Su Revista de Coleccion

MONS. ULLOA: LA PARROQUIA, COMUNIDAD EUCARÍSTICA


HOMILIA MISA CRISMAL

Jueves Santo 2012

 

INTRODUCCIÓN

 

En el contexto de la renovación de nuestras parroquias a la que nos invita el Plan pastoral diocesano, he escrito una Carta pastoral  que he titulado: PARROQUIA, SÉ LO QUE ERES: EDUCADORA EN LA FE, LA ESPERANZA Y EL AMOR. Quiero presentarla hoy,  Jueves Santo,  en que Cristo instituyó el Sacerdocio ministerial,  el Sacramento de la Eucaristía y nos dejó como testamento el mandamiento del Amor.  Además, nos encontramos  reunidos la Iglesia que está en la Diócesis de Cartago en comunión con las 38 parroquias que la conforman y los presbíteros que la sirven alrededor del Obispo, como Pastor que la guía en nombre de Cristo.

Es mi propósito exponer en está homilía crismal, el lugar fundamental y central  que le corresponde a la Eucaristía en la comunidad parroquial.  Por otra parte, la programación de este año nos centra en torno al kerygma y al discipulado, para un encuentro con Jesucristo vivo que nos conduce  necesariamente a la Eucaristía, tema central para el próximo año, con motivo de celebrarse el Congreso Eucarístico Nacional en nuestra Diócesis de Cartago y el inicio del Año Eucarístico con la semana eucarística en todas nuestras parroquias en la festividad de Corpus Christi de este año.

 

1.- LA PARROQUIA ES ANTE TODO COMUNIDAD EUCARÍSTICA

 

No vayamos a pensar que la parroquia es meramente  una estructura con un templo, una casa cural,un salón parroquial,  una buena programación de actividades  o un delimitado territorio, sino que la parroquia  es una comunidad cristiana de fieles que hace presente y operante a la Iglesia  de Jesucristo. La parroquia es la base fundamental  de la Iglesia diocesana o como decía el Beato Juan Pablo II: “es en cierto sentido, la misma Iglesia que vive en las casas de sus hijos e hijas”.  La parroquia, a la vez nos dice el mismo Juan Pablo II, está fundada sobre una realidad divina, porque ella es una comunidad eucarística. Esto significa, que celebra la Eucaristía y se edifica sobre la Eucaristía. Dicho de otra manera, la parroquia es una comunidad de bautizados que se identifican principalmente por la celebración del Sacrificio eucarístico.

Podemos afirmar que la parroquia como la Iglesia nace, crece y es edificada por la Eucaristía. Por ello, la iglesia parroquial vive del Cristo eucarístico, de Él se alimenta y por Él es iluminada.

La Eucaristía es la que da origen a la comunidad parroquial. Una parroquia no nace de  un grupo de personas de buena voluntad que deciden asociarse o de un club de amigos, sino que tiene origen en el misterio de Cristo redentor en la Cruz y en su  resurrección gloriosa. Es la asamblea de las personas llamadas por el Señor Resucitado en un territorio o  pueblo determinado y reunida para celebrar  la Cena del Señor, es decir,  para ser una  comunidad de fieles. No se construye ninguna comunidad cristiana si ésta no tiene su raíz y centro en la celebración de la sagrada Eucaristía. Por consiguiente, no puede haber parroquia si no hay Eucaristía.

De aquí se deducen importantes consecuencias para la vida parroquial. La principal es que la celebración de la Eucaristía ha de ser siempre el corazón de la vida de la comunidad parroquial. Es necesario, que la Santa Misa sea puesta en el centro de la vida cristiana. La celebración de la Eucaristía ha de ser el acontecimiento de mayor importancia de la comunidad parroquial. Descubrir la importancia de la Eucaristía, nos hace valorar y apreciar el ministerio sacerdotal, porque Jesús lo instituyó en función de ella.  El sacerdocio presbiteral es insustituible para la existencia de una parroquia. En efecto, si en la comunidad parroquial llega a faltar el sacerdote, ella se encuentra privada de la presencia y de la función sacramental de Cristo Cabeza y Pastor, esencial para la vida misma de la comunidad eclesial. Además, una comunidad parroquial  que valora la Eucaristía, apreciará también el ministerio sacerdotal y se preocupará de la pastoral vocacional, para que la Iglesia cuente con los ministros necesarios para la Eucaristía.

 

2.- LA EUCARISTÍA REALIZA LA UNIDAD Y LA FRATERNIDAD PARROQUIAL

 

La Iglesia es un misterio de comunión de todos los fieles con Dios y de unos con otros. Cada vez que comulgamos el Cuerpo y la Sangre del Señor se realiza una estrecha comunión de cada uno de nosotros con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo y edifica la fraternidad entre nosotros. A la comunidad de Corinto escribe San Pablo: “El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan” (1Cor 10,17). La Eucaristía significa y produce la unidad de la Iglesia. Mediante ella, la Iglesia vive y crece continuamente. A este respecto dice San Agustín: “cuando ustedes comulgan, se les dice:

El Cuerpo de Cristo y ustedes responden: Amén. Pero ustedes mismos deben formar  el Cuerpo de Cristo, porque es el misterio de ustedes mismos que van a recibir”. Por lo tanto, la comunidad cristiana parroquial se hace cuerpo de Cristo por la participación en el  Cuerpo y la Sangre del Señor.

Debemos convencernos que lo que hace a la parroquia no es el sacerdote, ni los consejos pastorales o grupos apostólicos o una bella organización pastoral. Lo que hace que un grupo de fieles bautizados sea comunidad parroquial es la Eucaristía. Ella es la que establece el lazo de unión con Dios y entre todos: sacerdotes, consagrados y laicos. La Eucaristía es la mesa de fraternidad, que nos hace sentirnos hermanos. En ella participan y se integran los diferentes dones y carismas y pierden importancia las diferencias entre hombres y mujeres, pobres y ricos, niños y adultos. Allí todos somos iguales, somos la familia de Dios. Allí compartimos la vida y el amor. Al entrar en el templo pasamos todos a la mesa de la fraternidad, de los hijos de un mismo Padre.

Por otra parte, la celebración de la Eucaristía une íntimamente a la comunidad parroquial con la Iglesia universal. “Todas las asambleas eucarísticas juntas son una sola asamblea, porque el cuerpo de Cristo es uno solo y, por ello, el pueblo de Dios solo puede ser uno, ha dicho Benedicto XVI.

La Eucaristía sólo se puede celebrar en comunión íntima con toda la Iglesia. Por este motivo, los presbíteros como colaboradores del obispo, celebran la Eucaristía en los diversos lugares que forman la comunidad diocesana. El presbítero preside la Eucaristía siempre en lugar del Obispo, aunque con representación directa de Cristo.

Esta realidad la expresamos hoy en esta Eucaristía que celebramos, es la Iglesia diocesana de Cartago reunida y presidida por su Obispo en la catedral junto con los presbíteros, diáconos y la participación del Pueblo de Dios venido de las parroquias, esta es la manifestación principal de la Iglesia de Jesucristo. Aquí construimos la fraternidad, todos somos hermanos. Estamos unidos en un solo corazón y en una sola alma, como la primitiva comunidad cristiana. Esto nos compromete a estrechar los lazos entre los miembros y los grupos de todas las parroquias de la Diócesis.Así como nos sentimos  acogidos hoy en esta solemne Eucaristía, también cada fiel nunca ha de sentirse extraño en la celebración de la Eucaristía de  su parroquia, ha de encontrarse como en su propia casa, que es la iglesia. Por este motivo, los sacerdotes como ministros de la Eucaristía en nombre de la Iglesia, debemos acoger con todo cariño a todos en la comunidad eucarística y hacer que todos se sientan bien.

 

3.- LA EUCARISTÍA FUENTE Y CULMEN DE LA VIDA CRISTIANA EN LA PARROQUIA

 

Tenemos que afirmar que la Iglesia   vive y crece por la Eucaristía. Es alimento del Pueblo de Dios, pan que sostiene a los que peregrinamos por este mundo. La parroquia por ser la presencia más cercana de la Iglesia celebra la Cena del Señor, porque Cristo se ha entregado en el  sacrificio de la Cruz y es en la parroquia, donde la mayoría de los hijos de Dios reciben la Eucaristía y crecen como cristianos y como comunidad parroquial. De aquí se desprende la importancia de la Eucaristía dominical. La celebración del domingo es vital para la existencia misma de una comunidad, es el día especial de fe, del Señor resucitado y del don del Espíritu. Recordemos lo que decían los cristianos en la época de las persecuciones: “No podemos vivir sin celebrar el día del Señor, esto es el domingo”. De este día brota ciertamente para el cristiano una forma nueva  de dar sentido al tiempo, al trabajo, a la vida y a las relaciones humanas. Por ello, se ha de cuidar de forma especial la celebración eucarística dominical. Cada celebración dominical debe ser una pequeña fiesta de Pascua, celebrándose de manera alegre y viva.  Favorece una participación activa cuando se cultivan una serie de actitudes como el recogimiento, el silencio, ojalá unos instantes antes de comenzar la celebración. Evitar todo ruido o conversación que pueda distraer de la oración propia del templo para lograr un encuentro personal con el Señor.

Hoy, es práctica frecuente en algunas parroquias donde hay varios sacerdotes, que mientras uno celebra la Eucaristía dominical,  otros facilitan  el servicio del Sacramento de la Reconciliación. Porque la Eucaristía como sacramento de la unidad y de la fraternidad, no puede existir sin el sacramento del perdón.

La participación en la Eucaristía para nosotros los cristianos no sólo nos lleva al encuentro con Jesucristo vivo y resucitado, sino que nos lleva también a anunciar y a proclamar lo que celebramos. Por eso, después de la Consagración aclamamos: anunciamos tu muerte y proclamamos tu Resurrección , ¡Ven, Señor Jesús¡. No podemos guardar para nosotros el gran amor que celebramos en el Sacramento de la Eucaristía. Esto nos exige comunicarlo y anunciarlo  a los demás. No podemos sentarnos a la mesa del Resucitado sin sentir la llamada a dar testimonio de la experiencia vivida junto a Él.

Cada Misa nos compromete a ser testigos y a contar lo sucedido como los discípulos de Emaús: “Lo reconocieron al partir el pan” (Lc 24,35). Además, la Eucaristía es una escuela de amor al prójimo.

Ella nos educa en el amor. Celebrar la Eucaristía nos debe conducir a vivir  el compromiso de amor y fraternidad con todos, especialmente con los más cercanos y más necesitados.

De aquí se desprende el compromiso para la comunidad parroquial de cuidar y favorecer la oración ante el Santísimo Sacramento en el Sagrario. Al respecto nos decía Juan Pablo II que: “La presencia de Jesús en el Sagrario ha de constituir como un  polo de atracción para un número cada vez mayor de almas enamoradas del  Él, capaces de permanecer un largo rato escuchando su voz y casi sintiendo los latidos de su corazón. ¡Gustad y ved qué bueno es el Señor”.

En las visitas pastorales que realizo en las parroquias y sobre todo en las filiales donde permanece el Santísimo en el Sagrario, insisto en que la iglesia permanezca abierta algún tiempo en la semana, para facilitar a los fieles la visita al Santísimo Sacramento y organizar una hora santa comunitaria, de lo contrario no tendría sentido tener a Jesús Sacramentado solitario encerrado en un templo. También es importante que el Sagrario este en lugar destacado y goce de seguridad.

Podríamos afirmar que sin el culto eucarístico, como su corazón palpitante, la parroquia se vuelve estéril y también sería estéril  nuestro ministerio sacerdotal. Debemos animar toda la vida y acción evangelizadora de nuestras parroquias con una espiritualidad eucarística.

 

CONCLUSIÓN

 

Dentro de unos minutos vamos a bendecir los óleos y consagrar el santo crisma, como materia para confeccionar los sacramentos que nos identifican con Cristo y nos santifican. El sacramento de la Eucaristía es la plenitud, centro y fin de toda la vida sacramental, de tal forma que cada sacramento que recibimos, lo recibimos en orden a la Eucaristía. En cada uno de los sacramentos podríamos establecer la clara relación con el Sacramento de la Eucaristía como fuente y culmen de la vida cristiana.  Por consiguiente, bendecimos los óleos y consagramos el Crisma en orden al Sacramento de la Eucaristía.

 

 

Nuestra celebración eucarística termina con un envío: “pueden ir en paz”. Se trata de una consigna que nos impulsa a comprometernos a ser misioneros de la buena nueva del amor, de la alegría y de la fraternidad que hemos experimentado y si la parroquia es por excelencia una comunidad eucarística debemos hacerla también  una comunidad misionera.

A María, Reina de los Ángeles, Madre de Jesús Eucaristía y de los sacerdotes confiamos nuestras intenciones y nuestro ministerio sacerdotal.

Así sea.

Mons. José Francisco Ulloa Rojas

Obispo de Cartago