Su Revista de Coleccion

Nuestra Señora de la Esperanza Virgen de la Macarena y su oración

Silvia Besozzi de Belvedere
Oración para todos los días

¡Oh excelsa Madre de Dios y Esperanza de los mortales!Sabedor de que habéis recibido la misión divina de guardar, guiar, alegrar y consolar a las almas, a Vos acudo con inquebrantable fe e ilimitada confianza.

Vuestro título de Madre de la Esperanza me alienta sobremanera;

vuestro nombre ya es prenda de buena acogida; vuestra misión es seguridad de otorgamiento. Seguro de que vuestros brazos se abren en todo momento con solicitud maternal, en ellos me arrojo.

De Vos todo lo espero.

Aun cuando todo el mundo me abandone, aun cuando la ciencia me desahucie, aun cuando el Cielo oculte sus celajes,

aun cuando Dios no oyera ya mis ruegos, aun cuando las tinieblas envolvieran mi alma,

aun cuando todo el camino se me cerrara, y sin luz, sin calor, sin fuerza, sin aliento, sin sostén alguno ni humano ni divino, estuviera por hundirme en el abismo de la desesperación, a vuestro amparo me acojo.

Ella es la poderosa, pero es también aquella cuyo poder está siempre atareado en el amor; por eso, la elegimos misionera,

entre nuestro corazón y Dios.
Ella es la Intercesora, por derecho legítimo.

Sus poderosas credenciales las conquistó en el momento mismo de la Anunciación, y las fué acrecentando cada día, con su propio dolor.

Vos no me abandonaréis, oh Madre mía;

Vos fuistéis, sois y seréis, después de Jesús, toda mi esperanza.

En Vos confié y en Vos confío contra toda esperanza y seguro estoy que no quedaré confundido.

¡Oh Madre buena y poderosa,

oh Madre de la Esperanza! mirad mi aflicción y necesidad, dadme consuelo, escuchad mi plegaria.

Por Jesucristo tu Hijo, nuestro Señor.

Día 1º
Esperanza de los que en Tí creen

Ella, Nuestra Señora de la Esperanza,

es aquella de quien se ha dicho que es

poderosa como ejército en orden de batalla.
Cuando Ella interviene, todo el poder del infierno

se bate en retirada;

Sobre la humanidad que cae y se levanta en un continuo recaer,

hay dos manos tendidas, indefensas y humildes,

parrarayos levísimos que detienen a Dios.

Dos manos sin más arma que el plegarse sumisas

en el gesto pujante de la oración; la gran palanca,

definida como la omnipotencia del hombre,

y la debilidad de Dios.
¿Cómo es posible que la Trinidad Santa le niegue nunca audiencia,

si es la que dijo el “fiat” que tenía suspenso a todo el limbo;

la que prestó su cuerpo para el milagro trascendental

y augusto de la Encarnación; si es la Corredentora,

la colaboradora imprescindible de Dios?

Puede el Cristo volcar sobre la tierra todo el poder de su justicia, o toda la dulcedumbre de su amor, pero pasar sobre su Madre, pero dejarse crucificar de nuevo en la que le dió la sangre necesaria para la Redención, eso no lo hace Dios.

También, el Purgatorio, esa cárcel de la misericordia, conoce la esperanza en su poder. ¡Baja a ella tan a menudo, es en ella tan familiar!
Pero el gran combate del amor lo libra la Señora de la Esperanza, cuando ve que se alza, justamente indignada, la diestra omnipotente de Dios.

Entonces entra en batalla la Madre, toda la Madre; es decir la plenitud del amor, hasta que cede, desarmada y vencida por esta omnipotencia suplicante, la indignación de Dios.

Ya en el milagro de Caná, confundida entre las mujeres judías, era la poderosa que adelantaba la hora, con su violencia al Divino Corazón.
¡Madre de mi Esperanza! tú sabes sin que yo te lo diga por qué comienzo hoy esta novena.

Tú sabes el proceso de incertidumbres y de angustias que la precedió; tú puedes ayudarme, tú quieres ayudarme, pero desde ya te suplico: si la gracia que pido ¡y tú sabes como la deseo! no ha de llevar al cielo

un poco más de gloria, y a mi alma y las almas un poco más de bien, entonces calla, porque ciego, yo no sé lo que pido.
Hágase en mí, cada segundo, la voluntad de Dios.

Récese una Salve y la siguiente:

Oración Final

Escúchame otra vez, mi buena Madre: ¡Sabe Dios cuántas veces he de volver aún antes que parta!

Soy, con tu beneplácito, un tenaz pedigüeño incorregible, un mendicante amado, que ni en el cielo te dará descanso.
Sólo, no puedo nada; me falta fortaleza, serenidad, paciencia; pero si estoy contigo, siento como que todo el cielo está conmigo.
¿Quién contra mí?: ¿demonio, mundo, carne?; ¿enfermedad, cansancio?; ¿tentación, aridez, la muerte misma?

¿Quién contra mí, si me siento apretado en el nudo materno de tu abrazo? Esta vez, como siempre, con que Tú lo quisieras, al momento sería consolado; quiérelo, quiérelo Tú para que Dios lo quiera

(Hágase aquí la petición con infinita confianza).

Ya regreso tranquilo, porque todo ha quedado en tus manos.

Hasta muy pronto Madre, dentro de poco tornaré gozoso para mi acción de gracias.

¡Hasta muy pronto y hasta siempre, Virgen de la Esperanza!