Su Revista de Coleccion

VIERNES SANTO EN LA CAPITAL*

Mario Alberto Jiménez

 

No pertenezco a ninguna de las confesiones, sectas o sociedades Inter.-denominacionales en que se divide y subdivide el cristianismo; no obstante, si alguien se preguntara, que nadie me lo está preguntando, cuál es para mí la solemnidad más grata del año, tendría que contestarle, a fuer (manera) de sincero, que el Viernes Santo. Cuestión de gustos. Tal vez resabios coloniales, y hasta algunos insignificantes recuerdos de familia. Estoy seguro que si el asunto se pusiera a votación, la inmensa mayoría de los costarricenses se pronunciaría por la Nochebuena. Cuestión de literatura.

El Viernes Santo es la conmemoración que se ha conservado, aunque sea en sus restos, más como cosa nuestra. De ella no se han apoderado ni los cursis ni los socialistas; no hay una Semana Santa de ricos y otra para pobres. Ni todavía, el furor de los comerciantes. El ayuno de los fieles es, ciertamente, uno de los mejores negocios del año, pero los almaceneros por lo menos no venden sus sardinas al son de villancicos, ni tampoco han inventado que todos tengamos que torturarnos sistemáticamente por esta época regalándonos a la fuerza unos a otros, frascos de encurtidos o paquetes de bacalao, conforme los dictados de la casa Dennisson, esto es, envueltos en celofán de colores, con moñitos de cintas en las puntas y etiquetas o colillas que digan: From… to…

Los poetizantes repetirán (no hay nada rutinario como los poetas) que las vitrinas de los comercios son muy exóticas por Navidad con sus renos, abetos y San Nicolases que hablan sueco o noruego; no han caído en la cuenta que nunca lo son tanto para Semana Santa. Es difícil que un literato confiese que una ventana llena de alimentos en conserva tiene poesía. Como no soy literato sí puedo hacer sin desprestigio la declaración. Esas ventanas de Semana Santa rebosantes de zoología, botánica y geografía son preciosas. El diablo, para que no podamos imitar al Señor en el desierto, ingenioso nos tienta con viandas y golosinas que trae de los cuatro confines del mundo; bacalao de Noruega, salmones del Canadá, calamares de España, caviar de Rusia,  caracoles y paté de Francia, arenques de Holanda… De España y Francia otra vez olivas y champiñones, chiles de México, higos de Italia, dátiles de Arabia, melocotones de California, mostazas de Inglaterra… Tenía razón el diplomático argentino que definió con cierta nostalgia a San José como una aldea, pero una aldea llena delikatessen. Definición exacta sin olvidar, esta vez por supuesto, las súrtubas, palmitos, y pacayas de nuestros bosques y el muy colonial y tan clásico por Semana Santa como por Navidad de los tamales, y el un poco salvaje  dulce de  chiverre con sus aliños de queso de Bagaces, hoja de higo y clavo de olor.

No somos los capitalinos muy aficionados que digamos a las procesiones nunca las hicimos con la pompa e imaginación de los cartagineses. La de Corpus Christi no puede ser más insignificante. La tan simpática y productiva del Dulce Nombre, recogiendo por las calles donativos en gracia por habernos espantado el cólera del año 56, se terminó –(aunque la tradición volvió) cuando unos sacerdotes dieron por trompearse (o darse de paraguazos) en pleno desfile disputándose  jurisdicciones  parroquiales. Mientras el santo esperaba en el suelo. La de nuestro patrono San José, se reduce a seguir sacando cada año su imagen a darle una vuelta alrededor del Parque Central como cuando la capital era apenas ese parque. No conoce San José nada de su nuevo San José; ni las urbanizaciones de los ricos ni las ciudades de perreritas que construye el INVU.

Los obispos alemanes que tuvimos, Thiel y Stork, desterraron muchas tradiciones nuestras. En el fondo de todo alemán, aunque sea obispo católico hay un reformador, les chocaba a los importados prelados muchas cosas de raigambre española y decantaron en la capital cuanto pudieron. Así se terminó la procesión del Domingo de Ramos. Esa procesión degustaba mucho a los josefinos, comenzaba a agitarse en el país el sentimiento de las masas la entrada de Jesús triunfal en Jerusalén fue la única manifestación de fuerza que organizaron los primeros cristianos y los capitalinos se iban detrás del señor jinete en su burrito con el mismo entusiasmo y bullicio con que irían a las ovaciones de Don Máximo Fernández. Ciertos paralelos comenzaron a preocupar. La única procesión que nos queda de medio ver es la que llamamos del Santo Sepulcro, los españoles dirían del Santo Entierro. Se puede ser o no católico, pero hay que convenir en que este desfile en la capital con su abundancia de bebés, niñas y mocitas, que, portadas en andas floridas forman un cortejo de suntuosos querubines, ángeles y mujeres bíblicas de raso y terciopelo, es una alegoría encantadora, sobre todo para los que no tenemos esperanza de ver el cielo. Somos sin duda de los más legítimos hijos de España y sin en el trasplante perdimos el gusto por la danza y el canto también perdió el gusto por las cosas tétricas y lúgubres. No somos sandungueros pero tampoco patéticos. Entre un Zurbarán y un Murillo, el tico preferirá siempre el Murillo. La procesión del Santo Sepulcro representa muy plásticamente algo de desequilibrio anímico del capitalino. Es el más amable de los entierros. Podría llamarse Dulce Entierro. Nunca tuvo nada de alucinante, ni siquiera la hora. Últimamente es que algunos sacerdotes intentan introducir el gusto por las procesiones nocturnas, para hacerse los dramáticos, a las que nunca fueron aficionados josefinos. Lo único espectral de la ceremonia lo da la proyección oblicua de la luz de las cinco de esos atardeceres plácidos de marzo y abril. El sol transparente del año dora barrocamente la procesión y quiebra muy bonito sobre el caro cristal de roca de la urna funeraria en que se porta el cadáver. Ese Santo Sepulcro de la Catedral Metropolitana no es monumental, pero sí de muy buen gusto. Tiene la mesura y proporciones de las cosas hechas en París. Allá lo compró personalmente mi abuelo materno. Dicen que pesa mucho y por la gracia de sus líneas parece tan liviano como el humo de los incensarios.

Si en las procesiones griegas lucían estatuarias las canéforas en honor de la divinidad, en las nuestra son las Marías, ángeles y angelillos de ricas y variadas túnicas los que ofrecen su inocente hermosura de cromo. En las alas de estos angelillos vuelve a triunfar el papel crepé de Dennison. Antes la llevaban de auténticas plumas, ojalá de garza. Un ángel capitalino nunca es un ángel músico. Nada de trompetas o de liras. O son aprendices de carpintería con martillos y clavos, o portan flores y copones. Sobre todo la flor nacional que precisamente revienta por la cuaresma y que para mayor coincidencia es como la definió el poeta: “moradas cual la túnica de Cristo”, de un tinte que ningún pintor ha podido imitar.

Como las canéforas, esos espíritus celestes pertenecían en antaño a las familias más distinguidas o pudientes. Todo cambia. Hasta el oficio de serafín se democratiza. Los angelitos últimamente arralan, ya no son aquellos séquitos interminables. Las vacunas, por un lado, sustituyendo con ventaja las promesas por la salud infantil y, por otro, las familias bien no considerando chic movilizar sus hijas para la alegoría del Viernes, al revés de antaño cuando eso era toda una presentación social, una manera de que la niña comenzara a figurar. Tal vez la grada en su carrera de belleza que un día culminaría en algún reinado social mientras llegaban a matronas o auténticas Magdalenas. Una carrera que como la militar tenía sus grados: chiquitinas, luego ángel común; más tarde ángel de las Siete Palabras o ángel de la Consolación que siempre es un ángel tullidito; y cuando mocitas, Verónica, Magdalena. Samaritana, o cualquier otra personalidad del ala femenina del naciente cristianismo.

Si el sol de nuestras tardes de marzo y el tinte de las guarias moradas hubiesen seducido al mismo Tiépolo quien sabe que habría hecho Hogarth con la imprescindible escena de los familiares del ángel marchando detrás de las andas; el papá, la mamá que seguramente también fue en su oportunidad ángel, las tías solteronas que no triunfaron como ángeles, y la abuelita sobreviviente, que so pretexto de cuidar de la criatura va parando la oreja para apreciar, como sin querer el efecto.

 

—Mirá este otro.

—¡Qué lindo!

—¡Qué bien arreglado que va!

—¿De quién es…?

Todo un concurso de belleza. De esa belleza racial de que tanto nos hemos pagado. Porque no se nos olvide, un ángel tico debe ser rubio. Nada de “angelitos negros”. Aquí los negros pueden ser lo que quieran menos angelitos.    De palo en la procesión el Cristo, la Virgen de la Soledad y San Juan. El Cristo es una talla muy agradable. El escultor logró una serena y noble imagen de la muerte llena de equilibrio.

En la curia la tienen por labor guatemalteca. Creo que se equivocan. Es una hermosa escultura costarricense. Lo sé porque, a menos que la hayan sustituido, ese Cristo fue tallado en la cocina de la abuela materna de mi padre. Su autor es el artista ramonense Manuel (Lico) Rodríguez, tío bisabuelo del gran escultor Paco Zúñiga. Dinastía de escultores. Otros nietos suyos son literatos de nota, etc. cuando Rodríguez vino a la capital para ejecutar el encargo del Cristo yacente le alquiló a mi bisabuela el portón de la calle de su casa de habitación. Allí le habilitaron un pequeño taller al igual que Miguel Ángel, Lico Rodríguez era de un pésimo humor y no permitía que nadie apreciara los progresos de su trabajo. Echaba a todo el mundo afuera. Mi padre y sus hermanos muy pequeños, se iban por la cocina y a través de las rendijas de un improvisado tabique atisbaban estupefactos y medrosos los milagros de las gubias del gran maestro ramonense hoy olvidado ¿Qué sabemos de nuestros imagineros? Nada.

Dicen que no hay peor iconoclasta que aquel que conoce el leño de que se hizo el Santo. A mí me sucede todo lo contrario; siempre miro pasar con simpatía el Cristo que se talló casi en la cocina de mi bisabuela y que se muestra  en la urna que trajo el abuelo de Europa en un viaje casi sin retorno. El barco sorprendido por una furiosa tempestad por poco no zozobró. Aquí se dio por perdido. Sólo mi abuela, como en las novelas, no quiso enlutarse. Tesoneros, mi padre y su hermano Mariano, muy niños, iban todos los días a la compañía de navegación a inquirir noticias, hasta que un día se supo que el barco había sido lanzado a Barbados y que ahí se encontraba en reparación. Esa urna de cristal siempre me recuerda una de las épocas amargas e injustas de la pequeña historia familiar.

La virgen no sé de dónde procede. Es una imagen directa y bien vestida. Al revés de cómo en Sevilla o de la procesión en Cartago, los hombres aquí no se ocupan de ella. Llevarla en un privilegio de las mujeres. Dicen que conocen el marido. Algo de eso es cierto según mis propias estadísticas. Así por ejemplo, teníamos una vecina estrafalaria que siempre la llevaba y se caso cuatro veces, aunque el último era un polaco y la desvalijo de la herencia de los otros tres, pero al fin, era un marido. Hay algo muy dramático en el grupo de mujeres cuando después de la procesión apretujada van a solas a devolver a la Virgen al templo de la Soledad, mascullando el rosario en la oscuridad y cuesta abajo.  Rezagado cierra el desfile en San Juan. Nadie se lo disputa ¡Y tan bien que se portó el día de la Pasión! Lo único notable de esta imagen barbalinda era su gesto señalado con afectación. Eso dio origen al conocido dicho irreverente de “Cuando San Juan baje el dedo”, con el cual los costarricenses expresamos un plazo sin vencimiento o una condición imposible. San Juan bajó el dedo. Se lo bajaron mediante una hábil y oportuna operación de cirugía plástica. El dicho persiste.     En el cortejo figuran otros apóstoles figurados por niñitos. Iban dos versiones. Los ricos en andas y forrados en terciopelos y los pobres a pie y vestidos de guinga. Era el contraste más gracioso. Era. Lo prohibieron últimamente. Sólo se permite los apóstoles en andas. Una verdadera inconsecuencia social e histórica.

La costumbre nacional antiquísima, hoy en vías de desaparición, era el silencio en Viernes Santo. En las casas se apagaba el fuego y en las calles cesaba el tránsito de vehículos y bestias. Hasta morirse era prohibido en Viernes Santo. Era una costumbre sabia. El instinto creó un estado de calma que los especialistas en eso que se llama salud mental no han podido mantener. Un día entero en silencio. Un día sin tumulto. Un día sin pregones, sin vendedores de lotería, sin mendigos, sin periodistas, sin basureros, sin bicicletas, sin niños popof, sin noticias de las matanzas en América y, sobre todo, sin los rastacueros que van a comprar fósforos a la esquina en sus colosales y chillones automóviles, en un día maravilloso. Lástima grande que esa autentica costumbre nacional, la más bella y sana que teníamos, vaya desapareciendo. Un día en que los speakers, los estadistas y los mentores tienen que callarse es el día más perfecto del año. Es el día de los tontos y es el día de los inteligentes. Todo los costarricenses debiéramos comprenderlo así y los extranjeros ayudar, y unos en nombre de la religión y otros en nombre de la higiene, unos en nombre del espíritu y otros en nombre de la materia, unirnos para mantener intacta la paz colonial del Viernes Santo. Los de la izquierda y la derecha, católicos, protestantes, judíos y herejes, trabajamos para que si es necesario se eleve el mandato constitucional el derecho a ese día de absoluto reposo espiritual. Si sólo un día de tranquilidad colectiva nos diera el cristianismo, el cristianismo ya está justificado. Que el silencio del Viernes Santo sólo lo interrumpa a la caída de la tarde, la marcha fúnebre del maestro Chávez, el “Duelo de la Patria”, cuyos acordes siempre traen calma al ánimo de los ticos, porque son tan armoniosos las guarias de marzo.