Su Revista de Coleccion

SEMANA SANTA EN SAN JOSÉ EN 1858

 Thomas Francis Meagher

 Fotografias: Alex Carballo y Pbro. Manuel Quesada Prendas

 En la iglesia de la Merced había una representación del huerto de Getsemaní. A la izquierda de la nave y contiguo al pórtico estaba un espacio de ocho pies en cuadro, marcado con palmeras encorvadas y entrelazadas que servían de valla. Las flores de las palmeras caían en forma de lluvia o desplegaban, a semejanza de una fuente, sus castos esplendores en círculos que ensanchándose descendían dentro del huerto. En el suelo había una gruesa alfombra de palma, entremezcladas con bayas, hojas y flores de las más bellas plantas siempre verdes. Encima de todo estaban esparcidas la más lindas flores, flores de los colores más brillantes, de las formas más raras, como la lobelia, con sus pétalos carmesíes y gualdas, el lirio rojo y la plumeriada de color canario; también se veían jarrones y macetas de loza llenos de tierra en que habían nacido espiguitas de arroz, fuentes de porcelana en que germinaban granos de maíz, hierbas aromáticas, naranjas, uvas silvestres del valle de Ujarrás, aguacates, piñas, granadillas y limas. En medio de todas estas ofrendas, en medio de toda esta magnificencia y belleza, de todo este esplendor y dulzura de la tierra, cerca de un árbol troncado, estaba de rodillas una imagen del Cristo de Getsemaní, cubierta con una túnica púrpura. De la frente le manaba sangre y en las pálidas facciones tenía impresa una expresión de angustia que ninguno podía mirar sin emoción, por muy frívolo o irreverente que fuese. Dentro y fuera del pórtico de la pequeña iglesia había soldados que montaban guardia con los fusiles a la funerala. Durante todo el día permaneció el pabellón a media asta en el palacio del Gobierno, en el cuartel de Artillería y en el que estaba situado en la plaza. Las tiendas, los billares, los cafés, las oficinas públicas, todo estaba cerrado. Nadie se quedó en casa; todos andaban afuera con sus mejores atavíos desde el amanecer, todo el santo día, toda la santa noche en la calle, visitando las iglesias, cumpliendo con la devoción de las estaciones, llevando linternas y murmurando padrenuestros y avemarías por las calles. Al siguiente día hubo el mismo redoble monótono de los tambores con sordina de víspera, las mismas banderas enlutadas, el mismo ir y venir de caras veladas  y graciosas cabezas envueltas en chales de seda, los mismos tranquilos ásperos de las carracas en vez de los toques de campanas, la misma profusión de luces, flores y frutas en las iglesias, el mismo murmullo penetrante de piedad, un día de fiesta tan solemne en todo sentido como lo fue el Jueves Santo; pero tal vez más tranquilo y algo más impresionante por el gran sacrificio que rememoraba y el duelo que parecía marcarse particularmente en la interrupción de todos los asuntos profanos, en los fusiles de los soldados puestos a la funerala, en el aspecto solitario de las casas y en la sombra más intensa proyectada por los montes de San Miguel y el Irazú.

   Al atardecer, la procesión que conmemora el entierro de Cristo salió lenta y tristemente por la puerta grande de la catedral y recorrió las calles adyacentes. Cañas silvestres en torno de las cuales estaba sembrado de siemprevivas, bellas ramas de uruca y extrañas y lindas manitas de guarumo. Cortinas de muselina blanca con festones de cintas negras de seda y raso colgaban de los balcones de las casas; a lo largo del camino que seguía la procesión y en las intersecciones de las calles había catafalcos cubiertos de paño negro bordado, salpicado de flores y cargados de frutas, en que brillaban lámparas de colores y jarrones de plata. Al frente de la procesión venían los hermanos de la caridad con largas vestimentas de lana blanca, anchas y flojas como batas, y pañuelos blancos o de colores liados a la cabeza. Estos hermanos portaban las diversas insignias de la Pasión. Los dos primeros llevaban un par de escaleras verdes al hombro; uno traía una corona de espinas, otro un enjambre de muchachos con velas apagadas; detrás de estos aparecieron tres hombres jóvenes con traje eclesiástico, portando el de en medio un crucifijo de plata, alto, esbelto cubierto de terciopelo negro; los otros dos llevaban en alto candeleros delgadísimos, cuyos cirios amarillos ardían con una llama mortecina, derritiéndose con exceso a medida que brillaban débilmente. Detrás y muy cerca de los ciriales y del crucifijo marchaban cuatro sacerdotes de frente, con sotana, gorro negro y sobrepelliz. Sobre el gorro traían un capuchón negro y debajo de este manto, también negro, que les arrastraba una o dos varas sobre el pavimento salpicado de hojas. Eran los heraldos de un gran pendón de seda negra con una cruz roja en el centro, que portaba un caballero demacrado y vestido de riguroso luto. Enseguida venía otro enjambre de muchachos abriendo camino a una imagen de cuerpo entero de San Juan Evangelista, cubierta de abigarrado ropaje y en la mano apoyada en el corazón, a la cual llevaban en hombros cuatro caballeros descubiertos y vestidos de frac. La imagen de María Magdalena venía detrás de la Evangelista. Estaba radiante con su traje de raso blanco y sus abundantes trenzas de cabellos negros; una expresión de intenso arrepentimiento realzaba la noble hermosura del rostro. Como obras de arte estas imágenes son más que admirables; son exquisitas y maravillosas. Guatemala, donde fueron esculpidas, tiene razón de sentirse orgullosa de ella.

Pero ya se iba acercando una mucho más majestuosa e imponente que las anteriores. A uno y otro lado brillaban bayonetas en alto; a su derredor las nubes olorosas que despedían los incensarios; lindos niños vestidos de blanco y frescos como capullos de rosa venían delante sembrando de flores el suelo cubierto de hojas: era la Mater Dolorosa. Suntuosamente vestida, le habían prodigado los encajes más valiosos y el terciopelo color púrpura, las perlas de mayor tamaño, los ópalos y otras piedras preciosas. De su cabeza de reina brotaban rayos de plata que resplandecían como si fuesen flechas de cristal: un clérigo llevaba la cola del manto de terciopelo que descendía de los hombros de la imagen; detrás de él y portando largos cirios de cera, venían muchas de las principales damas de la ciudad, todas con trajes negros de seda y de raso y las cabezas tapadas con ricas mantillas, negras también como paños mortuorios. Algunas eran jóvenes, tiernamente graciosas y de una belleza de perla. Las matronas, aunque enjutas y secas, tenían un aspecto digno y santo.

Sin embargo, todo no era más que el preámbulo de lo más interesante del espectáculo; un inmenso sarcófago de cristal llevado por unos veinte ciudadanos de los más respetables de San José, que marchaban con todo el énfasis y toda la grandiosidad de soldados veteranos. Delante, detrás y a los lados del sarcófago venían acólitos con blandones intervertidos, incensarios humeantes y palmas cubiertas con crespones; a su paso los espectadores situados en las puertas, los balcones y ventanas se descubrían y arrodillaban. Dentro del sepulcro transparente había sábanas de lino más fino, blancas como la  nieve y salpicadas de rosas, una cara que manaba sangre, una corona de espinas y la silueta de una imagen yacente. Esta imagen era la del Crucificado del Calvario. A su paso no hablaba nadie, no se oía un murmullo, y lo único que turbaba la paz de San José en aquel momento solemne, era el balanceo y la música de la banda militar precediendo a las tropas que cerraban la procesión con la bandera plegada y las armas a la funerala.

Algunas horas más tarde hubo un espectáculo muy diferente. Era la madrugada del Domingo de Pascua. Las nubes caían densas y bajas sobre las montañas; las de San Miguel no eran más que un montón de ellas y solo se veía la base verde oscura del Irazú. Las plantaciones y los potreros estaban agobiados; aquello era un caos de nubes por todas partes; no se distinguía ninguna otra cosa, salvo el farol de la esquina de la Artillería, cuya luz se filtraba al través del  humo denso que empañaba el vidrio; pero en medio de este caos de nubes se desencadenaron de pronto las campanas de la Catedral, de la Merced, y del Carmen, sonando viva, salvaje y violentamente. ¡Sonaron, sonaron, y sonaron hasta que la atmósfera tumultuosa parecía chisporrotear con los golpes! ¡Sonaron, sonaron, y sonaron hasta que la tierra adormecida parecía vibrar y estremecerse!

Luego se oyó el estruendo de los tambores y el coro chillón de los gallos de pelea, el ladrido de los perros y el mugir del ganado en los suburbios. En menos de veinte minutos se vaciaron todas las casas de San José, y sus habitantes, con ponchos, mantillas, chales, capas de cuello de terciopelo y en mangas de camisa acudieron presurosos a la plaza. Allí, al alzarse las nubes y asomar las montañas, al tocar el sol la cumbre de Irazú, hubo un espectáculo sorprendente.

La plaza está atestada de gente, así como la espaciosa explanada y las gradas de la catedral. En los balcones y ventanas de las casas que daban a la plaza y en los de las que hacía ella convergían, se apiñaban los espectadores. Todos estaban excitados; todos se ponían de puntillas; todos estaban impacientes, inquietos y nerviosos. ¡Había algo en el aire!

Por encima de las cabezas de la muchedumbre, en el centro de la plaza, había cuatro filas de relumbrantes aceros. Las tropas formaban un cuadro y dentro de él, veinte más arriba de las bayonetas  erectas, se erguía una horca monstruosa. Sujetos unos a otros por correas de cuero crudo o pedazos de cuerda vieja, los maderos de aquella horca eran lo bastante horribles para amedrentar al más intrépido malhechor. De la cruceta de palo colgaba un lío de ropas asquerosas; había un gorro de dormir colorado, una camiseta de franela amarilla a rayas negras y con las mangas puestas en cruz, unos calzones rotos unas botas mohosas, arrugadas y con tacones lastimosamente gastados. El gorro, las botas, la camiseta, todo estaba relleno de buscapiés, carretillas y triquitraques, dentro de los calzones había una bomba del más duro cartón, repleta de combustible. ¡Aquella era la efigie de Judas Iscariote! El simulacro del traidor estaba allí colgado al despuntar la aurora; la luz tenue y suave del alba del día de Pascua Florida se posaba sobre el gorro del dormir, a la vez que la figura giraba lentamente, dando a veces una media vuelta sobre sí misma cuando contra ella chocaba un soplo de viento da las montañas, desviándola ignominiosamente.

Tocó la corneta y un cabo descalzó salió de la fila. Erecto, impávido, con fría solemnidad se acercó a la horca llevando en la mano una larga caña en cuya punta había un poco de estopa encendida. Al acercarse a la horca cesó la algazara de la muchedumbre. Reinó una profunda encendida. Los mismos muchachos, los gamines de San José, ebrios de broma y travesura, se agruparon, conteniendo un momento el resuello. Paso a paso, midiendo con gravedad el camino, el cabo avanzaba todavía, hasta que de pronto hizo alto debajo de la cruceta de palo. Levantó la caña, tocando en ella el tacón izquierdo del malvado que estaba arriba. En un abrir y cerrar de ojos hubo una explosión espantosa. La bota voló hecha tiras, brotaron llamas del estómago, la bomba estalló convirtiendo los calzones pardos en una lluvia de harapos chamuscado, de las costillas partían cohetes zumbando, los brazos en cruz fueron arrebatados por una racha de azufre, el gorro colorado salió disparado al cielo, perdiéndose de vista, y algunos segundos después cayó hecho pavesas sobre la muestra del restaurante que estaba contiguo al cuartel: todo esto en menos de dos minutos y en medio del redoble de los tambores; de los alaridos agudísimos de los muchachos, del canto de los gallos, de los ladridos de los perros, de las risitas entre dientes de las modestas señoritas y señoras, de la cháchara de los loros, de una granizada de piedras y gritería, maldiciones y regocijo estrepitoso de militares y paisanos, clérigos, indigentes y patricios.

Cuando se hubo disipado el humo no quedó más que el esqueleto del bribón que había reventado, y como era de hierro siguió meciéndose en la extremidad de la soga hasta que derribaron la horca. Media hora después la plaza recobró su decoro, soledad y silencio.

(Fragmento)