, que «Dios ha puesto en María la plenitud de todo bien para que todas las gracias de esperanza y salvación vengan por Ella». Dios y Cristo se sirven de Maria y quieren que pasen por Ella, como el cuello del Cuerpo Místico, todas las gracias que nos confieren. Su acción por su medio, se impregna de ternura sin perder su fuerza divina. Nos comunica a través de nuestra Madre la vida divina.

10. SIGNIFICADO DE LA ESFERA
Es el globo terrestre y simboliza la universalidad del reinado de María, que se extiende en todo el ámbito del reino de Cristo, reino de amor, de bondad y de bendición, y tierno y delicado como el de una madre, que no tiene límites ni en el tiempo ni en el espacio. María es Reina del cielo porque tiene poder y autoridad sobre los ángeles y los santos. Es Reina del purgatorio porque consuela, socorre y libera a las almas que esperan su purificación. Es Reina de la tierra porque impide, deshace y destruye las maquinaciones de los demonios. La esfera inferior representa el mundo y cada persona. La serpiente es el símbolo más exacto del triunfo de la Madre de Dios sobre el demonio. La antigüedad pagana representaba al vencido bajo los pies del vencedor y el Antiguo Testamento hace pasar a los vencedores sobre las cabezas de los vencidos. Todo ello nos recuerda las palabras del protoevangelio: «Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer. Y entre tu linaje y el suyo; éste te aplastará la cabeza» (Gén 3,15). Desde muy antiguo se ha interpretado en este sentido este texto de María y el Beato Pío IX lo aplica a María en el misterio de su Inmaculada Concepción.

11. SIMBOLISMO DEL REVERSO DE LA MEDALLA.
El monograma de María y la cruz, indican la corredención de María. La cruz es símbolo de la redención. La cruz sostenida por una barrita que atraviesa la letra M indica que María estaba junto a la Cruz (Jn. 19,25). Por esta comunidad de sentimientos y sufrimientos María conmereció con justicia proporcional la reparación de todo el género humano caído. Y de esta manera ha sido constituida la dispensadora de todos los tesoros adquiridos por su Hijo Jesús. A Ella hemos de recurrir en las tentaciones, en las caídas, y en cualquier contratiempo y adversidad. Los corazones son el símbolo del amor que Jesús y María tienen a los hombres. El de Jesús, coronado de espinas, indica que está herido por los pecados. El de María, traspasado por una espada, nos recuerda la profecía del anciano Simeón: «Una espada atravesará tu alma» (Lc 2,34). Hemos de sintetizar el amor que debemos a Dios, en el amor a los Sagrados Corazones de Jesús y María. El Corazón de Jesús posee todos los dones y tesoros de la gracia. A María hay que conocerla en su corazón; cuanto mas estudiemos su amor más conoceremos a María y la reclamaremos. Las estrellas de la Medalla nos recuerdan a la mujer del Apocalipsis, a quien san Juan vio envuelta en el sol y coronada de doce estrellas (Ap 12,1), que son el símbolo de todas las gracias y privilegios que Dios concede a Maria y la protección que le ha dispensado continuamente. La devoción a la Virgen bajo la advocación de Milagrosa, es eminentemente eficaz y la medalla es escudo fortísimo contra todas las asechanzas de los enemigos y seguridad en los peligros de los que la llevan con fe, confianza y coherencia. La Medalla Milagrosa nos hace presente la mirada de la Madre de Dios, mirada “cuán santa, cuán serena, cuán benigna, cuán amena”. La mirada celestial y virginal, purísima, sacratísima, regia, maternal, que nos observa en todos los momentos de nuestra vida.

12. OPORTUNIDAD Y ACTUALIDAD EN EL AÑO DEL ROSARIO
El Papa Juan Pablo II, en una de sus intuiciones geniales, tan clarividentes desde la fe profunda de su espiritualidad, en su Carta Apostólica “Rosarium Virginis Mariae”, ha declarado el año que transcurrirá de octubre del 2002 a octubre del 2003, Año del Rosario. Es una invitación a orar, que ya había anticipado en la Tertio Adveniente Millenio, proclamando que la Iglesia insista en la oración y que las comunidades cristianas se conviertan en escuelas de oración. No es otra la intención de la Virgen al entregarnos LA MEDALLA MILAGROSA, que una invitación, un mandato sugestivo de orar y de una manera sencillísima y sin complicaciones, con una jaculatoria popular y al alcance de todos: ¡Oh María sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos! Añadiendo el resplandor de las gracias y dones que, como Madre, se goza en conceder con abundancia, a quienes se las piden. “Esos rayos son el símbolo de las gracias que derramo sobre las personas que me las piden”. Me hacía así comprender -refiere Santa Catalina Labouré – cuán agradable es rezar a la Santísima Virgen y cuán generosa es con las personas que le rezan; cuántas gracias concede a las personas que le ruegan; y cuánta alegría siente cuando las concede. La Virgen nos invita a orar. Siempre lo ha hecho: En Lourdes, en Fátima, siempre. Algo debe de tener la oración cuando tanto y con tanta insistencia nos la pide, en un mundo cada vez más secularizado y lejos de Dios. Tanto, como que en medio de tantas catástrofes, y por lo tanto, más necesitado de Dios, se olvida y se prescinde de lo que puede ser su remedio, como decía Tertuliano: “Solutio totius difficultatis, Cristus”.