Su Revista de Coleccion

Escritos sobre Jesucristo

¿Qué clase de rey es Cristo?

Esta es una fiesta extraña, que irrita a los “republicanos” aunque difícilmente puede contentar a los “monárquicos”. Algo o mucho tiene que ver con ello el hecho de que el Reino de que se habla aquí no es de este mundo, aunque se manifieste y subsista en él.
Algunos pueden pensar que declarar a Cristo “rey” del universo es un anacronismo monárquico, un resabio de tiempos pasados, incluso si entendemos esta realeza en sentido más o menos metafórico. Puede que en parte sea verdad, pero si lo pensamos fríamente, declarar que Cristo es “presidente” o “primer ministro” de una cierta república, por mucho que no sea de este mundo, nos podría resultar aún más extraño (por no decir, ridículo). Y es que el título de presidente o primer ministro tiene un sentido meramente funcional y, por eso mismo, advenedizo, pasajero y temporal.
Es evidente que los presidentes que pierden el consenso popular pierden al mismo tiempo toda legitimidad y que su poder, si se mantiene, resulta inicuo. Con la institución monárquica no sucede exactamente lo mismo, al menos, tal como se ha entendido históricamente. El rey, se supone, lo es por derecho propio, su puesto conlleva una cierta naturalidad, que hace de él “soberano” (supremo, alguien que está por encima). De ahí que históricamente haya habido tantos ensayos sea de divinizar a los reyes, sea de justificar ese poder humano desde instancias religiosas.
Lo que decimos puede redoblar aún más la desconfianza hacia esta fiesta “monárquica”, considerando que hoy pocos serán los que estén de acuerdo, no ya con divinizar ningún género de poder político, sino ni siquiera con justificarlo teológicamente. Pero puede atemperar nuestra desconfianza el saber que las tendencias antimonárquicas se encuentran ya con mucha fuerza en la misma Biblia, cuando los israelitas, de manera reiterada, pedían un rey a Yahvé para ser “como todas las naciones” (Jc 8, 22; 1Sam 8, 5); esas peticiones son entendidas por Yahvé como un rechazo contra Él: “me han rechazado a mí, para que no reine sobre ellos” (1Sam 8, 7), que advierte de las consecuencias para el pueblo de la institución real: se convertirá en un pueblo de siervos y pondrá en peligro su propia experiencia religiosa, su fuerte monoteísmo, pues tenderá a divinizar el poder político, como hacían los otros pueblos, y las alianzas con éstos lo llevarán a dejarse contaminar por sus ídolos.
Aunque la monarquía (y, en consecuencia, las tendencias monárquicas) acaban triunfando en la Biblia, la experiencia religiosa e histórica de la monarquía es globalmente negativa por los motivos indicados. Y de ahí que Israel viva gran parte de su historia ansiando un nuevo David, un rey distinto de los que ha conocido, en el que se hagan por fin verdad las promesas mesiánicas que sólo muy parcialmente vieron cumplidas en David.
En realidad, el fracaso de la monarquía de Israel habla del fracaso de toda monarquía, pues, en verdad, la única forma en que hoy parece aceptable una monarquía como forma de organización política, es la monarquía constitucional, en la que el rey lo es sólo de mentirijillas, ya que la teoría política moderna (que antes que por Montesquieu o por Locke, fue definida en sus grandes rasgos por los representantes de la segunda escolástica de la Escuela de Salamanca) no acepta que nadie sea superior a nadie “por naturaleza”, o por derecho propio, de modo que la única “soberanía” admitida sea la que procede del consenso social.
Está claro, pues, que si Cristo es Rey, lo es de un modo muy distinto al que lo son los reyes de este mundo (sean constitucionales o no). Dicho lo dicho, es claro que ningún rey pasado, presente o futuro lo es en sentido propio. Cristo, en cambio, lo es en el pleno sentido de la palabra, es un verdadero rey, como él mismo confiesa ante el representante de otro rey, del más poderoso de su tiempo: del César. Y no deja de ser irónico que esta confesión se haga en una situación que pone de relieve que la realeza de Jesús es bien extraña y paradójica, que, realmente, no es de este mundo: sin ejército ni poder externo alguno; ¿cómo podrá defendernos? Sometido a juicio y condenado: ¿cómo podrá hacer justicia? Su corona es de espinas; ¿cómo, siendo así, podrá inspirar respeto y temor? Su trono es la cruz; ¿quién se inclinará ante él?
Sin embargo, precisamente estas paradojas pueden ayudarnos a entender en qué sentido es Jesús rey, y rey del universo, si bien, es claro que su reino no es de este mundo y poco tiene que ver con los poderes políticos. Jesús no posee, en cuanto rey, poderes ni boatos externos, que, precisamente por serlo, ya hablan del carácter meramente advenedizo de los mismos y, por consiguiente, de la debilidad de quien los posee. El César romano, el Secretario General del Partido o el Presidente de cualesquiera Estados son, de por sí, nada y nadie; su poder es prestado e, igual que lo han recibido, lo pueden perder. Por eso tienen que rodearse de signos externos de poder que cubran su desnudez. En Jesús no es así. Despojado de todo poder externo, Cristo tiene autoridad: un poder que brota de su misma persona. Es un poder del que puede disponer realmente, en virtud del cual puede entregar su propia vida libremente. Por eso, Jesús juzga al mundo pero no condenándolo (la condena merecida la toma él mismo sobre sí), sino perdonándolo, y reina no sobre los reinos (y las repúblicas) de este mundo, sino sobre ese poder al parecer invencible del mal y de la muerte. De ahí que su reino, que no es de este mundo, pero por medio de Cristo se manifiesta en él, dura por siempre y no tiene fin.
El poder o, mejor, la autoridad de la realeza de Jesús no establece una relación vertical y tiránica, ni siquiera meramente “representativa” con los suyos: comparte plenamente su poder con aquellos que aceptan el testimonio de la verdad y escuchan su voz, a los que ha convertido en un pueblo de reyes y sacerdotes de Dios su Padre.
La fiesta de Cristo, Rey del Universo, que cierra el año litúrgico, nos habla de la victoria final del amor y de la vida sobre el pecado y la muerte; algo que no siempre es patente en este mundo, en el que tantas veces parece que la bondad, la honestidad y la justicia no compensan y no merecen la pena. Pero Jesús, en su extraño reinado, coronado de espinas y entronizado en la cruz, testimonia que, al final, no hay fuerza mayor ni poder más grande que el del amor y el perdón, hasta la muerte; que ese reino, aunque no es de este mundo, está presente y operando ya en él, por medio de aquellos que escuchan su voz y tratan de ponerla en práctica; y que, al hacerlo, ellos mismos participan de la realeza de Cristo (invitados a tomar su cruz) y de su autoridad (el poder del amor), y se convierten en profetas, testigos del nuevo y definitivo reino, y en sacerdotes, mediadores del Dios Padre de todos.

JESUCRISTO, REY DEL HOGAR: Hoy que celebramos la Solemnidad de Cristo Rey, que sea para nosotros la gran fiesta que nos ayude a que Cristo sea nuestro Rey.

Manuel Murillo Garcia

Jesucristo es el Rey del hogar.
Y comenzamos con una anécdota de hace ya muchos años, pues se remonta a Septiembre de 1907, cuando un sacerdote peruano, el santo misionero Padre Mateo, se presentaba ante el Papa San Pío X, que estaba ante la mesa de su escritorio, entretenido en cortar las hojas de un libro nuevo que acababa de llegarle.

- ¿Qué te ha pasado, hijo mío? Me han dicho que vienes de Francia…

- Sí, Santo Padre. Vengo de la capilla de las apariciones del Sagrado Corazón a Santa Margarita María. Contraje la tuberculosis, y, desahuciado de los médicos, fui a la Capilla a pedir al Sagrado Corazón la gracia de una santa muerte. Nada más me arrodillé, sentí un estremecimiento en todo mi cuerpo. Me sentí curado de repente. Vi que el Sagrado Corazón quería algo de mí. Y he trazado mi plan.

El Papa San Pío X aparentaba escuchar distraído, sin prestar mucha atención a lo que le decía el joven sacerdote, que parecía un poco soñador.

- Santo Padre, vengo a pedir su autorización y su bendición para la empresa que quiero iniciar.

- ¿De qué se trata, pues?

- Quiero lanzarme por todo el mundo predicando una cruzada de amor. Quiero conquistar hogar por hogar para el Sagrado Corazón de Jesús.

Entronizar su imagen en todos los hogares, para que delante de ella se consagren a Él, para que ante ella le recen y le desagravien, para que Jesucristo sea el Rey de la familia. ¿Me lo permite, Santo Padre?

San Pío X era bastante bromista, y seguía cortando las hojas del libro, en aparente distracción. Ahora, sin decir palabra, mueve la cabeza con signo negativo. El Padre Mateo se extraña, y empieza a acongojarse:

- Santo Padre, pero si se trata de… ¿No me lo permite?

- ¡No, hijo mío, no!, sigue ahora el Papa, dirigiéndole una mirada escrutadora y cariñosa, y pronunciando lentamente cada palabra: ¡No te lo permito! Te lo mando, ¿entiendes?… Tienes mandato del Papa, no permiso. ¡Vete, con mi bendición!

A partir de este momento, empezaba la campaña de la Entronización del Corazón de Jesús en los hogares. Fue una llamarada que prendió en todo el mundo. Desde entonces, la imagen o el cuadro del Sagrado Corazón de Jesús ha presidido la vida de innumerables hogares cristianos. Jesucristo, el Rey de Amor, desde su imagen bendita ha acogido súplicas innumerables, ha enjugado torrentes de lágrimas y ha estimulado heroísmos sin cuento. 

¿Habrá pasado a la historia esta práctica tan bella? Sobre todo, y aunque prescindamos de la imagen del Sagrado Corazón, ¿dejará de ser Jesucristo el Rey de cada familia?…

Hoy la familia constituye la preocupación mayor de la Iglesia y de toda la sociedad en general.

Porque vemos cómo el matrimonio se tambalea, muchas veces apenas contraído.

El divorcio está a las puertas de muchas parejas todavía jóvenes.

Los hijos no encuentran en la casa el ambiente en que desarrollarse sanamente, lo mismo en el orden físico que en el intelectual y el moral.

Partimos siempre del presupuesto de que la familia es la célula primera de la sociedad. Si esa célula se deteriora viene el temido cáncer, del que de dicen que no es otra cosa sino una célula del cuerpo mal desarrollada.

Esto que pasa en el orden físico, y de ahí tantas muertes producidas por el cáncer, pasa igual en el orden social. El día en que hayamos encontrado el remedio contra esa célula que ya nace mal o ha empezado a deformarse, ese día habremos acabado con la mayor plaga moral que está asolando al mundo.

Todos queremos poner remedio a las situaciones dolorosas de la familia.

Y todos nos empeñamos cada uno con nuestro esfuerzo y con nuestra mucha voluntad en hacer que cada casa llegue a ser un pedacito de cielo.

¿Podemos soñar, desde un principio, en algún medio para evitar los males que se han echado encima de las familias?
¿Podemos soñar en un medio para atraer sobre los hogares todos los bienes?..

¡Pues, claro que sí! Nosotros no nos cansaremos de repetirlo en nuestros mensajes sobre la familia. Este medio es Jesucristo.

Empecemos por meter a Jesucristo en el hogar.
Que Cristo se sienta invitado a él como en la boda de Caná.

Que se meta en la casa con la libertad con que entraba en la de los amigos de Betania.
Que viva en ella como en propia casa, igual que en la suya de Nazaret… Pronto en ese hogar se notará la presencia del divino Huésped y Rey de sus moradores. En el seno de esa familia habrá paz, habrá amor, habrá alegría, habrá honestidad, habrá trabajo, habrá ahorro, habrá esperanza, habrá resignación en la prueba, habrá prosperidad de toda clase.

Jesucristo, Rey universal, ¿no es Rey especialmente de la Familia?… Acogido amorosamente en el hogar, con Él entrarán en la casa todos los bienes….

Hoy que celebramos la Solemnidad de Cristo Rey, que sea para nosotros la gran fiesta que nos ayude a que Cristo sea nuestro Rey.

Autor: Pedro García, Misionero Claretiano.

MANUEL MURILLO GARCIA Para ir al Blog “Solo Informatica, por Manuel Murillo Garcia”, siga este enlace: http://mmurilloinformatica.blogspot.com/  Para ir al  Blog ”MIS COSAS” http://murillomanolo.blogspot.com/

La imagen de la Divina Misericordia


1. Introducción general al tema de la Imagen de la Divina Misericordia

 

El culto a la misericordia de Dios a través de la veneración de la imagen de Jesús misericordioso  (conocida como la imagen de la Divina Misericordia)  es una de las nuevas formas de devoción transmitidas por Jesús a Santa Faustina en Polonia en la década de 1930.

 

En su Diario, Santa Faustina nos relata en detalle la historia de esta imagen, así como las revelaciones, promesas y peticiones de Nuestro Señor Jesús en torno a ella; en palabras de Jesús:  “Ofrezco a los hombres  un recipiente con el que han de venir a la Fuente de la Misericordia para recoger gracias.  Ese recipiente es esta imagen con la firma: Jesús, en Ti confío”. 

 

Destacan en el Diario las diversas oportunidades en que Jesús solicita que la imagen sea expuesta y venerada en público:  “Por medio de esta imagen colmaré a las almas de muchas gracias, por eso, que cada alma tenga acceso a ella”.

 

La solicitud de pintar y venerar la imagen se acompaña de la solicitud de la celebración de la “Fiesta de la Divina Misericordia” a realizarse todos los años el domingo siguiente al Domingo de Resurrección:  “Quiero que esta imagen que pintarás con el pincel sea bendecida con solemnidad el primer domingo después de la Pascua de Resurrección; ese domingo debe ser la Fiesta de la Misericordia.

 

Esta fiesta quedó formalmente instituida por Su Santidad Juan Pablo II en abril del Año Jubilar 2000, con motivo de la canonización de Santa Faustina.

2. Origen de la imagen: un mandato del Señor Jesús

47    22 de febrero de 1931.  Al anochecer, estando en mi celda, vi al Señor Jesús vestido con una túnica blanca.  Tenía una mano levantada para bendecir y con la otra tocaba la túnica sobre el pecho.  De la abertura de la túnica en el pecho, salían dos grandes rayos: uno rojo y otro pálido.  En silencio, atentamente miraba al Señor, mi alma estaba llena del temor, pero también de una gran alegría.  Después de un momento, Jesús me dijo:Pinta una imagen según el modelo que ves, y firma: Jesús, en Ti confío.  Deseo que esta imagen sea venerada primero en su capilla y luego en el mundo entero”.

3. Significado de la imagen

 

299  (…)  Una vez, cuando el confesor me mandó preguntar al Señor Jesús por el significado de los dos rayos que están en esta imagen; contesté que sí, que se lo preguntaría al Señor.

 

Durante la oración oí interiormente estas palabras: Los dos rayos significan la Sangre y el Agua.  El rayo pálido simboliza el Agua que justifica a las almas.  El rayo rojo simboliza la Sangre que es la vida de las almas (…)

 

Ambos rayos brotaron de las entrañas más profundas de Mi misericordia cuando Mi Corazón agonizante fue abierto en la cruz por la lanza.

 

Estos rayos protegen a las almas de la indignación de Mi Padre.  Bienaventurado quien viva a la sombra de ellos, porque no le alcanzará la justa mano de Dios.  Deseo que el primer domingo después de la Pascua de Resurrección sea la Fiesta de la Misericordia.”


JESÚS, EL CRISTO


Julio Rodríguez  Bolaños

Fotografia: Jesus Nazareno de la Candelaria, Guatemala

William Santos

www.jesusenguatemala.com

 

¿Quién es este, amado y odiado, signo de contradicción, que, en plena derrota humana en la cruz, se atreve a proclamar que todo lo atraerá hacía Él y lo demuestra, pues al tercer día resucitó y venció a la muerte?
¿Quién es este que se dice hijo de Dios, que se atreve a modificar la ley judía; manso y humilde, pero trata de zorro a Herodes, vapulea a los mercaderes del Templo, invita al suicidio a los que escandalizan a los niños y llama sepulcros blanqueados y lobos con piel de oveja a los hipócritas; compasivo y generoso con los pobres, los enfermos, los pecadores y los excluidos; enamorado de la naturaleza, de donde se extrae sus más bellas metáforas didácticas, que selecciona a su iglesia del puro pueblo; que no teme a los poderosos, que rehuye la gloria; que camina, atleta sin parar, centenares de kilómetros para proclamar la buena nueva;  que “surfea” las aguas sin tocarlas para sostener en la fe a los suyos; Barítono singular, que con voz potente domina las olas y con dulce voz fascina a los niños y atrae a la mujer pecadora; que realiza los más grandes portentos pero que suda y siente miedo en el Huerto de los Olivos, al inicio de la pasión, y sufre abandono pusilánime de sus discípulos camino del Calvario?
¿Quién es este, Yeshua, en hebreo, hijo de María, adoptado por José, el carpintero, quien vivió entre los años 6 y 7 “antes de Cristo”, y el año 30 después de Cristo, quien nació en tiempos del emperador Augusto, desplegó su vida pública en tiempos del Emperador Tiberio, siendo Herodes tetrarca de Galilea, y murió bajo el Procurador Poncio Pilatos? ¿Quién es este que rompe todos los esquemas y cuya consigna fue de hacer la voluntad de Dios, a quien solo interesaba “el Reino de Dios” y solo le importaban “Dios y los seres humanos o bien, la historia de Dios con los seres humanos?
¿Quién es este que, en 2000 años, ha llenado la historia y la Tierra, y por quien en estos días cambiamos de siglo y de milenio, pese a haber nacido en un establo y muerto en una cruz, entre malhechores? ¿Quién es este que nada escribió, de escasa biografía, anunciado en el antiguo testamento, citado por el historiador judío Flavio Josefo, al final del primer siglo. Y mencionado luego por el historiador romano Tácito y por Plinio el Joven, gobernador de Bitinia, en una carta al emperador Trajano, y a quien misteriosamente alude la hermosa cuarta égloga de Virgilio, quien canta el nacimiento de un niño para instaurar el nuevo reino de paz y justicia? ¿Quién es este que prefirió nacer en la pobreza y la oscuridad, acompañado de sus padres, de un buey y una mula, y no, en estos días, en medio de una cultura de espectáculo cuando pudo inundar de inmediato todos los medios de comunicación y hacer en pocos días lo que, fatigosamente, ha alcanzado en 2000 años?
       La Perenne Pregunta
Esta es la eterna pregunta. La misma que él dirigió, un día, a sus discípulos, camino de Cesárea: “¿Quién dice la gente soy yo? Y ellos respondieron: “Para algunos tú eres Juan el Bautista; para otros, Elías, y para otros, Jeremías o uno de los profetas”. Pero Jesús los mira de frente y los interpela sin ambages: “Y vosotros ¿quién decís que soy yo”? Simón-Pedro, el primero de los discípulos, el mismo que lo negaría tres veces, primer jefe de la Iglesia futura, responde: “Tú eres el Cristo, el hijo de Dios vivo”. Jesús clausura el examen y dice: “Bienaventurado eres, Simón, pues no ha sido la carne ni la sangre las que te han revelado esto, sino mi Padre que está en los cielos”.
Este debate lleva ya 2000 años y se prolongará hasta el fin de los tiempos. Su existencia histórica, el acontecimiento, avalado por el sincronismo con los principales personajes de su tiempo, ya no se discute. El gran debate gira alrededor del entronque de su humanidad con su divinidad, del acontecimiento con el misterio, es decir, de la unión hipostática del Jesús de la historia (el salvador, en hebreo) con el Cristo de la fe (en hebreo, el ungido, equivalente, en griego, al “Mesías”).
En esta polémica escojo como guía al filosofa francés Jean-Guitton, quien afirma que, ante todo problema cardinal, la inteligencia posee tres tipos de solución:  dos negativas, y una positiva. Desde este ángulo, la cuestión de Jesús nos plantea tres hipótesis. Una lógica ternaria.
         Tres Hipótesis
Primera hipótesis: la solución histórica o escuela crítica. Uno de sus primeros heraldos fue Renán quien, en 1862, en el anfiteatro del colegio de Francia, proclamó que Jesús fue “Un hombre incomparable”, desprovisto de divinidad. Esta escuela acepta su existencia, pero rechaza los milagros. Jesús es así un hombre extraordinario, comparable con Buda y Confucio, divinizado o transfigurado por la imaginación humana. Esto es, un hombre que fue hecho Dios por los hombres. Esta solución choca con la divinidad de Jesús. Eleva además a Jesús y rebaja a sus discípulos, a los testigos víctimas de una ilusión.
Esta hipótesis, según Anatole France, es irreal, pues es un contra sentido rechazar la resurrección y admitir la pasión. Si a Jesús se le quita la divinidad y solo se le deja su humanidad, no se logra un ser perfecto, sino equivoco, inverosímil, casi inexistente.
Segunda hipótesis: propia de la escuela mítica. Jesús es un mito, como Hércules o Apolo. Para llegar a él hubo que inventar una historia. Esta solución hace de Jesús no un hombre hecho Dios, sino, por el contrario, un Dios hecho hombre, pero por los hombres, un mito revelado. Jesús es el producto de la piedad de la gente. En esta vía se acepta la esencia del evangelio y del cristianismo, esto es, la idea de un Dios vencedor de la muerte, pero se rechaza el Jesús de Nazaret. Esta solución choca con la humanidad de Jesús. Este es el planteamiento imperante entre los discípulos Bultmann, de Hegel, y de Marx.  Muchos “cristianos” apoyan esta hipótesis a semejanza de Rousseau o Lamartine.
En estos dos planteamientos, sea Jesús, un hombre hecho Dios, o un Dios hecho hombre, por los hombres, se rechaza la veracidad histórica de los evangelios y sus testimonios. El primer planteamiento retiene a Jesús, pero desvanece su atributo esencial: la resurrección. El segundo retiene el atributo resucitado, pero desvanece al sujeto, Jesús. En estas condiciones, si Jesús no es Dios, si solo es hombre, es un impostor. Y si a Jesús se le considera solo Dios, como entonces su humanidad, sus sufrimientos resultan incomprensibles, pues Dios no puede sufrir ni morir, en cuyo caso el evangelio es una historia absurda.
La Respuesta Cristiana
La tercera es la figura clásica de la fe cristiana: Jesús existió, murió y resucitó, todo lo cual nos ha sido dado por el testimonio de los discípulos quienes prefirieron morir antes de renegar de lo que “Habían visto y oído”. Este planteamiento salva la realidad histórica de Jesús y contiene la fe en los milagros, en su divinidad, por lo que la persona y la obra de Jesús son inseparables. “La fe cristiana - dice el cardenal Ratzinger, prefecto de la  congregación para la doctrina de la fe, – no es una teoría sino un acontecimiento. Lo esencial incluso del mismo Jesucristo no es que halla divulgado unas ideas – cosas que por cierto, hizo – lo realmente importante es que yo soy cristiano porque creo que esto ha acontecido. Dios vino al mundo y ha actuado. Por tanto se trata de una acción, de una realidad, no solo de un conjunto de ideas”.
¿Quién es, entonces, Jesús para el cristiano? La fórmula completa es la siguiente: Jesús es el Cristo. Jesucristo- dice Walter Kasper, obispo católico y teólogo alemán, – no es un hombre compuesto, como por ejemplo Alejandro Vivas, sino una profesión de fe que dice: “Jesús es el Cristo”, resumen de la fe cristiana. Es decir, Jesús de Nazaret, verdadero Dios y verdadero hombre, único insustituible, es simultáneamente, el Cristo enviado por Dios, o sea, el Mesías ungido por el espíritu, la salvación del mundo, la plenitud escatológica de la historia. En Jesús, en fin, uno se las tiene que ver con Dios. Esta es la cuestión.
Frente Al Tercer Milenio
Jesús ha sido la figura central de estos 2000 años, y con él comenzamos históricamente la marcha del tercer milenio. Sabemos que ha hecho él por nosotros, pero ¿Qué hemos hecho de él, y qué haremos de él en este nuevo milenio? El mundo busca ansioso líderes, ídolos, modelos que admirar. Jesús es Dios y, además, un ser humano único y grandioso, que lo tiene todo. Lo admiramos pero no lo estudiamos ni como Dios ni como ser humano. Tampoco vivimos de sus enseñanzas.
 En fin, ¿De qué ha servido el cristianismo? Ghandi quedó fascinado por Jesús pero desconfiaba de los cristianos. La respuesta es doble: el cristianismo (el judeo-cristianismo) ha realizado en estos 2000 años, una labor incomparable. Nuestros mejores valores, nuestra cultura, la democracia y los derechos humanos, para citar solo unas muestras, abrevan en sus fuentes. Sin este binomio el mundo hubiera saltado en pedazos.
Sin embargo, el mal sigue haciendo de las suyas. Ahí está el Holocausto, el exterminio de 6 millones de judíos, el gran deshonor, por omisión, del cristianismo. Ahí están la inmensa miseria y las violaciones de los derechos humanos. No todo es culpa de los cristianos, pero, por la concreción y trascendencia de su doctrina y la grandeza de Jesús, el Cristo, el balance podría ser mucho mejor sí, en verdad como pensamiento y vida fueran, como en Jesús, una misma cosa.
El problema es que Dios adoptó un método maravilloso pero difícil: la libertad humana. Su respeto a la libertad humana es tan grande que hasta puede el hombre con ella negarlo. El progreso material y científico es lineal, mensurable, y con objeto de estadísticas. El bien, en cambio, no es cuantificable. Cada ser humano que nace reinicia la historia. La libertad, como la radioactividad, puede curar o matar, construir o destruir. Hitler y la madre Teresa fueron cristianos.
Para el cristianismo el siglo XXI y el tercer milenio entrañan un desafío de verdad-libertad y de unidad.    En un discurso en la ONU., en 1995, el Papa Juan Pablo II expresó: “Veremos que las lágrimas de este siglo han preparado el fundamento para una nueva primavera del espíritu humano”. El cristiano tiene en este nuevo capitulo de la historia un terrible compromiso, pues sabe por experiencia, que cuando el mensaje judeo-cristiano viene a menos, la barbarie irrumpe y gana la partida.
    Jesús, el Cristo, representa una buena garantía y la mejor de las opciones para evitar el cataclismo y realizar la primavera.