Su Revista de Coleccion

San Bartolome…ruega por nosotros

Rafael Barahona
Hoy celebramos a San Bartolomé, uno de los apóstoles de Jesús, el cual, en el Evangelio de San Juan parece identificársele con el nombre de Natanael (entre otros indicios, en los otros tres Evangelios Jesús llama a Bartolomé después que a Felipe, hecho que en el Evangelio de San Juan sucede con Natanael). De él se cuenta que marchó a predicar a la India, y después a la Armenia Mayor, junto con Judas Tadeo. Fue despellejado vivo por los bárbaros y mandado decapitar por el rey Astiajes.

En el Evangelio, llama la atención que sea Felipe el que invita a su amigo Natanael a ir a Jesús. Es fácil de entender que, aunque es Dios quien nos señala como hijos e hijas, la libertad que confiere a las personas deriva en nuestro mundo en la posibilidad de quedar al margen de su presencia y de su intención creadora y salvífica. Es fundamental, entonces, la labor apostólica de anunciar a Jesús. Mención especial para las madres, padres, padrinos y madrinas, cuya labor no termina en el momento del bautismo, ni deriva en los regalos en las fechas señaladas, sino que debe acompaña toda la vida de nuestro hijo/a y ahijado/a.

Jesús resalta en este pasaje la fe de Natanael, quien con un solo signo reconoce su mesianidad; don, la fe, que hará posible que participe de “…cosas mayores”. El hecho de que el prejuicio acerca de Nazaret y sus gentes quede superado en el relato también nos ofrece una clave ante la consideración primera de las personas y las cosas, y la necesidad de implicarse y conocer.

Aunque tradicionalmente el título de apóstol se ha reservado a aquellos que Jesús designó directamente como “enviados” suyos, a ser sal y luz de la tierra, en el sentido cristiano todo aquel que ha recibido una misión por parte de Dios es apóstol. Si bien todas las enseñanzas que de Jesús tenemos en los Evangelios son atribuibles de forma genérica a los cristianos, algunas las señala directamente a los apóstoles cuando los envía a predicar. Nos parece interesante resaltar algunas hoy.

El servicio a todos antes que la propia ambición de status social o divino. (“El que de vosotros quiera ser el primero que sea el servidor de todos” Mt 20, 27); la prioridad hacia los más necesitados, (“Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, limpiad a los leprosos, echad a los demonios” Mt 10, 8); el ser enemigos de la intriga y de lo escondido, (“Lo que os digo en la oscuridad decidlo a plena luz, y lo que oís al oído predicadlo sobre las terrazas” Mt 9, 27); la sencillez material, (“les ordenó que, aparte del bastón, no llevasen nada para el camino. Mc 6, 8.); el amor sobre todas las cosas (“Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros”, Jn 13, 34), incluso la cooperación con aquellos que, sin pertenecer a la Iglesia, también trabajan por el Reino de Dios (“el que no está contra nosotros está a nuestro favor” Lc 9 49-50).

Actitudes todas ellas que, por desgracia, la rutina y la cotidianeidad se encargan de difuminar en nuestras vidas, comunidades e instituciones, en nuestra Iglesia y en el uso que hacemos de nuestras responsabilidades y cargos si no ponemos especial cuidado en revisarlas con asiduidad y a la luz de la Palabra.