Su Revista de Coleccion

MIÉRCOLES SANTO: Huerto de Getsemaní

Luis Dobles Segreda

 

El Miércoles Santo es día de fatigas para las gentes piadosas de mi pueblo: desde temprano llegan al atrio y esperan su turno las mujeres, los ancianos y los niños para entrar al templo. Traen sobre las cabezas, o el cuadril, cestas de bejuco.

De ellas sacan, poco a poco, con deleitosa complacencia, las frutas más grandes y más logradas de sus huertos, las aves mejor crecidas y más gordas de sus corrales, las docenas de huevos más frescos de sus nidadas.

¿Es que han vuelto los mercaderes?

Jesús un día entró en el templo y montó en ira santa, volcó las mesas de los cambistas de moneda y los bancos de los que vendían palomas y les dijo: Mi casa, casa de oración será llamada. Vosotros la habéis hecho guarida de ladrones.

¿Por qué entonces viene este pueblo cristiano cargado de mercancías, en dirección del templo?

Ellos no vienen a vender, no vienen a traficar con el estiércol del demonio. Vienen a dar porque saben que las manos que dan nunca estarán vacías.

Jesús conoció la perfidia de los Fariseos y les dijo: Hipócritas, por qué me tentáis, dadme un denario, que yo le vea. Ellos le trajeron y Él les dijo: ¿De quién es esta imagen y esta inscripción? De César, dijeron. Jesús respondió: Dad al César lo que es del césar y a Dios lo que es de Dios.

Esta fruta, que es miel cuajada por el trópico, estos huevos que son promesa oculta de nuevas alas, estos lechones gordos, que son regalos de golosos, obra son de Dios.

De envés a revés, sobre todas sus caras no hay grabada otra efigie que la de aquel, que de la nada, saca esas maravillas.

Dad a Dios lo que es de Dios, ese comercio es la primicia agradecida de quienes cosecharon porque les fue aumentada la cosecha con bendiciones del Señor.

Allí van a convertir el templo en huerto magnífico para gratificar a Dios, y, cuanto menos tienen y más pobres están, más regalan, porque es de pobres ser generoso.

Necesitan vender fruta esas mujeres para ganar su vida, pero la más bella, la más bien cuajada, no han de venderla, esa va para el Huerto del Señor.

Y huele el Huerto de Gethsemaní a fruta fresca y a miel de abeja; huele a rosas de agrestes rosedales; huele a leche y a palomas, a fe y a caridad cristiana. Es la ronda de pastores que ha movido la sandalia, sobre muchos caminos que midió su cayado. En el centro del Huerto está Jesús prosternado, con la faz puesta en tierra. Su alma está triste hasta la muerte y un sudor de sangre diluye en su cuerpo la agonía.

Padre mío, aparta de mí este cáliz, mas si es preciso que yo lo beba, hágase tu voluntad y no la mía.

En torno a la escultura, casi sensible, tendidos entre las frutas y las flores, asoman las carillas redondas de los niños del pueblo, frescos como manzanas y vestidos con largas túnicas vistosas, como las dalias campesinas.

Son los apóstoles dormidos, los Apóstoles que no pudieron velar una hora.

El reloj marca el tiempo y, de rato en rato, los que cuidan el Huerto cambian los niños que las madres ofrecen, ansiosas de logra un campo para que el suyo pueda tenderse a los pies del Maestro y finja dormir una hora, mientras finge orar la escultura.

Pecado mortal de las ficciones, era virtud angular en este doble gesto de la madera santa, casi consciente, y de la carne fresca, casi inconsciente.