Su Revista de Coleccion

VIERNES SANTO: La Samaritana

Luis Dobles Segreda

Es la hora sexta, el sol caldea el ancho valle de Sickem con sus campos labrantíos, recién heridos por el arado y ahora oleantes de mies rubia. Los frondosos terebintos protegen los hilos dulces y brillantes de los arroyos de Girizim que bajan del monte entre olivares.

Esta es la tierra que compró Jacob por cien corderos y la dio en heredad a José, el menor y el mejor de sus hijos.

Al arrimo de las altas palmeras, que se inclinan para saludar las caravanas, está abierto el viejo pozo que cavara Jacob para dar agua a su tribu, a los caminantes que trajinan sobre el polvo de los caminos y a sus ganados, lentos y tristes, que rumian su sed.

La gente de Samaria es hostil a la gente de Judea: “Nada tenemos con Israel, ni en su raza, ni en sus usos”, dijeron a Antíoco.

El jerosolimitano no admite testigos de Samaria, reputándolos falsos, ni se liga en matrimonio con mujer samaritana, teniéndola por infiel.

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Arde el sol samaritano de la sexta hora, que es hora de siesta.

Cimbreante el talle magnífico de Fotima, que es fruta fresca y morena, tiembla de voluptuosidad cuando el menudo pie va hollando el sendero que se retuerce entre matorrales para llegar al amor del pozo.

Sobre el cuadril, curvado y prominente, se asienta el cátaro de barro que trasuda el frescor del agua y humedece el brazo fragante que lo sujeta.

Esta mujer es bella como pocas mujeres. Los hombres de Samaria han caído a sus plantas, rendidos de pasión y han huido de ellas destrozados por sus desdenes.

En Samaria se pierde ya la cuenta de la regocijada fila de mancebos que durmieron sobre el lecho de esta mujer, que atrae como el abismo. Ha probado la miel maldita de sus besos que pagaron con la sal de sus lágrimas.

Cinco esposos cambiaron por capricho. Todos le dejaron soledad y hastío porque en ella buscaron el sabor de la carne enloquecida, sin asomarse al balcón de su espíritu.

Jesús había dejado Judea y regresaba a Galilea. Era necesario que atravesase este cálido valle de Sikem, rubio de mies y encendido de sol. Las gentes de Samaria no querían saber nada de Jesús y no trataban con gentes de Israel sino para el logro de ganancias.

No podían, ni querían creer en un predicador judío que les llamaba a la renunciación de sus riquezas.

Aquella mañana los pies sudorosos e inquietos del Rabino llegaron hasta la heredad de José y, cansado por el dolor de los caminos, sentóse el profeta sobre el brocal del pozo que horadara Jacob.

Y aconteció que vino Fotima, con su cántaro de barro para sacar agua.

Y Jesús le dijo: Mujer, dame de beber.

Y dice la mujer: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí que soy samaritana?

Mansamente, con la dulzura mística que movía siempre sus labios delgados, entre la rubia seda de su barba, exclamó:

Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: Dame de beber, tú pedirías a él y él te daría agua viva, que es agua de eternidad.

Respondió la mujer y le dijo: No tienes con qué sacarla y el pozo es hondo, ¿dónde escondes pues el agua viva?

Y alzando las manos, respondió Jesús: Cualquiera que bebiere de esta agua volverá a tener sed, mas el que bebiere del agua que yo le daré será en él una fuente que salte para la vida eterna.

Los grandes ojos de la mujer samaritana buscaron los ojos tristes del Rabí y, en el brocal del pozo, se acariciaban las sedas opulentas de la mundana con el raído sayal del profeta.

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¿Qué tiene ahora la mujer de Samaria? ¿Por qué su pecho ya no se hincha al compás de las pasiones, copioso de apetitos?

Ella escuchó antes, con deleite, los deseos de los hombres y fue atormentándolos con el látigo de sus caprichos.

Pero ya no arde en sus ojos la llama de la lujuria, adivinase en ellos la quietud del agua dormida en el fondo del pozo.

Ya no florece en sus labios el beso, quemado como ascua, alumbra en ellos la luz de una plegaria que no se atreve a producirse.

Los hombres le hablaron siempre en otra lengua, buscando las tentaciones de la hembra, y este extranjero, enemigo de su raza, le habló como si en él hubiese fallado el imán de su belleza.

Y ella fue despertando a un mundo de espíritu que nadie antes la hiciera sospechar. Oyó una voz que era transparente, como el agua, sencilla, como el campo.

Era un agua de amor, de caridad, que empezaba a brotar en el fondo de su pecho y ya sus manos no se afanaron más en arreglar los pliegues de su traje, ni en peinar la noche de sus negros cabellos.

En silencio y en recogimiento, se juntaron con las manos del Maestro y cayó vencida a sus pies aquella vencedora de hombres.

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Muchachita linda de mi ciudad cristiana que, año tras año, eres distinta pero siempre embellecida por la juventud fragante y por la gracia adorable. Muchacha que fuiste siempre señalada en la ciudad como la más bella y escogida para que en esta procesión del Viernes Santo llevases el cántaro al cuadril para recordar a la pecadora de Samaria.

Tú eres bella y eres linda de corazón. Todavía no ha roído tus entrañas el grito loco de la carne, ni se han enroscado en tu corazón las serpientes del vicio.

Llena tu cántaro de piedad infinita para las atormentadas mujeres que amaron creyendo también ser amadas.,“Que van por la vida llorando un cariño recordando a un hombre y arrastrando a un niño”.

Enséñales a las gentes tu cántaro fresco y recuérdales que la mujer que holgó con cinco maridos y veinte amantes, oyó un día una voz de piedad en el brocal del pozo de Jacob y fue buena cuando entendió aquella palabra de bondad infinita.

Muchachita linda, que vistes de toda gloria con tu manto de armiño y tu veste de seda, que llevas guirnalda de diamantes y ajorcas de oro. Tu que eres, bella, como la mujer de Samaria y eres limpia como las aguas del pozo, llena ese cántaro de amor y da a beber agua de consolación y de esperanza a quienes la han menester, porque ella es agua que salta para la vida eterna.

Cuando cruzas las calles, despaciosa y solemne, bajo el guión de plata que lleva terciado el señor Gobernador de la Provincia, todos te señalan como la mujer más bella y te respetan y te quieren porque te saben buena.

El señor Gobernador va orgulloso de lucirte a su lado, tú vas orgullosa del esplendor de tu traje y la ciudad está toda orgullosa de ti. Pero detrás viene, humilde y sangrando, el buen Jesús, con el madero a cuestas, subiendo su monte Calvario.

Él vigila tus pasos, él, que lee en lo escondido, oye tus pensamientos. Procura que él también se sienta orgulloso, dentro de tu manga humilde, y vuelva a pedirte el agua de tu cántaro.