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Jueves Santo: institución del sacerdocio y de la eucaristía

Este día posee una muy rica liturgia con dos momentos muy fuertes: la misa crismal que se celebra por la mañana en la iglesia Catedral, en la cual los sacerdotes delante del obispo renuevan sus promesas sacerdotales, se bendicen los óleos de los catecúmenos y de los enfermos y se confecciona el óleo del crisma; y la misa de la cena del Señor y lavatorio de los pies que se celebra por la tarde en las parroquias.

En la liturgia romana antigua el Jueves Santo señalaba el final de la Cuaresma, pues con la celebración vespertina en que se conmemoraba la última cena tenía inicio el triduo pascual de la muerte (viernes), sepultura (sábado) y resurrección de Cristo (domingo).

Este jueves por la mañana el obispo celebraba una misa en la cual eran reconciliados los penitentes públicos, que, después de una larga y difícil penitencia, eran considerados dignos de ser readmitidos en la vida sacramental de la Iglesia.

Originalmente la bendición de los óleos sucedía o en la Vigilia pascual o en otras ocasiones según la necesidad. Sin embargo, ya hacia el siglo VII encontramos en Roma testimonio de otra misa celebrada al mediodía para la consagración de los óleos.

Con la supresión de las misas vespertinas por muchos siglos, la misa de la cena del Señor era celebrada ya por la mañana de este día, naciendo así la equivocación de pensarlo ya como parte del triduo pascual. La translación de la reserva eucarística que se hacía después de esta misa fue adquiriendo siempre más visibilidad. El altar de la reposición, principalmente con el influjo barroco, se transformó en un “monumento” adornado con una profusión de luces y flores. Las personas piadosas se dedicaban a recorrer las iglesias para visitar los monumentos.

La reforma de la Semana Santa de 1955 repuso la celebración de la Cena del Señor en la tarde de este día; buscó manifestar la unidad entre el sacramento y el ideal del servicio introduciendo el lavatorio de los pies y proponía una decoración discreta para el lugar de la reserva eucarística. En las catedrales se celebraba por la mañana la misa de la bendición de los santos óleos.

Con la reforma litúrgica del Vaticano II se mantienen muchas de las innovaciones de 1955. El papa Pablo VI quiso que la misa crismal fuera una auténtica fiesta del sacerdocio con una particular renovación de las promesas sacerdotales delante del obispo. También se hicieron algunos cambios en los formularios y en las lecturas para sacar a mayor luz los misterios celebrados en este día: la institución de la eucaristía y del sacerdocio ministerial así como en la misa vespertina el mandamiento del amor fraterno.

El don del sacerdocio    

En Cristo Jesús, somos una iglesia santa, una comunidad consagrada, un pueblo sacerdotal. Esta nuestra vocación nos llena de alegría y nos revela la altísima dignidad de todos los cristianos. Sin embargo, existen algunos hombres a los que el Señor eligió, y continúa eligiendo, para participar en un modo particular en su misma misión sacerdotal, y así prestar un servicio en este pueblo santo.

¡Pero qué locura la de Dios! ¿Cómo pudo confiar una misión tan noble, a criaturas de barro? ¡Qué extraña lógica es esta! Usar lo que es débil para confundir a los fuertes. Querer que personas tan pobres puedan abrir sus insondables tesoros. Confiar que el sencillo tenga algo que decir al sabio. Pretender que el frágil sostenga hasta al robusto. Sin embargo, así le pareció bien. Y aunque hayan pasado casi dos mil años, con tantos aciertos y desaciertos, existe aún un ejército de hombres que se ofrece a este ministerio.

Cada sacerdote sabe que su vocación nació allí, en aquella última cena. Todos reconocen que son indignos para cumplir una misión tan elevada, pero confiando en la gracia inagotable de Dios hoy renuevan el deseo de ser instrumentos en las manos del Señor.

La Iglesia, entristecida por algunos sacerdotes que no fueron capaces de ser fieles a su vocación, pero a la vez reconfortada por una inmensa mayoría que con tanta generosidad sirven cotidianamente al pueblo de Dios, y en sus limitaciones dan un elocuente testimonio de que vale la pena vivir por Cristo, ha invitado a vivir un año sacerdotal, en el cual todos son invitados a suplicar interceder por estos hijos de la Iglesia, para que sean fieles y felices en el apostolado.

El don de la eucaristía

Jesús sabía que su hora ya estaba llegando. Sin embargo, él quiso perpetuar su presencia en la historia y en la vida de aquellos que creen en él. Por eso, con mucha sencillez y también con mucha perspicacia tomó elementos de la creación, usuales en la vida de su gente: el pan y el vino, y entregó a su Iglesia el modo de transformarlos en su cuerpo y su sangre. Con esto, él puso en nuestras manos la posibilidad de realizar sacramentalmente el encuentro más íntimo, más fuerte, más profundo del hombre con Dios: se hizo nuestro alimento, capaz de saciar toda hambre y satisfacer toda sed.

Desde aquel día, los cristianos tienen este modo privilegiado y seguro de encontrarse con él y entrar en su misterio; esto es, celebrar la eucaristía. A través de este rito, que Jesús nos enseñó en este día y que la Iglesia fielmente custodia, podemos místicamente estar sentados con él a la mesa de la última cena y también a los pies de su cruz, recibiendo eficazmente toda la gracia de su sacrificio redentor: pues “cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz anunciamos su muerte, hasta que vuelva”.

Es también muy importante reconocer que la Iglesia realiza la eucaristía y se realiza en ella. De hecho, el misterio de la Iglesia y de la Eucaristía están íntimamente unidos, pues ambas son el cuerpo de Cristo y se necesitan mutuamente para existir.

Para vivir bien este día

“Y habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.” (Jn 13,1) “… se levantó mientras cenaba… y se puso a lavarles los pies a sus discípulos…” (Jn 13,4-5).

Jesús mismo nos dejó un mandato: “Hagan esto en memoria mía”. Estas palabras no son solamente una invitación a repetir el rito de aquella singular cena; son también una desafiadora propuesta de hacer lo mismo que él hizo, esto es, dar nuestra vida completamente por los hermanos.

Más concreto Jesús no podría haber sido: cuando terminaba la cena tomó una palangana y empezó a lavar los pies de cada uno de sus discípulos. Seguramente, algunos de ellos pensaron que Jesús (hombre-Dios) estaba loco. Quién se podría imaginar que Dios, el Señor del cielo y de la tierra, podría llegar a este punto: lavar nuestros pies. Sin embargo, si entramos en la lógica del amor entendemos que para quien estaba dispuesto a dar la propia vida, lavar los pies era un detalle, era una placer.

Nuestra fe, nuestra misa no puede reducirse a una práctica ritual, sino que debe transformarse en acción concreta para con los hermanos. Te propongo hoy meditar sobre este gesto de Jesús. Más aún, dejar que el Señor omnipotente lave hoy tus pies, como un signo de cuánto te estima y ama. Y ojalá esto te motive a imitarlo.

Di hoy durante todo el día: “Jesús, que me has amado hasta el extremo, ¿qué quieres que yo haga?

Del Testamento de San Francisco de Asís

“Y el Señor me dio tanta fe en las  iglesias, que oraba y decía así sencillamente: Te adoramos, Señor Jesucristo, también en todas tus iglesias que hay en el mundo entero y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo. Después de esto, el Señor me dio, y me sigue dando, una fe tan grande en los sacerdotes que viven según la norma de la santa Iglesia romana, por su ordenación, que, si me viese perseguido, quiero recurrir a ellos. Y no quiero advertir pecado en ellos, porque miro en ellos al Hijo de Dios y son mis señores. Y lo hago por este motivo: porque en este siglo nada veo corporalmente del mismo altísimo Hijo de Dios sino su santísimo cuerpo y santísima sangre, que ellos reciben y solo ellos administran a otros. Y quiero que estos santísimos misterios sean honrados y venerados por encima de todo y colocados en lugares preciosos”.

Oración del día:

Dios nuestro, que nos has reunido para celebrar aquella Cena en la cual tu Hijo único, antes de entregarse a la muerte, confió a la Iglesia el sacrificio nuevo y eterno, sacramento de su amor, concédenos alcanzar por la participación en este sacramento, la plenitud del amor y de la vida.

Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

 

Hno. Mariosvaldo Florentino