Su Revista de Coleccion

Mañana del Viernes Santo

Max Jiménez

Corrían las once de la mañana del Viernes Santo.

Un Viernes Santo infantil. La lluvia había suspendido su costumbre. Hizo un alto para que el juicio de Nuestro Señor se efectuara con su completa pompa y tristeza.

Las matracas en el atrio, con su martilleo de madera, y el incienso que salía de las naves con el murmullo de las oraciones, anunciaban la salida de la procesión.

Los hombres esperaban en la pulpería de la esquina para reunirse al cortejo. Allí estaba el tata del Chunguero, ñor Sebastián, una reencarnación de don Quijote, blanco, de ojos azules.

La procesión se acompasó con las matracas, las oraciones y el humo. Los santos en sus andas se balanceaban blandamente. La Verónica y la Magdalena contraían el ceño. El viento ondulaba los árboles de la plazoleta.

Unos hombres, los centuriones, con escopetas herrumbradas y con unas cuerdas que partían de la cintura de Jesús, ponían caras feroces.

Ñor Santiago llamó a su hijo:

─Chunguero, ¿no ves eso?

─Sí, tata. (Bien se entendían).

─Búscate a los otros.

Y se tomaron un guaro.

El Chunguero llamó a sus hermanos. Eran seis. Seis borrachos.

Al pasar la procesión frente a la pulpería, ñor Santiago, con gesto firme, bajo dijo:

─Dejen a Jesús. Nada les ha hecho.

Uno de sus amigos que seguía la procesión le agregó:

─No jodás. Deja la procesión quedita. No ves que ese Jesús es de palo.

─Que dejen a Jesús. Vos sos el que estás jodiendo… Y de una terrible trompada derribó al amigo.

El santo sacerdote, que frecuentemente tenía que hacer de bravo, gritó con un acento español.

─No se apendejen,─y levantándose la sotana y los atavíos, agregó.─Yo también tengo pantalones. Vean, cobardes… Y le metió al primer hijo de ñor Santiago.

El perdiguero que vio aquello, le rajó la cabeza a uno con el guión.

La magdalena fue a dar contra un barrial y gritaba por no poder soltarse de un palo al cual la habían amarrado para que no se cayera. Y hasta hubo quien conservara la serenidad y lograra ver partes pecaminosas en aquella humilde servidora del señor volcado.

La cabeza de San Juan rodó por la zanja y parecía destilar nuevos lagrimones.

San Pedro perdió las llaves y, al rompérsele la túnica, se vio que le faltaba el cuerpo.

Al ruido de los golpes y las voces del sacerdote que se vio obligado a invocar a Satanás, llegó la policía del pueblo, amparada por los refuerzos que en tales ocasiones era costumbre enviar de la ciudad, porque en San Luis de los Jaules la Semana Santa siempre era peligrosa.

La policía sacó las crucetas y a cincha, ─la cruceta empleada de plano─logró meter en un cuarto que llamaban cárcel a ñor Santiago con sus críos.

Y un hijo:

─Ves, tata. Siempre salimos mal. Siempre nos zampan en la chirona.

─Sí, pero Dios nos lo tiene en cuenta.

Las nubes empezaron a formar sus cúmulos. El sol cerró el ojo. El tiempo tornó a su gris.

Costó gran trabajo restablecer las imágenes para la procesión de la tarde, la de las tres, la hora de la muerte.

San Pedro tuvo que salir sin una mano y la Magdalena con un cardenal en la frente. El pueblo creía que aquello era un castigo merecido, por que la verdad era que aquella Magdalena, por sus costumbres, encarnaba demasiado bien a la Magdalena.

El cielo no pudo contenerse más y soltó el llanto. La procesión del Santo Muerto perdió el ritmo y lo adquirió de barro: un chapaleo de plantas de pies. Huellas que se cerraban inmediatamente, hundiendo en la tierra la oración.

En la mañana siguiente, cuando fueron a abrirles a ñor Santiago y a sus hijos para que rindieran sus declaraciones ante la autoridad, desde luego ya no estaban en la celda. Fragmento de El Jaul