Su Revista de Coleccion

Una Iglesia que camina (editorial)

Eco Católico – No. 4230 / Opinión – domingo 29 de julio de 2012 – P. 11

L a romería a la Basílica de los ángeles es un fenómeno sociológico como no hay otro en Costa Rica. En un país donde la población no llega a los cinco millones de habitantes, que dos millones y medio de personas se desplacen hasta un mismo punto geográfico es por sí mismo, digno de estudio y reflexión.

Los investigadores sociales podrían decirnos muchas cosas interesantes acerca de lo que sucede cada primero y dos de agosto en Cartago, pero ningún análisis sería suficiente sin una sana lectura desde la fe.

El cristiano es ante todo un peregrino (GS 7) y la Iglesia misma es un pueblo peregrino. La peregrinación nos ofrece la posibilidad de reencontramos con nuestra propia historia cristiana y nuestra condición transitoria en este mundo.

Peregrinar favorece la práctica de los valores cristianos, estimula el culto a Dios y nos dispone a ser agradecidos y ante todo nos recuerda la dimensión comunitaria de la salvación.  El gozo y la alegría al caminar son signos de que nuestro destino hacia Dios no debe, ni puede ser lastimoso ni triste.

Pero además de esto, la peregrinación cumple un profundo sentido social: manifestar públicamente la pertenencia a la Iglesia y en este caso el amor y la devoción a la Virgen María, Nuestra Señora de los ángeles.

No se trata entonces de ir a encontrarse a Dios o a la Virgen o a los santos en un determinado lugar. Dios siempre está con nosotros y la intercesión de María Santísima y de los santos es constante. La idea es coincidir en un lugar donde el creyente siente de manera especial esa gracia.

La verdadera peregrinación por tanto, no concluye al llegar a la Basílica, ni luego de visitar la piedra del hallazgo o la fuente de agua, ni siquiera después de participar en los actos litúrgicos. La auténtica romería empieza cuando se regresa a casa, y se es capaz de entusiasmar y alegrar la fe de los miembros de la familia, comunicando el Reino de Dios en nuestro entorno, en el barrio, el trabajo o la propia Iglesia.

Deberíamos preguntarnos ¿para qué y por qué peregrinamos cada agosto hasta la casa de La Negrita? ¿Lo hacemos para comprometernos con nuestra fe y ser más coherentes con ella? ¿O como una tradición ayuna de verdadera espiritualidad y por ende de sentido?

De esta respuesta depende que en medio de la romería a Cartago un verdadero milagro opere en nuestro corazón. Solo ese Sí rotundo, a ejemplo de la Madre del Señor, abrirá la puerta de nuestra vida a la gracia santificadora y a la acción del Espíritu, capaz de hacer nuevas todas las cosas. Sino, quedaríamos únicamente en un esfuerzo físico y sentimientos desbordados.

Vayamos entonces a la romería, de la mano de la Virgen, tras las huellas de Cristo, y que representemos en ella el viaje de toda la Iglesia, deseosa de estar cada vez más disponible a la voz del Señor, Camino, Verdad y Vida que no cesa de repetirnos: ¡Ven y sígueme!