Su Revista de Coleccion

ET INCARNATUS EST DE SPIRITU SANCTO EX MARÍA VIRGINE (I)

José Francisco Ramos Gómez
Fotografia: Francesco Di Palma / Hermandad del Gran Poder

Costa Rica 

La estructura básica de la profesión de fe nicena, como de todas las grandes profesiones de fe de la Iglesia antigua, es una confesión del Dios trinitario. En su contenido esencial es decir sí al Dios vivo como Señor nuestro, de quien procede nuestra vida y a quien regresa. Es una confesión de Dios. Pero, ¿qué significa cuando llamamos a este Dios un Dios vivo? Con esto se quiere decir que este Dios no es una conclusión de nuestro pensamiento, que nosotros ahora, con la conciencia de nuestro conocimiento y nuestra comprensión colocaremos ante los demás; si se tratase sólo de esto, este Dios sería sólo un pensamiento de los hombres, y toda tentativa de dirigirse a él podría ser muy bien una búsqueda a ciegas llena de esperanza y de espera, pero siempre llevaría a lo indeterminado. El que hablemos de Dios vivo significa que este Dios se muestra a nosotros; él mira desde la eternidad en el tiempo y establece una relación con nosotros. No podemos dar de él una definición según nuestros gustos. Él mismo se ha “definido”, de modo que ahora él está como nuestro Señor que es ante nosotros, sobre nosotros y entre nosotros. Este mostrarse de Dios, por lo que él no es el fruto de nuestra reflexión, sino nuestro Señor, constituye por consiguiente el punto central de la confesión de fe: el reconocimiento de la historia de Dios en el corazón de la historia de los hombres no es algo que complicaría la sencillez de la confesión de Dios, sino que es su condición interior. Por ello el centro de todas nuestras confesiones de fe es el sí a Jesucristo: “Él se ha encarnado por obra del Espíritu Santo en el vientre de la Virgen María y se ha hecho hombre”. Ante esta frase nosotros nos arrodillamos, porque en ese momento el cielo, el velo tras el que se esconde Dios, se rompe y el misterio nos toca con inmediatez. El Dios lejano se convierte en nuestro Dios, se convierte en Emmanuel, “Dios con nosotros”. Los grandes maestros de la música sacra, más allá de todo aquello que pueda ser expresado con palabras, y de manera cada vez nueva, han dado a esta frase la resonancia mediante la cual lo indecible toca nuestro oído y nuestro corazón. Estas composiciones son una “exégesis” del misterio que penetra más profundamente que todas nuestras interpretaciones racionales. Pero puesto que es la Palabra que se convirtió en carne, también de manera cada vez nueva hemos de tratar de traducir a nuestras palabras humanas esta Palabra originaria creadora que “estaba junto a Dios” y “es Dios”, a fin de oír en las palabras la Palabra.

1. Gramática y contenido en la frase de la profesión de fe

Si ahora examinamos la frase ante todo según su estructura gramatical, se ve que incluye cuatro sujetos. Se nombra expresamente al Espíritu Santo y a la Virgen María. Pero además está también el sujeto “Él” de «Él se ha hecho carne». A este Él antes se le ha llamado con diversos nombres: Jesucristo, el unigénito Hijo de Dios,… Dios verdadero de Dios verdadero…, de la misma sustancia que el Padre. De modo que en este Él -inseparable de él- va incluido otro Yo: el Padre, cuya misma sustancia comparte, por lo que puede llamarse Dios de Dios. Esto significa: el primero y el verdadero sujeto de esta frase es -como inevitablemente era de esperar tras lo dicho anteriormente- Dios, pero Dios en la trinidad de los sujetos, que sin embargo son Uno solo: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. La dramaticidad de la frase, sin embargo, está en que no formula una afirmación sobre el ser eterno de Dios, sino una afirmación de acción, que tras un atento examen resulta ser incluso una afirmación de “pasión”, como una acción pasiva. A esta afirmación de acción, de la que participan las tres personas divinas, cada una a su manera, pertenece la expresión «ex María Virgine», o mejor dicho, de aquí arranca la dramaticidad del conjunto, puesto que sin María la entrada de Dios en la historia no llegaría a su fin, y por consiguiente no se habría conseguido precisamente lo importante en la confesión de fe: que Dios es Dios con nosotros y no sólo Dios en sí mismo y para sí mismo. De este modo la mujer, que se designó a sí misma como humilde, es decir, mujer anónima (Lc 1, 48), queda en el punto central de la confesión en el Dios vivo y Él no puede ser pensado sin ella. Ella pertenece irrenunciablemente a nuestra fe en el Dios vivo, en el Dios que actúa. La Palabra se hace carne, el eterno y fundador significado del mundo entra en éste. Él no lo mira solo desde fuera, sino que El mismo se convierte en sujeto agente en él. Para que esto pudiera ocurrir era necesaria la Virgen, que pusiera a disposición toda su persona, es decir, su cuerpo, a sí misma, para que se convirtiera en lugar del habitar de Dios en el mundo. La encarnación necesitaba la aceptación. Sólo así se produce verdaderamente la unidad del Logos y de la carne. «Quien te ha creado sin ti no ha querido redimirte sin ti», dijo san Agustín sobre esto. El “mundo”, al que viene el Hijo, la “carne” que él asume, no es un lugar cualquiera ni una cosa cualquiera: este mundo, esta carne es una persona humana, es un corazón abierto. La carta a los Hebreos, a partir de los Salmos, interpretó el proceso de la encarnación como un diálogo real intradivino: “Un cuerpo me has preparado”, dice el Hijo al Padre. Pero esta preparación del cuerpo ocurre en la medida en que también María dice: «No quisiste sacrificios ni oblaciones, pero me has preparado un cuerpo… He aquí que vengo para hacer tu voluntad» (Hb 10,5-7; Sal 40,6-8). El cuerpo es preparado para el Hijo en el momento en que María se entrega totalmente a la voluntad del Padre y así pone a disposición su cuerpo como tienda del Espíritu Santo.

2. Los antecedentes bíblicos de la frase
Para comprender en su profundidad la frase central de la confesión de fe hemos de ir más allá del Credo, remontarnos a su fuente: las Sagradas Escrituras. La profesión de fe, examinada más atentamente, se nos revela en este punto como una síntesis de los tres grandes testimonios bíblicos de la encarnación del Hijo: Mt 1, 18-25; Lc 1, 26-38; Jn 1, 13-14. Tratemos, pues, sin entrar en la explicación pormenorizada de estos textos, de comprender algo de su específica y particular aportación a la comprensión de la encarnación de Dios.

2.1. Mt 1, 18-25

Mateo escribe su Evangelio para un ámbito judío y judeo-cristiano. Por lo tanto su preocupación es la de hacer resaltar la continuidad entre la antigua y la nueva alianza. El Antiguo Testamento tiende a Jesús, en él se cumplen las promesas. El nexo interior de espera y cumplimiento se convierte al mismo tiempo en la prueba de que Dios aquí actúa verdaderamente y que Jesús es el salvador del mundo enviado por Dios. De ahí que ante todo Mateo desarrolle la historia de la infancia a partir de san José, para mostrar que Jesús es hijo de David, el heredero prometido que da continuidad a la dinastía davídica y la transforma en la realeza de Dios sobre el mundo. El árbol genealógico, por ser árbol genealógico davídico, lleva a José. El ángel se dirige en sueños a José como al hijo de David (Mt 1, 20). Por eso José se convierte en aquél que da el nombre a Jesús: la asunción a la posición de hijo se cumple en la imposición del nombre…

Precisamente porque Mateo quiere hacer ver la correlación de promesa y cumplimiento es por lo que surge la Virgen María junto a la figura de José. Todavía era incomprensible la promesa que Dios había hecho por medio del profeta Isaías al titubeante rey Ajaz, quien aunque los ejércitos enemigos acosaban cada vez más no quiso pedir a Dios ninguna señal. El Señor “mismo os dará por eso la señal. He aquí que la virgen grávida da a luz y le llama Emmanuel (Dios con nosotros)” (Is 7, 14). Nadie está en condiciones de decir qué quería decir esta señal en la hora histórica del rey Ajaz, si fue dada, en qué consistió. La promesa va mucho más allá de aquella hora. Siguió brillando sobre la historia de Israel como estrella de la esperanza que orientaba la mirada hacia el futuro, hacia lo todavía desconocido. Para Mateo, con el nacimiento de Jesús de la Virgen María, el velo se descorre: esta señal ahora ya está dada. La Virgen, que como Virgen da a luz por obra del Espíritu Santo, es la señal. Con esta segunda línea profética se conecta ahora también un nombre nuevo, que por sí solo da al nombre de Jesús su pleno significado y su profundidad. Si a partir de la promesa de Isaías el niño se llama Emmanuel, al mismo tiempo se amplía el cuadro de la promesa davídica. El reino de este niño va más allá de lo que podía hacer esperar la promesa davídica: su reino es el reino de Dios mismo; participa de la universalidad de la Señoría de Dios, porque en él Dios mismo ha entrado en la historia del mundo. El anuncio, que se manifiesta así en el relato de la concepción y nacimiento de Jesús, vuelve a ser retomado en realidad sólo en los últimos versículos del Evangelio. Durante su vida terrenal Jesús se siente estrechamente ligado a la casa de Israel, aún no enviado a los pueblos del mundo. Pero tras su muerte en la cruz, como resucitado, él dice: «Id, pues; enseñad a todas las gentes… Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo» (Mt 28, 1920). Aquí él se muestra ahora como el Dios-con-nosotros, cuyo nuevo reino comprende todos los pueblos, porque Dios es uno solo para todos. Coherentemente, Mateo modifica en el relato de la concepción de Jesús en un punto la palabra de Isaías. Ya no dice: “Esta (la virgen) le pondrá el nombre de Emmanuel”, sino “Ellos le llamarán Emmanuel, Dios con nosotros”. En este “ellos” se preanuncia la futura comunidad de los creyentes, la Iglesia, que invocará a Jesús con este nombre. Todo está orientado a Cristo en el relato de san Mateo, porque todo está orientado a Dios. De este modo justamente lo ha comprendido la profesión de fe y lo ha transmitido a la Iglesia. Pero puesto que ahora Dios está con nosotros, son de esencial importancia también los portadores humanos de la promesa: José y María. José representa la fidelidad de la promesa de Dios ante Israel; María encarna la esperanza de la humanidad. José es padre según el derecho, pero María es madre con su propio cuerpo: de ella depende el que Dios se haya convertido ahora en uno de nosotros.

2.2. Lc 1, 26-38

Veamos ahora cómo presenta Lucas la concepción y el nacimiento de Jesús, no para hacer la exégesis de este densísimo texto en cuanto tal, sino sólo para quedarnos con su aportación a la profesión de fe. Me limito al pasaje del anuncio del nacimiento de Jesús por parte del arcángel Gabriel (Lc 1, 26-38). Lucas deja entrever en las palabras del ángel el misterio trinitario, otorgando al acontecimiento el centro teológico a que hace referencia toda la historia de la salvación también en la profesión de fe. El niño que nacerá se llamará Hijo del Altísimo, Hijo de Dios; el Espíritu Santo como fuerza del Altísimo llevará a cabo misteriosamente su concepción: así se habla del Hijo, e indirectamente del Padre y del Espíritu Santo. Lucas utiliza para referirse al descenso del Espíritu Santo sobre María la expresión “cubrir con su sombra” (Lc 1,35). Alude de este modo al relato del Antiguo Testamento de la nube santa, que se paraba sobre la tienda del encuentro para indicar la presencia de Dios. De este modo María queda caracterizada como la nueva tienda santa, el arca de la alianza viviente. Su sí se convierte en lugar del encuentro, en el que Dios recibe una morada en el mundo. Dios, que no vive en piedras, vive en este sí dado con cuerpo y alma; aquél al que el mundo no puede contener puede tomar morada totalmente en una persona humana. Este tema del nuevo templo, de la verdadera arca de la alianza, lo toca Lucas dos veces, sobre todo en el saludo del Ángel a María: “Alégrate, llena de gracia, el Señor es contigo” (Lc 1, 28). Hoy está casi unánimemente reconocido que esta palabra del ángel transmitida por Lucas retoma la promesa de Sofonías 3, 14, dirigida a la Hija de Sión y le anuncia la morada de Dios en ella. Así, con este saludo, María es presentada como la Hija de Sión en persona y al mismo tiempo como el lugar de la morada, como la tienda santa sobre la cual reposa la nube de la presencia de Dios. Los Padres han retomado esta idea, que determina además también la iconografía paleocristiana. San José queda indicado mediante el bastón florido como sumo sacerdote, como arquetipo del Obispo cristiano. María, por su parte, es la Iglesia viviente. Sobre ella desciende el Espíritu Santo, y de este modo se convierte en el nuevo templo. José, el justo, está presentado como administrador de los misterios de Dios, como superintendente y guardián del santuario que es la esposa y el Logos en ella. Así él se convierte en la imagen del obispo, al cual se le confía la esposa; ésta no está a su disposición, sino sólo bajo su protección. Todo está orientado aquí al Dios trinitario, pero precisamente por esto en el misterio de María y de la Iglesia queda particularmente de manifiesto y comprensible su “ser con” en la historia.

Hay otro punto del relato de Lucas de la anunciación que me parece importante para lo que venimos tratando. Dios pide el sí del hombre. Él no dispone de éste simplemente con un acto de su poder. Él se ha creado en la criatura humana un interlocutor libre, y ahora necesita de la libertad de esta criatura para que pueda convertirse en realidad su reino, que no está fundado sobre un poder exterior sino sobre la libertad. Bernardo de Claraval representó dramáticamente en uno de sus Sermones esta espera de Dios y la espera de la humanidad: «No calles, virgen -tú, mujer reservada; no dudes- tú, mujer prudente. En este momento único habla, apresúrate -nosotros necesitamos tu sí”. Sin esta libre adhesión de María Dios no puede hacerse hombre. Por supuesto, este sí de María es totalmente gracia. El dogma de la inmaculada concepción de María, en realidad, tiene sólo este sentido específico, mostrar que de ningún modo es un ser humano quien desencadena con su poder la redención, sino que su sí está enteramente contenido en el amor de Dios que es desde el principio y que viene antes, que ya lo envuelve, aún antes de que sea engendrado. «Todo es gracia». Pero la gracia no quita la libertad; por el contrario, la crea. Todo el misterio de la redención está presente en esta narración y se resume en la figura de la Virgen María: «He aquí a la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38).

2.3 El prólogo de Juan

Vayamos ahora al prólogo del Evangelio de Juan, sobre cuyas palabras descansa la profesión de fe. También en este caso quisiera aludir sólo a tres conceptos. «La Palabra se ha hecho carne y ha levantado su tienda entre nosotros». El Logos se hace carne: nos hemos acostumbrado de tal manera a esta palabra que ya no nos asombra la inaudita síntesis divina de lo que aparentemente estaba totalmente separado, síntesis en la que los Padres se ensimismaron. Aquí se hallaba y se halla la verdadera novedad cristiana, que era insensata e impensable para el espíritu griego. Lo que aquí se dice no deriva de una determinada cultura, por ejemplo la semítica o la griega, como se afirma continuamente hoy sin reflexionar en ello. Es algo que va contra todas las formas culturales que conocemos. Era tan incorrecto para los hebreos como, por otras razones, para los griegos o los hindúes, pero también para el espíritu moderno, para el que esta síntesis del mundo fenoménico y nouménico es algo completamente irreal, por lo que nuevamente la rechaza con toda la autoconciencia de la moderna racionalidad. Lo que aquí se dice es “nuevo” porque viene de Dios y sólo por Dios mismo podía ser realizado. Para todos los períodos de la historia y para todas las culturas es algo absolutamente nuevo y desconocido, algo en lo que podemos entrar en la fe y sólo en la fe, y que luego nos abre horizontes totalmente nuevos del pensar y del vivir.

Pero Juan tiene aquí en mente algo particular. La frase del Logos, que se hace sarx (carne), anuncia el sexto capítulo del Evangelio, que en su totalidad desarrolla este medio versículo. Allí Cristo dice a los hebreos y al mundo: ” El pan que yo le daré (es decir, el Logos, que es el verdadero alimento del hombre) es mi carne, vida del mundo” (Jn 6,51). Con la palabra sobre la carne queda ya expresado al mismo tiempo el don hasta el sacrificio, el misterio de la cruz y el misterio del sacramento pascual que de aquél deriva. La Palabra no se hace simplemente de alguna manera carne, para tener una nueva condición de existencia. En la encarnación está incluida la dinámica del sacrificio. Vemos de nuevo que subyace la palabra del Salmo: “Me has preparado un cuerpo” (Heb 10,5; Sal 40). De modo que en esta pequeña frase queda contenido todo el Evangelio; nos sentimos transportados a la palabra de los Padres: el Logos se ha contraído, se ha hecho pequeño. Esto tiene dos valores: el Logos infinito se ha hecho pequeño, un niño; y también: la palabra inconmensurable, toda la plenitud de las Sagradas Escrituras se ha contraído en esta única frase en la que quedan sintetizados la Ley y los Profetas. Ser e historia, culto y ethos quedan reunidos aquí en el centro cristológico, estando presentes sin reducciones.

La segunda indicación que me interesa puede ser breve. Juan habla de la morada de Dios como consecuencia y objetivo de la encarnación. Él utiliza para esto la palabra tienda, recordando de este modo nuevamente la veterotestamentaria tienda del encuentro, la teología del templo, que se cumple en el Logos hecho carne. En la palabra griega usada para tienda -skenè- también resuena, sin embargo, la palabra hebrea shekinà, es decir, la designación de la nube santa del primer judaísmo, que luego se convirtió precisamente en el nombre de Dios y que indicaba la graciosa presencia de Dios ante la que los hebreos se reunían para la oración y el estudio de la ley. Jesús es la verdadera shekinà, por la que Dios está entre nosotros cuando nos reunimos en su nombre.

/Jn/01/13:Para terminar hemos de considerar también el versículo 13. A aquéllos que lo han recibido, Él -el Logos- les ha dado el poder de convertirse en hijos de Dios: “A aquellos que creen en su nombre, que no de la sangre, ni de la voluntad carnal, ni de la voluntad de varón, sino de Dios son nacidos”. Para este versículo existen dos diferentes tradiciones textuales, siendo así que hoy no podemos establecer cuál es la original. Ambas parecen del mismo período e igualmente autorizadas. Está la versión en singular: “Que no de la sangre, ni de la voluntad carnal, ni de voluntad de varón, sino que de Dios fue engendrado”; pero está también la versión en plural: «Que… sino que de Dios fueron engendrados». Esta doble forma de la tradición es comprensible, porque el versículo en todo caso se refiere a ambos sujetos. En este sentido hemos de leer siempre juntas ambas tradiciones textuales, porque sólo juntas hacen que emerja todo el significado del texto. Si tomamos como base la habitual versión plural, entonces se habla de los bautizados, a quienes se participa a partir del Logos el nuevo nacimiento divino. Pero el misterio del parto virginal de Jesús, el origen de este nacimiento divino nuestro se trasluce tan claramente que sólo un prejuicio puede negar esta correlación. Pero si consideramos también la versión singular como si fuera la original, queda patente la relación con “todos aquellos que lo han recibido”. Queda claro que la concepción de Jesús por parte de Dios, su nuevo engendramiento está orientado a esto, a asumirnos a nosotros, a darnos un nuevo engendramiento. Así como el versículo 14, con la palabra de la encarnación del Logos, preanuncia el capítulo eucarístico del Evangelio, del mismo modo es evidente aquí la anticipación del coloquio con Nicodemo del tercer capítulo. A Nicodemo Cristo le dice que el engendramiento en la carne no basta para entrar en el reino de Dios. Es necesario un nuevo engendramiento desde lo alto, una re-generación desde el agua y el espíritu (Jn 3,5). Cristo, que fue concebido por la Virgen por obra del Espíritu Santo, es el comienzo de una nueva humanidad, de una nueva forma de existencia. Hacerse cristiano significa ser recibido en este nuevo inicio. Hacerse cristiano es algo más que un simple dirigirse a nuevas ideas, a un nuevo ethos, a una nueva comunidad. La transformación que aquí se realiza es tan radical como un verdadero renacimiento, una nueva creación. De este modo es como la Virgen-Madre se halla de nuevo en el centro del acontecimiento redentor. Ella garantiza con todo su ser la novedad que Dios ha realizado. Sólo si su historia es verdadera y está en el principio es válido lo que dice Pablo: «De suerte que el que es de Cristo se ha hecho criatura nueva» (2 Cor 5,17). Dios no está ligado a piedras, pero Él se liga a personas vivas. El sí de María le abre el espacio donde puede levantar su tienda. Esta misma se convierte para él en la tienda, y de este modo ésta es el comienzo de la santa Iglesia, que a su vez es anticipo de la nueva Jerusalén en la que no existe templo alguno porque Dios mismo mora en ella. La fe en Cristo, que confesamos en el Credo de los bautizados es, pues, una espiritualización y una purificación de todo lo que la historia de las religiones había dicho y esperado sobre la morada de Dios en el mundo. Pero al mismo tiempo es también una corporización y una concretización que va más allá de toda espera en el ser de Dios con los hombres. «Dios es en la carne»: esta unión indisoluble de Dios con su criatura constituye precisamente el centro de la fe cristiana. De modo que se comprende que desde un principio los cristianos consideraran santos los lugares en los que se había producido este acontecimiento. Se convirtieron en la garantía permanente del ingreso de Dios en el mundo. Nazaret, Belén y Jerusalén se convirtieron de este modo en lugares en los que de alguna manera se pueden ver las huellas del Redentor, en los que el misterio de la encarnación de Dios nos toca muy de cerca. Por lo que concierne al relato de la anunciación, el Protoevangelio de Santiago, que se remonta de todos modos al segundo siglo y que a pesar de sus muchos elementos legendarios podría también conservar recuerdos reales, subdividió este acontecimiento en dos lugares. María «tomó el cántaro y salió por agua. He aquí que una voz dijo: Salve, llena de gracia, el Señor sea contigo, bendita entre todas las mujeres”. Ella se giró a derecha e izquierda para ver de dónde procedía esa voz. Y se turbó, entró en su casa, dejó el cántaro, tomó la púrpura, se sentó en su taburete y la tendió. Y he aquí que un ángel del Señor apareció de repente ante ella y dijo: “No temas, María, porque has hallado la gracia ante el omnipotente y concebirás de su palabra”» (11, 1 ss.). A esta doble tradición corresponden los dos santuarios, el santuario oriental de la fuente y la basílica católica, construida alrededor de la cueva de la anunciación. Ambas tienen un sentido profundo. Orígenes llamó la atención sobre el hecho de que el tema del pozo informa toda la historia de los Padres del Antiguo Testamento. Allá donde llegaban cavaban pozos. El agua es el elemento de la vida. De este modo el pozo se convierte cada vez más en el símbolo de la vida, hasta el pozo de Jacob, ante el que Jesús mismo se revela como la fuente de la verdadera vida, de la que la humanidad tiene profunda sed. La fuente, el agua que surge a chorros se convierte en el signo del misterio de Cristo, que nos dona el agua de la vida y de cuyo costado abierto sale sangre y agua. La fuente se convierte en el anuncio de Cristo. Pero al lado está la casa, el lugar de la oración y del recogimiento. «Cuando quieras rezar, entra en tu cuarto…». La realidad más personal, el anuncio de la encarnación y la respuesta de la Virgen exigen la discreción de la casa. Las investigaciones del padre Bellarmino Bagatti han puesto de manifiesto que ya en el segundo siglo una mano trazó en la cueva de Nazaret en lengua griega el saludo del ángel a María: “Ave María”. Gianfranco Ravasi observa muy oportunamente que este testimonio del investigador atestigua «que el mensaje cristiano no es una colección abstracta de tesis teológicas sobre Dios, sino el encuentro de Dios con nuestro mundo, con la realidad de nuestras casas y de nuestra vida». Precisamente de esto se trata aquí, en la santa casa de Loreto y en el año de su gran Jubileo: nosotros nos dejamos tocar por lo concreto de la actuación divina para proclamar con renovada gratitud y autoconciencia: «Él se ha encarnado en el vientre de la Virgen María y se ha hecho hombre.».