Su Revista de Coleccion

Iglesia de Santa Teresita: El Señor de los prodigios


Mynor Esquivel y Sergio Barrantes

 

En el año de 1974, la comunicadora Norma Loaiza escribió que “cerca del año 1750 apareció en el país un joven peregrino que se ofreció a realizar una imagen del Cristo crucificado que fuese de madera y apta para revestir con sudarios de ricas telas el Cuerpo Sacro del Señor”.

Los vecinos le suministraron habitación y alimento al tallista o  “santero”, como se conocía en este pueblo dicho oficio, con la condición de que si la imagen satisfacía las exigencias del buen gusto, pero sobre todo, el sentimiento de devoción, entonces se le cancelaría el valor que podría costar una traída de Ecuador, o bien, de Guatemala. Si no satisfacía las demandas, solo se pagaría el valor de cinco jornales, para que pudiese así trasladarse a laborar a otra población.

Cuando el artista concluyó, era domingo, y el vecindario todo, al tañir de las campanas de la misión, se congregó frente a la casa donde estaba el escultor. En medio de la expectación, el joven empezó a descubrir —quitando un lienzo blanco— su trabajo y los concurrentes quedaron como erizados por la celeste aparición, cayeron de rodillas y con fervorosa pasión rezaron emocionados el Credo.

Terminada la oración propusieron premiarlo de generosa manera y hacer una ovación en su honor; sin embargo, este ya había desaparecido.

Ni el nombre ni su procedencia se lograron nunca conocer y los vecinos señalaron que “fue como un enviado de Nuestro Señor”, ya que solo así se podía explicar la belleza de tal obra, cuya expresión divina resaltaba dulzura y majestad revestida.

Pronto la imagen ganó centenas y, luego, miles de adeptos o devotos, y los milagros que hacía sucedían a cada instante; de allí el nombre de “Nuestro Señor de los Prodigios”.

Esta imagen, cuando está al aire libre —y es un aspecto que nadie puede explicar— derrama un curioso aroma a perfume de resinas. Los brazos tienen delicados goznes, con el propósito de poder ocupar la imagen como Yacente en el Santo Sepulcro. Esta imagen mide 1,75 metros y conserva su estructura y policromía originales. Cuenta con cuatro juegos de resplandores y coronas de espinas; tres son de plata y una de oro, así como con su cruz, hecha de cedro amargo.

No obstante, existe otra versión, y la cuenta Reymundo Méndez en su libro Lico Rodríguez, escultor de imaginería religiosa, quien señala que “esta imagen perteneció a la iglesia de San Ramón Nonato (…) y  trasladada por el Pbro. Clodoveo Hidalgo a sugerencia de su homólogo Zúñiga y se puede estimar que esta es la primera gran obra, por su tamaño, que hizo Lico Rodríguez en el año de 1860. Pues como se nota, presenta la misma inclinación del Cristo crucificado que está en Catedral Metropolitana”, añade el libro.