Su Revista de Coleccion

Semana Santa en Costa Rica

Iglesia La Dolorosa, San José: Un Nazareno de talla guatemalteca

Reportaje: Mynor Esquivel

La sacra imagen de Jesús Nazareno -en custodia de esta parroquia erigida en el año 1909 – data de mediados del siglo XIX, lapso en que se construyó una de las principales etapas del templo por parte de Hugh. G. Tonkin, . Pertenece a la escuela guatemalteca, aunque no es atribuible a algún escultor en especial

“Es una bellísima imagen en la que se define perfectísimamente los rasgos de la pasión de Nuestro Señor Jesucristo, que transmite el dolor humano y a la vez la dulzura y el amor de Dios en unos rasgos dejando entrever la gloriosa resurrección. Es una imagen que transmite dolor, pero a la vez la resignación de que su Cruz no la carga en vano” destaca el analista y escultor y analista sevillano, Salvador Madroñal.

 


Creo en la misericordia divina: Una devoción orientada a descubrir, agradecer y celebrar la infinita misericordia de Dios revelada en Jesucristo.

Manuel Murillo Garcia

Los católicos acogemos un conjunto de verdades que nos vienen de Dios. Esas verdades han quedado condensadas en el Credo. Gracias al Credo hacemos presentes, cada domingo y en muchas otras ocasiones, los contenidos más importantes de nuestra fe cristiana.

Podríamos pensar que cada vez que recitamos el Credo estamos diciendo también una especie de frase oculta, compuesta por cinco palabras: “Creo en la misericordia divina”. No se trata aquí de añadir una nueva frase a un Credo que ya tiene muchos siglos de historia, sino de valorar aún más la centralidad del perdón de Dios, de la misericordia divina, como parte de nuestra fe.

Dios es Amor, como nos recuerda san Juan (1Jn 4,8 y 4,16). Por amor creó el universo; por amor suscitó la vida; por amor ha permitido la existencia del hombre; por amor hoy me permite soñar y reír, suspirar y rezar, trabajar y tener un momento de descanso.

El amor, sin embargo, tropezó con el gran misterio del pecado. Un pecado que penetró en el mundo y que fue acompañado por el drama de la muerte (Rm 5,12). Desde entonces, la historia humana quedó herida por dolores casi infinitos: guerras e injusticias, hambres y violaciones, abusos de niños y esclavitud, infidelidades matrimoniales y desprecio a los ancianos, explotación de los obreros y asesinatos masivos por motivos raciales o ideológicos.

Una historia teñida de sangre, de pecado. Una historia que también es (mejor, que es sobre todo) el campo de la acción de un Dios que es capaz de superar el mal con la misericordia, el pecado con el perdón, la caída con la gracia, el fango con la limpieza, la sangre con el vino de bodas.

Sólo Dios puede devolver la dignidad a quienes tienen las manos y el corazón manchados por infinitas miserias, simplemente porque ama, porque su amor es más fuerte que el pecado.

Dios eligió por amor a un pueblo, Israel, como señal de su deseo de salvación universal, movido por una misericordia infinita. Envió profetas y señales de esperanza. Repitió una y otra vez que la misericordia era más fuerte que el pecado. Permitió que en la Cruz de Cristo el mal fuese derrotado, que fuese devuelto al hombre arrepentido el don de la amistad con el Padre de las misericordias.

Descubrimos así que Dios es misericordioso, capaz de olvidar el pecado, de arrojarlo lejos. “Como se alzan los cielos por encima de la tierra, así de grande es su amor para quienes le temen; tan lejos como está el oriente del ocaso aleja Él de nosotros nuestras rebeldías” (Sal 103,11-12).

La experiencia del perdón levanta al hombre herido, limpia sus heridas con aceite y vino, lo monta en su cabalgadura, lo conduce para ser curado en un mesón. Como enseñaban los Santos Padres, Jesús es el buen samaritano que toma sobre sí a la humanidad entera; que me recoge a mí, cuando estoy tirado en el camino, herido por mis faltas, para curarme, para traerme a casa.

Enseñar y predicar la misericordia divina ha sido uno de los legados que nos dejó el Papa Juan Pablo II. Especialmente en la encíclica Dives in misericordia (Dios rico en misericordia), donde explicó la relación que existe entre el pecado y la grandeza del perdón divino: “Precisamente porque existe el pecado en el mundo, al que Dios amó tanto… que le dio su Hijo unigénito, Dios, que es amor, no puede revelarse de otro modo si no es como misericordia. Esta corresponde no sólo con la verdad más profunda de ese amor que es Dios, sino también con la verdad interior del hombre y del mundo que es su patria temporal” (Dives in misericordia n. 13).

Además, el beato Juan Pablo II quiso divulgar la devoción a la divina misericordia que fue manifestada a santa Faustina Kowalska. Una devoción que está completamente orientada a descubrir, agradecer y celebrar la infinita misericordia de Dios revelada en Jesucristo. Reconocer ese amor, reconocer esa misericordia, abre el paso al cambio más profundo de cualquier corazón humano, al arrepentimiento sincero, a la confianza en ese Dios que vence el mal (siempre limitado y contingente) con la fuerza del bien y del amor omnipotente.

Creo en la misericordia divina, en el Dios que perdona y que rescata, que desciende a nuestro lado y nos purifica profundamente. Creo en el Dios que nos recuerda su amor: “Era yo, yo mismo el que tenía que limpiar tus rebeldías por amor de mí y no recordar tus pecados” (Is 43,25). Creo en el Dios que dijo en la cruz “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34), y que celebra un banquete infinito cada vez que un hijo vuelve, arrepentido, a casa (Lc 15). Creo en el Dios que, a pesar de la dureza de los hombres, a pesar de los errores de algunos bautizados, sigue presente en su Iglesia, ofrece sin cansarse su perdón, levanta a los caídos, perdona los pecados.

Creo en la misericordia divina, y doy gracias a Dios, porque es eterno su amor (Sal 106,1), porque nos ha regenerado y salvado, porque ha alejado de nosotros el pecado, porque podemos llamarnos, y ser, hijos (1Jn 3,1).

A ese Dios misericordioso le digo, desde lo más profundo de mi corazón, que sea siempre alabado y bendecido, que camine siempre a nuestro lado, que venza con su amor nuestro pecado. “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo quien, por su gran misericordia, mediante la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha reengendrado a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, inmaculada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, a quienes el poder de Dios, por medio de la fe, protege para la salvación, dispuesta ya a ser revelada en el último momento” (1Pe 1,3-5).

Autor: P. Fernando Pascual.


Sacerdocio femenino: ¿por qué se prohíbe?


Nora Garita

En la homilía del pasado Jueves Santo, el Papa Benedicto XVI rechazó el sacerdocio femenino, reconfirmando las posiciones que sostuvo hace dos años. Lo que ha cambiado desde entonces es que muchos sacerdotes europeos, en un afán de renovación de la Iglesia, no solo están de acuerdo con que haya mujeres que sean sacerdotes dentro de la Iglesia Católica, sino que han llamado a la desobediencia. Son más de trescientos en Austria y unos seiscientos en Irlanda.
Recordé un diálogo que sostuvieron en 1995 Humberto Eco y Carlo María Martini, cardenal de Milán entonces. El primero, en su calidad de intelectual, el segundo, no como vocero oficial de la Iglesia, sino en calidad de jesuita inteligente, buscando un terreno común para un diálogo posible entre laicos y católicos. Resumo algunas ideas de Eco, por haber logrado formular preguntas que muchas mujeres nos hacemos. ¿Cuáles razones existen en la doctrina católica para excluir a las mujeres del sacerdocio?, es su pregunta central. Destaca algunas argumentaciones por las cuales se podría suponer la posibilidad de paridad. Así, el noveno mandamiento dice “No desearás a la mujer de tu prójimo”. La Iglesia no ha dudado que lo que es bueno para el ganso lo es también para la gansa, entonces el mandamiento incluye también a las mujeres “No desearás al hombre de tu prójima”. Pero en lo del sacerdocio, solo vale para ellos. Al recordar que Cristo resucitado se le apareció a las mujeres, se pregunta: ¿no sería esto una indicación acerca de la equidad entre hombres y mujeres? Por último cita a Santo Tomás, cuyo argumento era que una mujer sacerdotisa podría perturbar a los feligreses hombres, y, dice Eco, lo mismo podría pensarse de un guapo sacerdote, que podría distraer a las feligresas.

 

Como no tengo claras las razones doctrinarias, de la Iglesia, me preocuparía suponer que se debe más bien a concepciones que se viven como naturales pero que no tienen asidero real, como sería suponer una superioridad masculina. El problema de estos “imaginarios” es que operan en la vida real impidiendo el desarrollo pleno de muchas mujeres. Incluso, esas concepciones tienen consecuencias extremas, como los feminicidios, muertes cuya única razón se debe al hecho de que la víctima era mujer.
La semana anterior, comentaba con mis lectores el Informe Centroamericano de Derechos Humanos, el cual da cifras de feminicidios en todos los países del área. Para citar los datos más impactantes, ejemplifico con Guatemala, en donde al feminicidio se añade la impunidad: de 2.317 feminicidios en los últimos 5 años, solo el 2% han sido resueltos, la mitad con sentencias absolutorias.

 

Otras iglesias cristianas ya ordenan sacerdotisas. De mi parte, no siento llamado interior a tan noble oficio, pero creo de justicia el derecho a la mujer que así lo quisiera. ¿Qué razones de doctrina lo impiden? Habrá que repetir la pregunta hasta escuchar razones válidas o esperar cambios deseados.

 

 

LA FE EN CRISTO RESUCITADO TRANSFORMA LA VIDA, LIBERA DEL MIEDO Y LLENA DE ESPERANZA

Ciudad del Vaticano, 11 abril 2012 (VIS).-El Santo Padre ha dedicado su catequesis de la audiencia general de hoy a explicar la transformación que la Resurrección de Jesús produjo en sus discípulos; y ha reflexionado sobre el sentido que la Pascua tiene hoy para los cristianos: la fe en el Resucitado “transforma nuestra vida, la libera del miedo, le da firme esperanza, la anima con aquéllo que da pleno sentido a la existencia, el amor de Dios”.

 

Benedicto XVI ha recordado que la tarde del día de la Resurrección, los discípulos estaban encerrados en casa, llenos de temor e incertidumbre por el recuerdo de la Pasión del Maestro. “Esta situación de angustia cambia radicalmente con la llegada de Jesús. Entra a puertas cerradas, está en medio de ellos y les da la paz que (…) se convierte para la comunidad en fuente de alegría, certeza de victoria, seguridad en el apoyarse en Dios”.

 

Después del saludo, Jesús muestra a los discípulos sus heridas, “signo de lo que ha sucedido y que nunca más se borrará: su humanidad gloriosa permanecerá ‘herida’. Este gesto tiene la finalidad de confirmar la nueva realidad de la Resurrección: el Cristo que está ahora ante los suyos es una persona real, el mismo Jesús que tres días antes fue clavado en la cruz. Y es así que, en la luz refulgente de la Pascua, en el encuentro con el Resucitado, los discípulos comprenden el sentido salvífico de su Pasión y muerte. Entonces, pasan de la tristeza y el miedo a la alegría plena”.

Jesús los saluda de nuevo: “La paz esté con vosotros”. No se trata solamente de un saludo, ha puntualizado el Papa, sino “del don que el Resucitado hace a sus amigos; y es, al mismo tiempo, una misión: esta paz, comprada por Cristo con su sangre, es para ellos y para todos, y los discípulos deberán llevarla a todo el mundo. (…) Jesús ha completado su tarea en el mundo, ahora les toca a ellos sembrar la fe en los corazones”.

 

Pero el Señor sabe que los suyos aún sienten temor. “Por eso, sopla sobre ellos y los regenera en su Espíritu; este gesto es el signo de la nueva creación. Con el don del Espíritu Santo que proviene de Cristo resucitado, comienza de hecho un mundo nuevo”.

 

En este punto, Benedicto XVI ha asegurado que “también hoy el Resucitado entra en nuestras casas y en nuestros corazones, a pesar de que a veces las puertas estén cerradas. Entra donando alegría y paz, vida y esperanza, dones que necesitamos para renacer humana y espiritualmente”. Solo Él puede acabar con las divisiones, enemistades, rencores, envidias, desconfianzas, con la indiferencia. Sólo Él puede dar sentido a la existencia de quien está cansado, triste, abatido y sin esperanza.

 

Así lo experimentaron los dos discípulos que el día de Pascua caminaban hacia Emaús, llenos de pesar por la reciente muerte de su Maestro. Jesús se acerca a ellos y los acompaña sin ser reconocido, explicándoles la Sagrada Escritura para que comprendan su misión salvífica. Más tarde piden a Jesús que se quede con ellos, y lo reconocen cuando bendice y parte el pan. “Este episodio -ha señalado el Papa- nos indica dos ‘lugares’ privilegiados donde podemos encontrar al Resucitado que transforma nuestra vida: (…) la Palabra y la Eucaristía”.

 

Los discípulos de Emaús regresan a Jerusalén para unirse a los otros, ya que “renace en ellos el entusiasmo de la fe, el amor por la comunidad, la necesidad de comunicar la buena noticia. El Maestro ha resucitado y con Él toda la vida resucita; testimoniar este acontecimiento se convierte para ellos en una necesidad ineludible”.

 

Benedicto XVI ha explicado que este tiempo pascual ha de ser para los cristianos una ocasión para volver a descubrir con alegría y entusiasmo los manantiales de la fe: “Se trata de recorrer el mismo itinerario que Jesús hizo atravesar a los discípulos de Emaús, mediante el redescubrimiento de la Palabra de Dios y la Eucaristía. El punto culminante de este camino, entonces como hoy, es la Comunión eucarística: en la Comunión, Jesús nos nutre con su Cuerpo y su Sangre para estar presente en nuestra vida, para hacernos nuevos, animados por la potencia del Espíritu Santo”.

Para terminar, el Santo Padre ha invitado a los fieles a tener fe en el Resucitado, quien “vivo y verdadero, está siempre presente entre nosotros, camina con nosotros para guiar nuestra vida”, y que “tiene el poder de dar la vida, de hacernos renacer como hijos de Dios, capaces de creer y de amar”.

 

Noticias:

SU BEATITUD EL CARDENAL IGNACE MOUSSA I DAOUD, prefecto emérito de la Congregación para las Iglesias Orientales y patriarca emérito de Antioquia de los Sirios, falleció en Roma el pasado 7 de abril a los 82 años. En el telegrama de pésame enviado a Su Beatitud Ignace Youssif III Younamm, patriarca de Antioquia de los Sirios, Benedicto XVI manifiesta su cercanía a esa iglesia patriarcal de la que el difunto fue un “pastor entregado”. El Papa recuerda también a las poblaciones de esa región que atraviesan por momentos muy difíciles. Las exequias del cardenal se celebraron ayer tarde a las 17,00 en la basílica de San Pedro.

 

EL 7 DE ABRIL SE PUBLICO LA CARTA POR LA QUE EL SANTO PADRE nombra al cardenal Marc Ouellet, P.S.S prefecto de la Congregación para los Obispos, su enviado especial a la ceremonia de apertura de la peregrinación a la “Sagrada Túnica” en el V centenario de su ostensión pública que tendrá lugar en la catedral de Trier (Alemania) el 13 de abril. Acompañarán al cardenal los canónigos del capítulo catedralicio de Trier, monseñor Rainer Scherschel y el reverendo Reinhold Bohlen.

 

BENEDICTO XVI HA ENVIADO UN TELEGRAMA DE PESAME al arzobispo Roberto Octavio González Nieves, O.F.M., de San Juan de Puerto Rico (Puerto Rico), con motivo del fallecimiento, ayer 10 de abril, a los 89 años de edad, del cardenal Luis Aponte Martínez, arzobispo emérito de esa sede. En el texto el Santo Padre subraya que el purpurado participó en el Concilio Vaticano II e implantó “en esa iglesia particular sus disposiciones”. También “testimonió su gran amor a Dios y a la Iglesia, así como su gran dedicación a la causa del Evangelio”.

 

EL SACERDOTE CUBANO FÉLIX VARELA ES DECLARADO VENERABLE

(Romereports.com10 de Abril, 2012) El sacerdote cubano Félix Varela ha sido declarado “venerable” por Benedicto XVI. La aprobación la anunció el cardenal de Nueva York, Timothy Dolan, el domingo de Pascua. Félix Varela fue un sacerdote cubano que trabajó por la independencia del país y la mejora educativa a principios del siglo XIX.

 

 

AMERICA/URUGUAY – Los Obispos reunidos en Asamblea plenaria: entre los temas principales el Año de la Fe y el Sínodo

Florida (Agencia Fides) – Hoy, 11 de abril, en Florida, comienza la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal del Uruguay. Según la información que la Agencia Fides ha recibido de la Conferencia Episcopal misma, los trabajos iniciaran con un retiro de medio día, guiado por Su Exc. Mons. Roberto Cáceres, Obispo Emérito de Melo, que este año celebra sus bodas de oro de episcopado. También está prevista la visita del Nuncio Apostólico, Su Exc. Mons. Anselmo Guido Pecorari, y la presentación de informes y propuestas por parte de los distintos departamentos y comisiones de la Conferencia Episcopal.

 

Entre los temas que despiertan la mayor atención de los Obispos, se encuentra el Año de la Fe, que comenzará el próximo 11 de octubre, y el Sínodo de los Obispos, que se celebrará en el Vaticano, durante el mismo mes de octubre, sobre el tema de la Nueva Evangelización. Durante la Asamblea, la Conferencia Episcopal preparará la programación del Año de la Fe y también se ocupará de realizar la contribución que será presentada en el Sínodo por el delegado de la Iglesia de Uruguay, Su Exc. Mons. Milton Tróccoli, Obispo Auxiliar de Montevideo. (SL) (Agencia Fides 11/04/2012)

 


Resucitó Cristo, mi esperanza! Si Jesús ha resucitado, entonces – y sólo entonces- ha ocurrido algo realmente nuevo, que cambia la condición del hombre y del mundo.

Manuel Murillo Garcia


Mensaje pascual, Domingo de Resurrección, de SS Benedetto XVI, 8 abril 2012


Queridos hermanos y hermanas de Roma y del mundo entero:

Resucitó Cristo, mi esperanza (Secuencia pascual).

Llegue a todos vosotros la voz exultante de la Iglesia, con las palabras que el antiguo himno pone en labios de María Magdalena, la primera en encontrar en la maña de Pascua a Jesús resucitado. Ella corrió hacia los otros discípulos y, con el corazón sobrecogido, les anunció: He visto al Señor»(Jn 20,18). También nosotros, que hemos atravesado el desierto de la Cuaresma y los días dolorosos de la Pasión, hoy abrimos las puertas al grito de victoria:

¡Ha resucitado! ¡Ha resucitado verdaderamente!.

Todo cristiano revive la experiencia de María Magdalena. Es un encuentro que cambia la vida: el encuentro con un hombre único, que nos hace sentir toda la bondad y la verdad de Dios, que nos libra del mal, no de un modo superficial, momentáneo, sino que nos libra de él radicalmente, nos cura completamente y nos devuelve nuestra dignidad.

He aquí porqué la Magdalena llama a Jesús mi esperanza:porque ha sido Él quien la ha hecho renacer, le ha dado un futuro nuevo, una existencia buena, libre del mal. «Cristo, mi esperanza», significa que cada deseo mío de bien encuentra en Él una posibilidad real: con Él puedo esperar que mi vida sea buena y sea plena, eterna, porque es Dios mismo que se ha hecho cercano hasta entrar en nuestra humanidad.

Pero María Magdalena, como los otros discípulos, han tenido que ver a Jesús rechazado por los jefes del pueblo, capturado, flagelado, condenado a muerte y crucificado. Debe haber sido insoportable ver la Bondad en persona sometida a la maldad humana, la Verdad escarnecida por la mentira, la Misericordia injuriada por la venganza.

Con la muerte de Jesús, parecía fracasar la esperanza de cuantos confiaron en Él. Pero aquella fe nunca dejó de faltar completamente: sobre todo en el corazón de la Virgen María, la madre de Jesús, la llama quedó encendida con viveza también en la oscuridad de la noche.

En este mundo, la esperanza no puede dejar de hacer cuentas con la dureza del mal. No es solamente el muro de la muerte lo que la obstaculiza, sino más aún las puntas aguzadas de la envidia y el orgullo, de la mentira y de la violencia. Jesús ha pasado por esta trama mortal, para abrirnos el paso hacia el reino de la vida. Hubo un momento en el que Jesús aparecía derrotado: las tinieblas habían invadido la tierra, el silencio de Dios era total, la esperanza una palabra que ya parecía vana.

Y he aquí que, al alba del día después del sábado, se encuentra el sepulcro vacío. Después, Jesús se manifiesta a la Magdalena, a las otras mujeres, a los discípulos. La fe renace más viva y más fuerte que nunca, ya invencible, porque fundada en una experiencia decisiva:

Lucharon vida y muerte / en singular batalla, / y, muerto el que es Vida, triunfante se levanta». Las señales de la resurrección testimonian la victoria de la vida sobre la muerte, del amor sobre el odio, de la misericordia sobre la venganza: Mi Señor glorioso, / la tumba abandonada, / los ángeles testigos, / sudarios y mortaja.

Queridos hermanos y hermanas: si Jesús ha resucitado, entonces – y sólo entonces – ha ocurrido algo realmente nuevo, que cambia la condición del hombre y del mundo. Entonces Él, Jesús, es alguien del que podemos fiarnos de modo absoluto, y no solamente confiar en su mensaje, sino precisamente en Él, porque el resucitado no pertenece al pasado, sino que está presente hoy, vivo.

Cristo es esperanza y consuelo de modo particular para las comunidades cristianas que más pruebas padecen a causa de la fe, por discriminaciones y persecuciones.

Y está presente como fuerza de esperanza a través de su Iglesia, cercano a cada situación humana de sufrimiento e injusticia.

[...]

¡Feliz Pascua a todos!

Autor: SS Benedicto XVI.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


¡Todo empieza de nuevo, Cristo ha resucitado! ¡Alegría de Cristo resucitado! ¡Alégrese toda la tierra! ¡Alégrate tú, Cristo te ha salvado!

Manuel Murillo Garcia

Vamos a hacer de esta reflexión una contemplación de la experiencia que Pedro tiene sobre la resurrección de Cristo. Dice el Evangelio: “Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Nathanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos”.


Recordemos que Cristo ha resucitado. Todos han sido testigos: ha estado con ellos, les ha hablado y les ha prometido que dejaba al Espíritu Santo, han visto el milagro de Tomás; sin embargo, la soledad vuelve a rodearles.
“Simón Pedro les dice: “Voy a pescar. Le contestan ellos: También nosotros vamos contigo. Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada”. Los apóstoles estaban solos respecto a Cristo, solos respecto a su oficio de pescadores. ¡Y de pronto sucede algo que ellos no esperaban!

Una de las características de las apariciones de Cristo es la gratuidad. Cristo no se aparece para dar gusto a nadie. Cristo mantiene en sus apariciones una gratuidad. “Me aparezco cuando quiero, porque yo quiero”. Con lo que Él nos vuelve a manifestar que Él es el verdadero Señor de la existencia.

“Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era él. Díeles Jesús: Muchachos, ¿no tenéis pescado?” ¡Imagínense cómo le contestarían…, después de toda la noche trabajando se habían acercado a la orilla, y un señor imprudente les pregunta si no tienen pescado! Y Él les dice: “Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis”. Echan la red y resulta que ya no la pueden arrastrar por la abundancia de peces. ¿Qué sentirían?

“El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: Es el Señor”. De nuevo se repiten las mismísimas situaciones al primer encuentro con Jesús: Un día, después de pescar infructuosamente, todos en la barca regresan. Los experimentados han fracasado, y un novato les dice que echen ahí las redes, que ahí hay peces. La echan y efectivamente la red se llena.

¡Cuántas cosas semejantes al primer amor! Juan no lo narra, lo narran los otros evangelistas, pero sabe al primer encuentro. Y Juan, que ama y es amado, dice: “Es el Señor”. Reconoce los detalles del inicio de la vocación. Es como si Cristo buscase dar marcha atrás al tiempo para decir: “Todo empieza de nuevo, sois verdaderamente hombres nuevos”, como en el primer momento, como en el primer instante. Como que el primer amor vuelve a surgir desde el fondo de nosotros mismos para recordarnos que somos llamados por Cristo.

Juan, en la fe y en el amor, reconoce al Señor, y Pedro sin pensar dos veces, se lanza de nuevo hacia Él. Ya no es el Pedro del principio de este Evangelio: amargado, triste, enojado. Es un Pedro que ha oído: “Es el Señor”; y se lanza al agua. Y después viene toda esa hermosísima escena de la comida con Cristo, en la que el Señor produce de nuevo la posibilidad de comunión con Él, en amistad, en cercanía y en abundancia. “Siendo tantos los peces, no se rompió la red”.

Todo esto va preparando la experiencia de Pedro con Cristo. Hay ciertos temas que Pedro no ha tocado aún, hay ciertas situaciones que Pedro no se ha atrevido a señalar. Hay un aspecto que Pedro, aun estando con Cristo resucitado, no ha resuelto todavía: la noche del Jueves Santo; la negación de Pedro. Es un tema que Pedro tiene encerrado en un closet con siete llaves. Tan es así, que Pedro se lanza al aguan como diciendo: “aquí no ha pasado nada, yo vuelvo a ser el primero”. Y Cristo dice: “traed los peces”. Y Pedro es el primero en ir a buscarlos. Como si a base de estos gestos uno quisiese tapar aquellas cosas que no nos gustan que los demás vean.

Y continúa el Evangelio diciendo: “Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan ¿me amas?”.Cristo vuelve a preguntar por el amor. “[...] Apacienta a mis ovejas.” Cristo confirma a Pedro su misión.

Y este amor que Cristo nos propone, es un amor nuevo. No es el amor de antes, no es el amor de aquella jornada junto al lago en la que Cristo les pregunta: “¿Quién soy yo para vosotros?”, y Pedro responde: “eres el Hijo de Dios.” No es el amor de la sinagoga de Cafarnaúm cuando Cristo les dice: “¿También vosotros queréis marcharos?”, y responde Pedro: “Señor, ¿a dónde iremos?” No es el amor del jueves por la tarde, cuando Cristo le dice: “Uno de vosotros me va a entregar”, y Pedro salta. Cristo le dice: ¿Sabes qué? Tú me vas a negar tres veces. Y Pedro, explotando, dice: Yo antes daré mi vida que negarte a ti.

No es ese amor, no es el amor antiguo, el amor que nace de la propia decisión, el amor que nace, como un río, del propio corazón. Es el amor que, como lluvia, Cristo deposita sobre el desierto del alma de Pedro. Es el amor que se derrama sobre el alma, un amor que ya no procede de mi certeza, de mi convicción, de mi inteligencia, de mis pruebas, de mi tecnicismo; es el amor que nace sólo del apoyo que Cristo da a mi vida. Y ese amor es el amor que me va a hacer superar la debilidad para ponerme de nuevo en el seguimiento del Señor. No es el amor que nace de mí, sino el amor que viene de Él.

“En verdad, en verdad te digo, cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas a donde querías; pero cuando llegues a viejo extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará a donde tú no quieras.” Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: Sígueme.

Y Pedro ve a Juan y le dice a Jesús; “Señor, y éste ¿qué?” Y Jesús le responde: “Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa? Tú, sígueme”. Con esto Jesús le está diciendo: Olvídate de tu alrededor, deja de lado todos los otros apoyos que hasta ahora has tenido; tú, sígueme.

La resurrección, por sí misma, no es una garantía de nuestra proyección y lanzamiento con corazones resucitados. Habiendo sido testigos, nuestra vida puede continuar igual, sin transformaciones reales. Y esto lo vemos cada uno de nosotros en nuestra vida constantemente. Somos testigos de tantas cosas, y a lo mejor nuestra vida sigue igual.

La resurrección, el hecho de que veamos a Cristo, de que experimentemos a Cristo resucitado, la alegría de Cristo resucitado, a lo mejor, lo único que hace es dejar nuestra vida un poco más tranquila, pero no renovada. Sobre nuestra vida puede proyectarse la sombra del pasado o la incertidumbre del futuro. Nuestra vida puede seguir aferrada a antiguas certezas, a los criterios que nos han servido de brújula durante mucho tiempo.

Es bonito que Cristo haya resucitado, pero repasemos nuestra vida para ver cuántas veces pensamos que no nos sirve de mucho y que en el fondo hasta es mejor que las cosas sigan como están. Pedro no parece tener todavía una conciencia plena de lo que significa la resurrección de Jesucristo: lo vemos apegado a sus antiguos hábitos. Pedro sigue siendo el mismo, nada más que ahora se siente más solo, porque casi lo único que ha sacado en claro es la debilidad de su amor. Después de tres años, para Pedro lo único que prácticamente hay claro es que su amor es sumamente débil. Pedro se ha dado cuenta de que puede fallar mucho y de que no sabe ser roca para los demás. Junto a todas las cosas de que ha sido testigo tras la resurrección de Cristo, en el corazón de Pedro hay algo que pesa: la pena, el fracaso para con quien él más ama.

Esto es como una herida tremenda en el corazón de Pedro, que ni el Domingo de Resurrección, ni las otras apariciones han sido capaces de curar, de limpiar, de purificar. A pasar de todos sus esfuerzo -cuando le dice María Magdalena: “ahí está el Señor”, y corre; le dice Juan: “es el Señor”, y se lanza al agua-, el corazón de Pedro tiene una experiencia de profunda tristeza. Él sabe que es muy débil, más aún, nada le garantiza que no lo volvería a hacer, y casi prefiere ni pensar.

Quizá nosotros, después de esta Cuaresma en la que hemos ido recogiendo, como un odre, todas las gracias, todos los propósitos de transformación, todas las necesidades de cambio, todas las ilusiones de proyección, todavía podríamos tener un peso en nuestra alma: el saber que somos débiles, que nada nos garantiza que no volveríamos al estado anterior. Y, la verdad, se está muy a gusto pensando en la resurrección, mejor que pensar en esto.

La resurrección por sí misma no es garantía; pero, si queremos dar un paso adelante, nos daremos cuenta de que Cristo a Pedro lo renueva en el amor y en la misión. El diálogo en la playa entre Cristo y Pedro es un diálogo de renovación en el amor. Pedro amaba a Cristo, y desde el primer momento en que Cristo le pregunta: “Simón, hijo de Juan”,(ya no le dice Pedro) me amas más que éstos?” Le dice él: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Esa certeza, el amor a Cristo, Pedro la tiene clavadísima en su alma.
Pedro, después de tres veces de preguntarle Cristo sobre el amor de su alma, se da cuenta de que, muy posiblemente, ese triple amor está curando una triple negación. Pedro constata que su amor se había quedado enredado en las tres veces que dijo: “No conozco a este hombre”. 

Cuando lo negó por tres veces, sus palabras, sus miedos encadenaron el amor vigoroso de Pedro. Y cuando Cristo sale al patio y lo mira, esa mirada hizo que Pedro se diera cuenta de las cadenas que él había echado.

Y Cristo como que quiere retomar la escena. Y así como retoma la escena de la vocación de ese primer momento, Cristo retoma la escena de la negación, como si Cristo le dijera a Pedro: ¿dónde estás?, ¿dónde te quedaste?, ¿te quedaste en el Jueves Santo?; vamos a volver ahí.

Y Cristo renueva el diálogo con Pedro donde se había quedado, y Cristo renueva su amor a Pedro y el amor de Pedro hacia Él, donde se había quedado atorado, en el jueves por la noche.

Cristo nos enseña que amarle en libertad significa ser capaces de mirar de frente nuestras debilidades, de volver a recorrer con Él los caminos que por miedo no nos atrevemos a cruzar.

Quizá, cada uno de nosotros tenga un jueves por la noche; quizá, cada uno de nosotros tenga una criada, una hoguera, unos soldados y un gallo que canta. Y Cristo, con amor, nos enseña a mirar de frente esa negación para que ya no nos atoremos ahí: “Si un día me dijiste no, camina ahora conmigo”.

El día que Pedro negó a Jesucristo, a lo que Pedro le tuvo miedo fue a morir por Cristo, a morir con Cristo. Pedro sabía que si decía que era discípulo del Señor, le podían echar mano y llevarlo al calabozo. Pero el amor de Cristo retoma a Pedro y se lo lleva, purificándolo hasta anunciarle que él también un día va a morir por Él. “Cuando eras joven te ceñías tú mismo, cuando seas viejo extenderás los brazos, otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras”. Y luego añadió: “Sígueme”.

Cristo nos renueva con su amor para que atravesemos ese tramo de nuestra vida en el que el miedo a morir con Él, el miedo a entregarnos a Él nos dejó atorados. Ese tramo de nuestra vida en el que todavía nosotros no hemos atrevido a poner nuestros pies porque sabemos que significa extender las manos y ser crucificados.

Cristo no le pregunta a Pedro: “¿me vas a volver a negar?” Sino que le pregunta: “¿me amas?”. A Cristo le interesa el amor. Sólo el amor construye, porque sólo el amor repara, une, sana y da vida. El amor renovado, el amor resucitado es el lazo que Cristo vuelve a lanzar a Pedro. El amor capaz de pasar a través de la propia experiencia, ese amor que es capaz de pasar por lo que uno una vez hizo y preferiría no haber hecho, y guarda su conciencia; ese amor que es capaz de pasar por el propio pasado, por la imagen que yo hubiera podido forjarme de mí mismo. Ese amor es el inicio que reconstruye un corazón cansado, porque este amor ya no se apoya en nosotros, sino en Cristo.

«Sígueme», no te sigas a ti mismo, no sigas tus convicciones, tus gustos, tus ideas. Este amor ya no se apoya en ti; es el amor que proviene de Cristo, el amor que nace de Dios. Dirá San Juan: “Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama, no ha conocido a Dios porque Dios es amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene, en que Dios envió al mundo a su Hijo Único, para que vivamos por medio de Él. En esto consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero y nos envió a su Hijo como propiciación para nuestros pecados. Si Dios nos amó de esta manera, también nosotros nos debemos amarnos unos a otros”.

La experiencia de Pedro es la experiencia de un amor renovado. Pero al mismo tiempo, la experiencia que Pedro tiene de Cristo resucitado, es un amor que no se puede quedar encerrado, es un amor que se hace misión. Es un amor que renueva la misión de apóstoles que nos ha sido dada; es un amor que, en nuestro caso, renueva el vínculo con la misión evangelizadora de la Iglesia, renueva el compromiso cristiano a que fuimos llamados al ser bautizados. No es un amor que se queda en un cofre guardado, es un amor que se invierte, es un amor que se reditúa, es un amor que se expande. Y este amor es un amor que no teme; no teme a la cruz que significa la misma misión, porque va acompañado de Cristo que me dice: “Sígueme”.

Autor: P. Cipriano Sánchez LC.


LOS SUFRIMIENTOS MENTALES DE NUESTRO SEÑOR EN SU PASION

John H. Newman, Discursos sobre la fe, Patmos, col. Neblí, 1981, pp. 315-330

Mynor Esquivel

Donovan Viales

Andrés González

 Colaboraron en esta nota: Tatianna Quirós, Mariana  Reyes y Andrea Monge


Su pasión fue en realidad una acción

 

Cualquier página en la historia de nuestro Señor y Salvador es de una insondable profundidad, y proporciona consideraciones inagotables para la contemplación. Todo lo que al Señor se refiere es infinito, y lo que observamos en una primera mirada es sólo la superficie de algo que comienza y termina en la eternidad.

Sería presuntuoso en alguien que no fuera un santo o un doctor de la Iglesia comentar las palabras y acciones de Jesús, salvo que lo hiciese a modo de meditación. Pero la meditación y la oración mental representan una necesidad tan notoria para todos los cristianos que deseen nutrir su fe y amor hacia Él, que nos será permitido, hermanos míos, bajo la guía de hombres santos que lo han hecho antes que nosotros, fijar la atención y extendernos en asuntos más propios de adorar que de investigar.

Ciertas épocas del año, además, y especialmente ésta (1), nos invitan a considerar de cerca y con el mayor detalle posible los más sagrados aspectos de la historia evangélica. Prefiero aparecer como inhábil u oficioso en el tratamiento de estos temas, a que se me juzgue indiferente respecto a un tiempo litúrgico tan importante. Me dispongo por tanto, en obediencia a los usos religiosos de la Iglesia, a dirigir vuestros pensamientos hacia los padecimientos que nuestro Señor experimentó en su alma inocente.

Jesucristo, primogénito del dolor

Sabéis que nuestro Salvador, aunque era Dios, era perfecto hombre, y que poseía no solamente un cuerpo sino también un alma como la nuestra, aunque libre de toda falta. No tomó un cuerpo sin alma, pues tal cosa no habría sido hacerse hombre. ¿Cómo habría santificado nuestra naturaleza si hubiera tomado un ser que no era el nuestro? Un hombre sin alma se encuentra al nivel de los animales, pero nuestro Señor vino a salvar a una raza capaz de alabarle y obedecerle, una raza en posesión de la inmortalidad, y sin embargo desposeída de su esperanza de vida eterna.

El hombre fue creado a imagen de Dios, y esta imagen se refleja en su alma. Por eso cuando su Creador, por inefable condescendencia, vino en naturaleza humana, asumió un alma con el fin de tomar un cuerpo. Asumió primero el alma como medio de unión con el cuerpo. Tomó ambos a la vez, pero en primer lugar – por así decirlo – el alma, y luego el cuerpo. Creó por Sí mismo el alma que iba a asumir, y tomó el cuerpo de las entrañas de su Madre, la Santísima Virgen. Nació por tanto hombre perfecto con cuerpo y alma, y así como tomó un cuerpo de carne y hueso, capaz de admitir heridas, de sufrir y de morir, asumió también un alma igualmente sometida al dolor y a las penas propias del espíritu humano; y padeció su pasión redentora en el alma tanto como en el cuerpo.

A medida que discurren estos solemnes días se nos invitará a considerar los sufrimientos del Señor en su cuerpo, el prendimiento, los golpes y heridas, los azotes, la corona de espinas, los clavos y la cruz. Se resumen todos en el crucifijo mismo que se muestra a nuestros ojos. Se representan todos a un tiempo en el sagrado cuerpo que cuelga de la Cruz, y esta imagen facilita la meditación.

Pero los padecimientos del alma de Cristo no se nos pueden materializar, y tampoco es posible examinarlos debidamente. Se encuentran más allá del pensamiento y del sentido, y sin embargo precedieron a los dolores físicos. La agonía, que es un dolor del alma y no del cuerpo, constituyó el acto primero de su tremendo sacrificio. «Mi alma está triste hasta la muerte», dijo el Señor (cfr. Mt XXVI, 36). Si sufrió en el cuerpo, era en el alma donde en realidad sufría, pues el cuerpo no hacía sino conducir la aflicción a la verdadera sede espiritual de ésta.

Naturaleza del dolor humano 

Digo por tanto que no era el cuerpo lo que sufría, sino más bien el alma en el cuerpo: fue el alma, mucho más que el cuerpo, el centro de los dolores del Verbo eterno. Advertid que no hay auténtico sufrimiento, aunque exista un dolor aparente, cuando no hay sensibilidad interior o un espíritu que reciba ese dolor. Un árbol, por ejemplo, vive, crece y decae; puede ser herido y maltratado; sangra y muere; pero no sufre, porque no existe una mente en su interior. Sin embargo, allí donde se encuentra este principio inmaterial es posible el dolor, que será más intenso según la perfección del principio. Si no tuviéramos espíritu, sentiríamos lo mismo que un árbol. Si no tuviéramos alma, experimentaríamos el dolor al estilo de los animales. Pero somos hombres, y sentimos el dolor de una manera que sólo conocen los seres dotados de alma.

Los seres vivos sienten más o menos según la medida de espíritu que se contiene en ellos. Los brutos sienten mucho menos que el hombre, porque no pueden pensar en lo que sienten. No poseen advertencia o conciencia directa de sus sufrimientos. Esto es precisamente lo que hace tan costoso el dolor: que no podemos evitar pensar en él mientras sufrimos. Se halla ante nosotros, domina nuestra mente, y mantiene nuestros pensamientos clavados en él. Todo lo que logra apartar nuestra atención del dolor lo mitiga. Por eso los amigos intentan distraernos cuando sufrimos. Lo consiguen a veces cuando el dolor es ligero, de modo que, a pesar de sufrir, nos encontramos como sin dolor. 

Sucede en efecto frecuentemente que, en el curso de un esfuerzo violento, muchas personas reciben cortaduras y golpes considerables, de los que apenas conservan recuerdo. En peleas o batallas se sufren heridas que, a causa de la excitación del momento, sólo más tarde se advierten por los combatientes no tanto por el dolor al tiempo de recibirlas como por la consiguiente pérdida de sangre.

Apliquemos ahora estas consideraciones a los sufrimientos del Señor, después de hacer una última observación. Una solo sacudida de dolor no suele resultar insoportable: el dolor se hace intolerable cuando es continuo. Decimos a veces que no podemos soportar más, y los enfermos querrían sujetar la mano del cirujano que les causa un insistente sufrimiento. Piensan que ya han resistido todo lo que podían, como si la continuidad y no la insistencia fuera para ellos lo irresistible.

Esto significa que la memoria de los precedentes mementos dolorosos actúa sobre el dolor que sigue y lo va acercando a un límite. Si el tercero o cuarto o vigésimo momento de dolor pudiera tomarse aislado, y si la sucesión de los momentos anteriores pudiera olvidarse, cada momento no añadiría nada al primero y sería tan tolerable como éste. Pero lo que le convierte en insoportable es precisamente el hecho de ser el momento vigésimo, es decir, el hecho de que el primero, segundo, tercero, y todos hasta el decimonoveno se concentran o acumulan en el vigésimo, de modo que cada momento adicional contiene todo el peso, progresivamente incrementado, de todos los momentos precedentes.

Por eso, repito, los animales parecen sentir tan escasamente el dolor, porque no tienen facultad de reflexión o de autoconciencia. No saben que existen. No se contemplan a sí mismos. No miran hacia atrás ni hacia delante. Cualquier momento es para ellos igual a cualquier otro. Se mueven sobre la faz de la tierra, ven esto y aquello, experimentan placer y dolor, pero reciben las cosas tal como les llegan y luego las dejan ir de nuevo, como nos ocurre a los hombres en el sueño.

Los animales tienen memoria, pero no es la de un ser intelectual. No son capaces de relacionar nada, ni hacen propia o individual cosa alguna de entre las sensaciones particulares que reciben. Nada es realidad o tiene una sustancia para ellos, más allá de estas sensaciones. Sienten únicamente un número determinado de impresiones sucesivas. Su sentido del dolor es, como los demás sentidos, débil y monótono, a pesar de las manifestaciones exteriores que pueda adoptar. Es la captación intelectual del dolor, como un todo que se difunde a través de momentos sucesivos, lo que le otorga su especial poder e intensidad, y solamente el alma, que no existe en los animales, es capaz de semejante comprehensión.

 

Intensidad espiritual de los dolores de Cristo

Traslademos ahora todo esto a los padecimientos de nuestro Señor. ¿Recordáis el ofrecimiento de vino mezclado con mirra que le hicieron cuando estaba en la Cruz? El no quiso tomarlo, porque aquella bebida habría embotado su mente, y El deseaba recibir el dolor en toda su intensidad y amargura. Veis por tanto el carácter de sus padecimientos. Habría querido evitarlos si tal hubiera sido la voluntad del Padre. «Si es posible —dice— pase de mí este cáliz» (cfr. Lc XXII, 42), pero dado que no era posible, advierte serena y decididamente al Apóstol que buscaba librarle del dolor: «¿Acaso no he de beber el cáliz que mi Padre me ha preparado?» (cfr. Io XVIII, 11).

Como había de sufrir, se entregó al sufrimiento. No vino a padecer lo menos posible. No se apartó de los dolores. Más bien, les hizo frente, los apuró, de modo que cada porción dolorosa dejara su entera huella sobre El. Así como los hombres son superiores a los animales y experimentan el dolor mucho más que ellos a causa del espíritu que da una sustancia a los padecimientos, ignorada por los seres irracionales, de igual manera nuestro Señor sintió el dolor físico con una advertencia y un conocimiento, con una intensidad , agudeza y unidad de percepción, que ninguno de nosotros puede medir o imaginar. Porque el Señor disponía absolutamente de su alma, estaba libre de toda influencia de distracciones, concentrado plenamente sobre el dolor y entregado sin reservas a él. Por eso cabe decir que sufrió entera toda su pasión en cada momento de ella.

Recordad que el Señor se diferencia de nosotros en que, siendo hombre perfecto, poseía sin embargo un poder mayor que su alma, puesto que era Dios. El alma de otros hombres está sujeta a sus propios deseos, sentimientos, impulsos y pasiones. La del Señor se sometía simplemente a su eterna y divina Persona. Nada ocurría a su alma por casualidad o de repente. Nada le cogía de sorpresa, o le afectaba sin una cierta anticipación de su propia voluntad.

Nunca se entristeció, experimentó temor, o se alegró en el espíritu sin desear primero entristecerse, temer, o estar alegre. Cuando nosotros sufrimos se debe a que agentes externos y emociones que no controlamos nos infligen dolor. Nos vemos sometidos involuntariamente a la disciplina del sufrimiento, padecemos en mayor o menor medida según las circunstancias, ejercitamos más o menos la paciencia en medio de las penas conforme al estado de ánimo, y hacemos siempre lo posible para aliviar nuestros dolores. No somos capaces de prever nuestros padecimientos, ni sabemos expresar, después de haberlos sufrido, las características de nuestra sensibilidad, o las razones por las que no sobrellevamos mejor los dolores.

El caso de nuestro Señor era muy distinto. Su divina Persona no se hallaba sometida a la influencia de sus sentimientos humanos, excepto en la medida deseada por El. Cuando quería temer, temía. Cuando optaba por la ira, se mostraba iracundo. Cuando deseaba dolerse, se dolía. No estaba sujeto a emociones desordenadas, y dejaba entrar voluntariamente en su espíritu las influencias que le movían. Consiguientemente, al decidir el sufrimiento de su pasión vicaria hizo las cosas a fondo, como escribe el Sabio, es decir,instanter (cfr. Eccles IX, 10), «seriamente», con todo su poder. No hizo nada a medias. No apartó su mente del dolor, como hacemos nosotros. No dijo una cosa, para retirarla luego. Habló y actuó en consecuencia. Dijo: «He aquí que vengo, oh Dios, a cumplir tu Voluntad; no has querido sacrificios ni ofrendas, sino que me has preparado un cuerpo» (cfr. Hebr X, 9). Asumió un cuerpo para poder sufrir. Se hizo hombre para sufrir como hombre, y cuando llegó su hora, la hora de las tinieblas en la que el pecado pudo descargar sobre El su entera malignidad, se entregó a Sí mismo por completo, como un holocausto.

La Pasión activa de Cristo

Así como todo su cuerpo se extendió sobre la Cruz, también el total de su alma se puso en manos de los verdugos, es decir, su advertencia y conciencia, una mente despierta y unos sentidos agudos, una activa y viviente cooperación, una presente y absoluta intención, en ningún caso una simple permisión o un sometimiento pasivo. Su pasión fue en realidad una acción. Vivía intensísimamente mientras languidecía, desmayaba y moría. Murió por un acto de su voluntad, pues inclinó su cabeza en señal de mandato y de resignación al mismo tiempo, y exclamó: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (cfr. lc XXIII, 46). Jesús entregó su vida, no la perdió.

 

Veis entonces que si el Señor hubiera sufrido solamente en el cuerpo, y no hubiera padecido tanto como otros hombres, habría experimentado, sin embargo, un dolor extraordinariamente más agudo, puesto que el dolor de la persona se mide por su capacidad de sentirlo. Dios era quien sufría. Dios sufría en su naturaleza humana. Los sufrimientos pertenecían a Dios y eran sumidos, eran apurados, hasta el fondo del cáliz porque Dios los tomaba. No eran simplemente gustados o sorbidos de modo ligero e incompleto. No eran aromatizados o disimulados con sabores agradables, como suele hacer el hombre cuando ha de padecer el dolor.

Estas observaciones nos ayudan además a prevenir una objeción que impide a muchos apreciar debidamente el papel desempeñado por el alma del Señor en la satisfacción por el pecado. Cuando su agonía comenzaba, exclamó Jesús: «Mi alma está triste hasta la muerte» (cfr. Mt XXVI, 38). Quizás preguntéis si no recibía el Señor ciertos consuelos propios de El e imposibles para cualquier otro hombre, que venían a disminuir o paliar la desolación de su alma y le permitían sentir, no más, sino menos que un individuo corriente. Tenía, por ejemplo, un sentido de su inocencia que ningún hombre doliente podía igualar. Sus enemigos, el Apóstol que le traicionó, el juez que pronunció la sentencia, los soldados que la ejecutaron, testificaron todos su inocencia. «He entregado sangre inocente» (cfr. Mt XXVII, 4), dice Judas. «Estoy libre de la sangre de este justo» (cfr. íd. 24), dice Pilatos. «Verdaderamente, este hombre era justo» (cfr. lc XXIII, 47), exclama el centurión.

Si incluso estos hombres, que eran pecadores, testimoniaron la inocencia de Jesús, mucho más lo hizo la propia alma del Señor. Y si nuestra capacidad de resistir oposición y calumnia depende generalmente de la convicción de no ser culpables, mucho más—diríamos—la conciencia de santidad interior compensaría, en el caso de Jesús, los padecimientos, y aniquilaría la vergüenza.

Podría añadirse también que El conocía la relativa brevedad de sus dolores, así como la conclusión gloriosa de la Pasión, mientras que la incertidumbre respecto al futuro es uno de los más severos aspectos del padecer humano. El no pudo sufrir angustia —se dice— pues no experimentó perplejidad alguna, vacilación o desesperanza. Esta afirmación parece además confirmarse por unas palabras de San Pablo, que nos dice expresamente que «debido a la alegría delante de El, nuestro Señor «despreció la vergüenza» (cfr. Hebr XII, 2).

Hay ciertamente una seguridad y calma maravillosas en todo lo que hace. Considerad su advertencia a los Apóstoles: «Vigilad y orad, para que no entréis en tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil» (cfr. Mt XXVI, 41); o sus palabras a Judas: «Amigo, ¿a qué has venido?» (íd. 50), «¿con un beso entregas al Hijo del hombre?», o a Pedro: «todo el que usa la espada, perecerá con la espada» (íd. 52), o al siervo que le golpea: «si he hablado mal, señala la equivocación; pero si he dicho bien, ¿por qué me hieres?» (cfr. Io XVIII, 23); o a su Madre: «Madre, he aquí a tu hijo» (cfr. Io XIX, 27).

Todo esto es verdad, y debe insistirse en ello. Pero viene más bien a reforzar e ilustrar lo que he expuesto anteriormente. Habéis afirmado en realidad que nuestro Señor fue siempre El mismo. Su mente constituía su propio centro, y nunca perdió en lo más mínimo el perfecto equilibrio que la distinguía. Sufrió porque serena y deliberadamente se sometió al sufrimiento. Igual que dijo al leproso: «quiero, sé limpio»; y al paralítico: «tus pecados te son perdonados»; y al centurión: «iré y le curare»; y de Lázaro: «voy a despertarle de su sueño», anunció también: «ahora comenzaré a sufrir», y así fue.

Su compostura es la prueba del entero control que mantenía sobre su ánimo. En el momento preciso, corrió los cerrojos, abrió las compuertas, y las aguas cayeron con toda fuerza sobre su alma. «llegaron —escribe San Marcos— al lugar llamado Getsemaní, y dijo a sus discípulos: quedaos aquí mientras voy a orar. Y tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan, y comenzó a sentir pavor y angustia» (cfr. Mc XIV, 32‑33). Observad cómo actúa deliberadamente. Llega a un cierto lugar, y entonces, pronunciada la voz de mando y retirado el apoyo de la Divinidad, la desolación y el temor invaden su alma. Se adentra luego en una agonía espiritual, tan concreta y definida como la tortura física del potro y del fuego.

El peso del pecado

Es por tanto irrelevante sostener que el Señor era protegido en sus pruebas par la conciencia de ser inocente y la seguridad de su victoria, pues su padecimiento consistió precisamente —aparte de la privación de otros consuelos— en la retirada o suspensión de esa misma conciencia y de esa anticipación. El mismo acto de voluntad que aceptaba la influencia sobre su alma de un solo dolor aceptaba también todos los dolores a un tiempo. No era una pugna entre tendencias e impulsos contrarios, procedentes del exterior, sino el efecto de una decisión interior. Así como hombres de gran autodominio pasan, a voluntad, de un pensamiento a otro, mucho más se negó el Señor a Sí mismo deliberadamente todo consuelo, y se saturó de amargura. En aquellos momentos no pensaba en el futuro. Atendía sólo a la abrumadora carga presente que pesaba sobre El.

¿Y qué es lo que debía soportar, cuando abría sobre su alma aquel torrente de predestinado dolor? Había de soportar algo que a nosotros resulta conocido y familiar, pero que para El era un mal indecible. Había de soportar algo tan liviano para nosotros, tan natural y aceptable, que no conseguimos imaginarlo como una gran cargo, pero que para El contenía el aroma y el veneno de la muerte. Debía soportar el peso del pecado. Debía llevar nuestros pecados, así como los pecados del mundo entero. El pecado es cosa ligera para nosotros. Pensamos poco sobre él, y no entendemos por qué el Creador le atribuye tanta importancia. No acabamos de creer que merezca castigo.

Pero considerad despacio lo que es el pecado en sí mismo. Es una rebelión contra Dios. Es un acto de un traidor que apunta a desterrar y eliminar a su soberano. El pecado es el enemigo mortal del Dios Santo, de modo que ambos no pueden estar juntos. Así como Dios arroja al pecado de su Presencia, también el pecado podría —si Dios fuera menos de lo que es— desterrar a Dios.

Observad cómo, en efecto, cuando el Señor eterno entró en el mundo creado mediante la Encarnación, y se sometió a sus leyes, entonces, de modo inmediato, el gran enemigo de la Verdad y del Bien aprovechando la oportunidad, corrió hacia aquella carne asumida por Dios y la acosó, y provocó su muerte. La envidia de los fariseos, la traición de Judas y la locura del pueblo no eran otra cosa que instrumentos o manifestaciones de la animosidad del pecado hacia el Señor tan pronto como lo tuvo a su alcance. El pecado no podía tocar la majestad divina, pero podía acometer a Dios por la vía en la que El toleraba ser atropellado, es decir, a través de su Humanidad. En la consumación de estos episodios, en la muerte de Dios hecho hombre, se nos enseña la grave naturaleza del pecado en sí.

La agonía de Getsemaní 

Allí se encontraba el Salvador del mundo, arrodillado en aquella hora terrible —después de renunciar a la defensa de su Divinidad y a los ángeles que, a millones, estaban dispuestos a escuchar su llamada—, abiertos sus brazos y descubierto su pecho, pues como era, ante el asalto de su enemigo, cuyo aliento engendraba pestilencia y cuyo abrazo significaba agonía. Allí estaba de rodillas, inerte y quieto, mientras el repugnante y vil espíritu cubría su alma con un vestido saturado de todo lo que es odioso y horrible en la conducta humana, un vestido que llegaba a su corazón y llenaba su conciencia, que se extendía hasta cada sentido y rincón de su mente y le infectaba con una lepra moral, hasta hacerle sentir que era lo que nunca podía ser: el pecador que su enemigo pensaba haberle hecho.

¡Qué angustia sentiría cuando se contemplara a Sí mismo y no se reconociera al verse como un abyecto y miserable pecador, con la percepción intensa de una masa de corrupción que venía sobre su cabeza y alcanzaba los bordes de su túnica! ¡Qué desconcierto, cuando encontrara que sus ojos, manos, pies, labios y corazón eran como miembros del maligno, y no de Dios

iSon éstas las manos del inmaculado Cordero de Dios, antes inocentes pero ahora enrojecidas con mil bárbaros hechos de sangre? ¿Son éstos sus labios, que no dicen oraciones ni alabanzas y parecen mancillados con juramentos y blasfemias? ¿Son éstos sus ojos, profanados por feas visiones y espejismos de idolatría, con los que los hombres han abandonado a su Creador? Sus oídos estallan con un griterío de rebeldía y tumulto. Su corazón se hiela por la avaricia y la crueldad. Su memoria está cargada con todos los pecados que se han cometido desde la caída original en todas las regiones de la tierra, con el orgullo de los antiguos gigantes, la concupiscencia de las cinco ciudades, la obstinación de Egipto, la ambición de Babel y la ingratitud del pueblo elegido.

¿Quién no conoce la angustia de un pensamiento turbador que, a pesar de ser rechazado, vuelve una y otra vez, para confundir si es que no puede dominar? ¿Quién no sabe de alguna odiosa y enfermiza imaginación, extraña a la persona, pero impuesta a la mente desde fuera, o de perversos conocimientos que se pagaría un gran precio por olvidar?

 


Meditación de Las Siete Palabras

Mynor Esquivel

Donovan Viales

Andrés González

 Colaboraron en esta nota: Tatianna Quirós, Mariana  Reyes y Andrea Monge

PRIMERA PALABRA

“PADRE, PERDÓNALES, PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN” (Luc.23,34)

Según la narración del Evangelista Lucas, ésta es la primera Palabra pronunciada por Jesús en la Cruz.

Jesús en la Cruz se ve envuelto en un mar de insultos, de burlas y de blasfemias. Lo hacen los que pasan por el camino, los jefes de los judíos, los dos malhechores que han sido crucificados con El, y también los soldados. Se mofan de Él diciendo: “Si eres hijo de Dios, baja de la Cruz y creeremos en ti” (Mt .27,42). “Ha puesto su confianza en Dios, que Él lo libre ahora” (Mt.27,43).

La humanidad entera, representada por los personajes allí presentes, se ensaña contra El. “Me dejareis sólo”, había dicho Jesús a sus discípulos. Y ahora está solo, entre el Cielo y la tierra.

Se le negó incluso el consuelo de morir con un poco de dignidad.

Jesús no sólo perdona, sino que pide el perdón de su Padre para los que lo han entregado a la muerte.

Para Judas, que lo ha vendido. Para Pedro que lo ha negado. Para los que han gritado que lo crucifiquen, a El, que es la dulzura y la paz. Para los que allí se están mofando.

Y no sólo pide el perdón para ellos, sino también para todos nosotros. Para todos los que con nuestros pecados somos el origen de su condena y crucifixión. “Padre, perdónales, porque no saben…”

Jesús sumergió en su oración todas nuestras traiciones. Pide perdón, porque el amor todo lo excusa, todo lo soporta… (1 Cor. 13).

 

SEGUNDA PALABRA

“TE LO ASEGURO: HOY ESTARÁS CONMIGO EN EL PARAÍSO”

(Luc.23, 43)

 Sobre la colina del Calvario había otras dos cruces. El Evangelio dice que, junto a Jesús, fueron crucificados dos malhechores. (Luc. 23,32).

La sangre de los tres formaban un mismo charco, pero, como dice San Agustín, aunque para los tres la pena era la misma, sin embargo, cada uno moría por una causa distinta.

 Uno de los malhechores blasfemaba diciendo: “¿No eres Tú el Cristo? ¡Sálvate a ti mismo y sálvanos a nosotros!” (Luc. 23,39).

Había oído a quienes insultaban a Jesús. Había podido leer incluso el título que habían escrito sobre la Cruz: “Jesús Nazareno, Rey de los judíos”. Era un hombre desesperado, que gritaba de rabia contra todo.

Pero el otro malhechor se sintió impresionado al ver cómo era Jesús. Lo había visto lleno de una paz, que no era de este mundo.

Le había visto lleno de mansedumbre. Era distinto de todo lo que había conocido hasta entonces. Incluso le había oído pedir perdón para los que le ofendían.

Y le hace esta súplica, sencilla, pero llena de vida: “Jesús, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino”. Se acordó de improviso que había un Dios al que se podía pedir paz, como los pobres pedían pan a la puerta de los señores.

¡Cuántas súplicas les hacemos nosotros a los hombres, y qué pocas le hacemos a Dios!…

Y Jesús, que no había hablado cuando el otro malhechor le injuriaba, volvió la cabeza para decirle: “Te lo aseguro. Hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

Jesús no le promete nada terreno.

Le promete el Paraíso para aquel mismo día. El mismo Paraíso que ofrece a todo hombre que cree en El.

Pero el verdadero regalo que Jesús le hacía a aquel hombre, no era solamente el Paraíso. Jesús le ofreció el regalo de sí mismo.

Lo más grande que puede poseer un hombre, una mujer, es compartir su existencia con Jesucristo. Hemos sido creados para vivir en comunión con él.

 

TERCERA PALABRA

“MUJER, AHÍ TIENES A TU HIJO”. “AHÍ TIENES A TU MADRE”,

 (Jn.I9, 26)

Junto a la Cruz estaba también María, su Madre. La presencia de María junto a la Cruz fue para Jesús un motivo de alivio, pero también de dolor. Tuvo que ser un consuelo el verse acompañado por Ella. Ella que, por otra parte, era el primer fruto de la Redención.

Pero, a la vez, esta presencia de María tuvo que producir1e un enorme dolor, al ver el Hijo los sufrimientos que su muerte en la cruz estaban produciendo en el interior de su Madre. Aquellos sufrimientos le hicieron a Ella Corredentora, compañera en la redención.

Era la presencia de una mujer, ya viuda desde hacía años, según lo hace pensar todo. Y que iba a perder a su Hijo.

Jesús y María vivieron en la Cruz el mismo drama de muchas familias, de tantas madres e hijos, reunidos a la hora de la muerte. Después de largos períodos de separación, por razones de trabajo, de enfermedad, por labores misioneras en la Iglesia, o por azares de la vida, se encuentran de nuevo en la muerte de uno de ellos.

Al ver Jesús a su Madre, presente allí, junto a la Cruz, evocó toda una estela de recuerdos gratos que habían vivido juntos en Nazaret, en Caná, en Jerusalén. Sobre sus rodillas había aprendido el shema, la primera oración con que un niño judío invocaba a Dios. Agarrado de su mano, había ido muchas veces a la Pascua de Jerusalén… Habían hablado tantas veces en aquellos años de Nazaret, que el uno conocía todas las intimidades del otro.

En el corazón de la Madre se habían guardado también cosas que Ella no había llegado a comprender del todo. Treinta y tres años antes había subido un día de febrero al Templo, con su Hijo entre los brazos, para ofrecérselo al Señor.

Y fue precisamente aquel día, cuando de labios de un anciano sacerdote oyó aquellas palabras: “A ti, mujer, un día, una espada te atravesará el alma”. Los años habían pasado pronto y nada había sucedido hasta entonces.

En la Cruz se estaba cumpliendo aquella lejana profecía de una espada en su alma.

Pero la presencia de María junto a la Cruz no es simplemente la de una Madre junto a un Hijo que muere. Esta presencia va a tener un significado mucho más grande.

Jesús en la Cruz le va a confiar a María una nueva maternidad. Dios la eligió desde siempre para ser Madre de Jesús, pero también para ser Madre de los hombres.

 

 

CUARTA PALABRA

“DIOS MÍO, DIOS MÍO, ¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO” (Mt.27,46)

Son casi las tres de la tarde en el Calvario y Jesús está haciendo los últimos esfuerzos por hacer llegar un poco de aire a sus pulmones. Sus ojos están borrosos de sangre y sudor.

Y en este momento, incorporándose, como puede, grita: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.

No había gritado en el huerto de los Olivos, cuando sus venas reventaron por la tensión que vivía. No había gritado en la flagelación, ni cuando le colocaron la corona de espinas.

Ni siquiera lo había hecho en el momento en que le clavaron a la Cruz.

Jesús grita ahora.

Jesús, el Hijo único, aquel a quien el Padre en el Jordán y en el Tabor había llamado: “Mi Hijo único” , “Mi Predilecto”, “Mi amado”, Jesús en la Cruz se siente abandonado de su Padre.

¿Qué misterio es éste? ¿Cuál es el misterio de Jesús Abandonado, que dirigiéndose a su Padre, no le llama “Padre”, como siempre lo había hecho, sino que le pregunta, como un niño impotente, que por qué le había abandonado?.

¿Por qué Jesús se siente abandonado de su Padre?

Me gustaría poder ayudarte a conocer un poco, y, sobre todo, a contemplar todo el misterio tremendo, y a la vez inmensamente grande, que Jesús vive en este momento.

Este momento de la Pasión de Jesús, en que se siente abandonado de su mismo Padre, es el más doloroso para El de toda la Redención. El verdadero drama de la Pasión Jesús lo vivió en este abandono de su padre.

Y si la Pasión de Jesús, el Hijo bendito del Padre, es el misterio que no tiene nombre, que no hay palabras para describirlo, no lo es simplemente por los azotes, ni por la sangre derramada, ni por la agonía o por la asfixia, sino porque nos hace entrar en el misterio de Dios.

Y en este abandono de Jesús, descubrimos el inmenso amor que Jesús tuvo por los hombres y hasta dónde fue capaz de llegar por amor a su Padre. Porque todo lo vivió por haberse ofrecido a devolver a su Padre los hijos que había perdido y por obediencia a Él.

 

QUINTA PALABRA

“TENGO SED” (Jn.19,28)

1.- Uno de los más terribles tormentos de los crucificados era la sed.

La deshidratación que sufrían, debida a la pérdida de sangre, era un tormento durísimo. Y Jesús, por lo que sabemos, no había bebido desde la tarde anterior.

No es extraño que tuviera sed; lo extraño es que lo dijera.

2.- La sed que experimentó Jesús en la Cruz fue una sed física. Expresó en aquel momento estar necesitado de algo tan elemental como es el agua. Y pidió, “por favor”, un poco de agua, como hace cualquier enfermo o moribundo.

Jesús se hacía así solidario con todos, pequeños o grandes, sanos o enfermos, que necesitan y piden un poco de agua. Y es hermoso pensar que cualquier ayuda prestada a un moribundo, nos hace recordar que Jesús también pidió un poco de agua antes de morir.

3.- Pero no podemos olvidar el detalle que señala el Evangelista San Juan: Jesús dijo: “Tengo sed”. “Para que se cumpliera la Escritura”, dice San Juan (Jn.19,28).

Jesús habló en esta quinta Palabra de “su sed”. Aquella sed que vivía El como Redentor.

Jesús, en aquel momento de la Cruz, cuando está realizando la Redención de los hombres, pedía otra bebida distinta del agua o del vinagre que le dieron.

Poco más de dos años antes, Jesús se había encontrado junto al pozo de Sicar con una mujer de Samaría, a la que había pedido de beber.”Dame de beber”. Pero el agua que le pedía no era la del pozo. Era la conversión de aquella mujer.

Ahora, casi tres años después, San Juan que relata este pasaje, quiere hacernos ver que Jesús tiene otra clase de sed. Es como aquella sed de Samaría.

“La sed del cuerpo, con ser grande -decía Santa Catalina de Siena- es limitada. La sed espiritual es infinita”.

Jesús tenía sed de que todos recibieran la vida abundante que El había merecido. De que no se hiciera inútil la redención. Sed de manifestarnos a Su Padre. De que creyéramos en Su amor. De que viviéramos una profunda relación con El. Porque todo está aquí: en la relación que tenemos con Dios.

 

SEXTA PALABRA

“TODO ESTÁ CUMPLIDO” (Jn. 19, 30)

 Estas fueron las últimas palabras pronunciadas por Jesús en la Cruz.

Estas palabras no son las de un hombre acabado. No son las palabras de quien tenía ganas de llegar al final. Son el grito triunfante del vencedor.

Estas palabras manifiestan la conciencia de haber cumplido hasta el final la obra para la que fue enviado al mundo: dar la vida por la salvación de todos los hombres.

Jesús ha cumplido todo lo que debía hacer.

Vino a la tierra para cumplir la voluntad de su Padre. Y la ha realizado hasta el fondo.

Le habían dicho lo que tenía que hacer. Y lo hizo. Le dijo su Padre que anunciara a los hombres la pobreza, y nació en Belén, pobre. Le dijo que anunciara el trabajo y vivió treinta años trabajando en Nazaret.

Le dijo que anunciara el Reino de Dios y dedicó los tres últimos años de su vida a descubrirnos el milagro de ese Reino, que es el corazón de Dios.

La muerte de Jesús fue una muerte joven; pero no fue una muerte, ni una vida malograda. Sólo tiene una muerte malograda, quien muere inmaduro. Aquel a quien la muerte le sorprende con la vida vacía. Porque en la vida sólo vale, sólo queda aquello que se ha construido sobre Dios.

Y ahora Jesús se abandona en las manos de su Padre. “Padre, en tus manos pongo mi Espíritu”.

Las manos de Dios son manos paternales. Las manos de Dios son manos de salvación y no de condenación.

Dios es un Padre.

Antes de Cristo, sabíamos que Dios era el Creador del mundo. Sabíamos que era Infinito y todopoderoso, pero no sabíamos hasta qué punto Dios nos amaba. Hasta qué punto Dios es PADRE. El Padre más Padre que existe.

Y Jesús sabe que va a descansar al corazón de ese Padre.

 

 

SÉPTIMA PALABRA

“PADRE, EN TUS MANOS PONGO MI ESPÍRITU (Luc. 23,46)

Y el que había temido al pecado, y había gritado: “¿Por qué me has abandonado?”, no tiene miedo en absoluto a la muerte, porque sabe que le espera el amor infinito de Su Padre.

Durante tres años se lanzó por los caminos y por las sinagogas, por las ciudades y por las montañas, para gritar y proclamar que Aquel, a quien en la historia de Israel se le llamaba “El”, “Elohim”, “El Eterno”, “El sin nombre”, sin dejar de ser aquello, era Su Padre. Y también, nuestro Padre.

Y el hecho de que tenga seis mil millones de hijos en el mundo, eso no impide que a cada uno de nosotros nos mime y nos cuide como a un hijo único.

Y, salvadas todas las distancias, también nosotros podemos decir, lo mismo que Jesús: “Dios es mi Padre”, “los designios de mi Padre”, “la voluntad de mi Padre”.

Y si es cierto que es un Padre Todopoderoso, también es cierto que lo es todo cariñoso. Y en las mismas manos que sostiene el mundo, en esas mismas manos lleva escrito nuestro nombre, mi nombre.

Y, a veces, cuando la gente dice: “Yo estoy solo en el mundo”, “a mi nadie me quiere”, El, el padre del Cielo, responde: “No. Eso no es cierto. Yo siempre estoy contigo”.

Hay que vivir con la alegre noticia de que Dios es el Padre que cuida de nosotros. Y, aunque a veces sus caminos sean incomprensibles, tener la seguridad de que El sabe mejor que nosotros lo que hace. Hay que amar a Dios, sí. Pero también hay que dejarse amar y querer por Dios.

En las manos de ese Padre que Jesús conocía y amaba tan entrañablemente, es donde Él puso su espíritu.

 

 


Viernes Santo: Celebración de la Pasión del Señor

Mynor Esquivel

Donovan Viales

Andrés González

 Colaboraron en esta nota: Tatianna Quirós, Mariana  Reyes y Andrea Monge

Constituye propiamente el primer día del Triduo Pascual. Para una buena celebración de la Pasión del Señor se deben tener en cuenta los siguientes principios:

1. El viernes Santo es día de penitencia obligatorio para toda la Iglesia y por tanto hay que guardar en este día la abstinencia y el ayuno, y según la oportunidad también el Sábado Santo hasta la Vigilia pascual. El ayuno de estos dos días es además de penitencial, celebrativo, ritual, y contemplativo del misterio de la Cruz. Si bien es personal es sobre todo comunitario: la comunidad ayuna en la espera de su Señor Resucitado. Es toda la persona la que celebra la Pascua, no sólo la mente y el espíritu sino también el cuerpo. No hay que olvidar que el ayuno tiene en la espiritualidad cristiana un gran valor: en una sociedad marcada por el consumismo y lo superfluo, es un medio para vivir la ascesis, el autocontrol, el señorío de sí mismo, y para ver en los bienes de este mundo su carácter perecedero y pasajero.

2. La Iglesia, siguiendo una antiquísima tradición, en este día no celebra la Eucaristía y la Sagrada Comunión sólo se distribuye a los fieles durante la celebración de la Pasión del Señor. Sin embargo los enfermos que no puedan participar en dicha celebración pueden recibirla a cualquier hora del día.

3. Esta prohibido celebrar en este día cualquier sacramento, a excepción de la Reconciliación y de la Unción de los Enfermos. Las Exequias, si las hubiese, han de celebrarse sin canto, ni instrumentos. Se recomienda que en este día se celebre en las iglesias el Oficio de Lectura y los Laudes con participación de la comunidad.

4. No tenemos Eucaristía pero sí una celebración litúrgica de la Muerte del Señor, una celebración de la Palabra que concluye con la adoración de la Cruz y con la comunión eucarística. Es una celebración sencilla, sobria, centrada en la muerte del Señor Jesús. Su estructura está bien pensada, aparece equilibrada, con proporción entre la dimensión de escucha de la Palabra de Dios y la acción simbólica de la adoración de la Cruz y su veneración con el beso personal de todos. Lo importante es saber captar la dinámica de esta celebración y aprovechar espiritualmente toda su fuerza en la misma celebración:

- Proclamamos el misterio de la Cruz, en las lecturas de la Palabra de Dios.
- Invocamos la salvación del mundo por la fuerza de esa Cruz.
- Adoramos la Cruz del Señor Jesús.
- Y finalmente participamos del misterio de esa Cruz, del Cuerpo entregado, comulgando de él.

La Pasión de Cristo es pues, proclamada, invocada, venerada y comulgada.

5. Sobre la hora de los Oficios de la Pasión: «La celebración de la Pasión del Señor ha de tener lugar después del mediodía, cerca de las tres. Por razones pastorales, puede elegirse otra hora más conveniente para que los fieles puedan reunirse más fácilmente…pero nunca después de las nueve de la noche».

6. Sobre la estructura de la celebración es bueno tener presente:

a. La Entrada

- No hay canto de entrada. Sale el sacerdote con sus ministros, con vestidos de color rojo porque celebramos la muerte martirial de Cristo. El Misal dice que el sacerdote, después de hacer la reverencia al altar, se postra en el suelo o se arrodilla. Es preferible la opción de la postración: «esta postración, que es un rito propio de este día, se ha de conservar diligentemente por cuanto significa tanto la humillación del hombre terreno, cuanto la tristeza y el dolor de la Iglesia» . Los demás se arrodillan a la postración del sacerdote y oran todos en silencio por unos instantes. La oración con la que termina el rito de entrada, es mejor decirla desde el mismo lugar donde ha estado postrado el sacerdote y se puede elegir entre dos opciones que presenta el Misal. La primera apunta a que ya estamos celebrando la Pascua; la segunda compara los efectos de la Pasión del Señor Jesús con los del pecado del primer Adán.

b. Liturgia de la Palabra

- Las lecturas de este día han de ser leídas por entero. El salmo y el canto que precede al Evangelio, deben cantarse como de costumbre.

- La lectura de la Pasión según San Juan, el único apóstol que estuvo al pie de la Cruz con Santa María y las santas mujeres, se canta o se proclama del mismo modo que se ha hecho en el domingo de Ramos. Esta lectura impresionante constituye el centro de la celebración de este día.

- Después de la lectura de la Pasión se tendrá una breve homilía para resumir y aplicar a nuestra vida la gran lección de la Cruz y al final de la misma los fieles pueden ser invitados a permanecer en oración silenciosa durante un breve espacio de tiempo. Es bueno recordar que la proclamación de las lecturas de la Palabra viva de Dios, es ya presencia sacramental del acontecimiento de la Cruz y no un mero recuerdo. Es proclamación y comunicación de la Cruz, del amor del triunfo de Cristo contra el pecado y la muerte.

c. La Oración Universal

- La de este día es la más solemne y clásica. Es universal, rogando por las diversas categorías de personas. Con la confianza puesta en el Señor que muere en la Cruz, que es nuestro Mediador y nuestro Sumo y Eterno Sacerdote, pedimos al Padre la salvación para todo el mundo. Estas oraciones «expresan el valor universal de la Pasión de Cristo, clavado en la Cruz para la salvación de todo el mundo» . Actualmente esta Oración del Viernes Santo tiene cuatro intenciones por la Iglesia, otras cuatro por los creyentes o no creyentes, y dos por los gobernantes y los que sufren de alguna manera. Su estructura no admite modificaciones o inclusiones de propia iniciativa, salvo que el Ordinario del lugar por alguna causa justa y de necesidad pública disponga la inclusión de alguna petición.

d. La Adoración de la Cruz

- En la adoración de la Cruz, «úsese una Cruz suficiente, grande y bella. De las dos formas que se proponen en el Misal para mostrar la Cruz, elíjase la que se juzgue más apropiada. El rito ha de hacerse con esplendor digno de la gloria del misterio de nuestra salvación; tanto la invitación al mostrar la Cruz, como la respuesta del pueblo, háganse con canto, y no se omita el silencio de reverencia que sigue a cada una de las postraciones, mientras el sacerdote celebrante, permaneciendo de pie, muestra en alto la Cruz».

- «Cada uno de los presentes del clero y del pueblo se acercará a la Cruz para adorarla, dado que la adoración personal de la Cruz es un elemento muy importante de esta celebración y únicamente en el caso de una extraordinaria presencia de fieles se utilizará el modo de la adoración hecha por todos la vez» .

- Se debe usar una sola Cruz para la adoración tal como lo requiere la verdad del signo. Es muy recomendable que durante la adoración se canten las antífonas, los improperios y el himno que se encuentran en el Misal Romano, o bien otros cantos adecuados.

- Hoy es un día en que sería lógico un recuerdo mariano en honor a Santa María, la Mujer fuerte de la fe, que estuvo al pie de la Cruz de su Hijo. Por ello sería loable añadir al final de la adoración de la Cruz, una pequeña conmemoración de la Virgen María, la Madre dolorosa, la cual puede hacerse con la siguiente monición:

“Hermanos: hemos adorado solemnemente la Cruz, en la cual el Señor Jesús, muriendo nos reconcilió. También María estaba junto a la Cruz del Hijo, uniéndose a su sacrificio, cooperando con amor de Madre a nuestra salvación. En aquel momento la espada profetizada por Simeón le traspasó el corazón y aquélla fue la hora de la cual le había hablado Jesús en Cana. Junto a la Cruz, la Madre fuerte en el inmenso dolor que sufría con el Hijo Único, nos da a luz a la vida de la gracia y de la reconciliación. Nosotros que hemos celebrado la Pasión del Hijo, recordemos también el dolor fecundo de la Madre. Cantemos…”

e. La Comunión del Viernes Santo

- El Viernes Santo no celebramos la Eucaristía. Pero desde hace siglos se ha introducido la comunión. Por ello, como quiera que en este día no hay celebración de la Eucaristía, se ha tenido que consagrar en la del Jueves Santo las Hostias necesarias para la comunión del Viernes. De ahí que la celebración de este día se llame “misa de presantificados”, porque se comulga con un Pan Eucarístico consagrado antes.

- Terminada la adoración de la Cruz, y el recuerdo mariano, el sacerdote va a recoger por el camino más corto el Santísimo Sacramento de la reserva y mientras tanto los demás ministros revisten el altar con el mantel, los cirios, el corporal y el Misal.

- Una vez puesto el copón con las Hostias consagradas sobre el altar, el sacerdote canta o reza la invitación al Padre Nuestro que es rezado o cantado por todos. No se da el signo de la paz y la comunión se desarrolla tal como está descrita en el Misal. Terminada la distribución de la comunión, el copón se lleva nuevamente a su reserva.

- Terminada la celebración se despoja el altar, dejando la Cruz con cuatro candelabros en un lugar adecuado de la iglesia para que todos puedan adorarla, besarla y permanecer en oración y meditación delante de ella.

7. «Los ejercicios de piedad…no se pueden descuidar (este día de Viernes Santo), dada su importancia pastoral» . Hoy es uno de los días del año en que más hay que esforzarse por buscar un equilibrio entre la liturgia y las devociones de religiosidad popular, conjugando su horario y también su lenguaje. Entre estos ejercicios de piedad popular están: el Vía Crucis, el Sermón de las Siete Palabras del Señor Jesús en la Cruz; las procesiones del Viernes Santo con los “pasos” de Cristo y de su Madre que representan las diversas escenas y momentos de la Pasión; los recuerdos de los dolores de la Santísima Virgen María, entre otros.

 


Jueves Santo Procesión del Silencio

Mynor Esquivel

Donovan Viales

Andrés González

 Colaboraron en esta nota: Tatianna Quirós, Mariana  Reyes y Andrea Monge

Este jueves Santo por la noche, los hombres permanecen en silencio ordenados en dos filas, contemplando como atreves de la Sacra imagen de Jesús Nazareno que en medio de ellos va como aquel hombre arrestado por la turba de hombres, El salvador y redentor del mundo permaneció en silencio ante las burlas para así ser obediente a la voluntad de su Padre.

Esta procesión muy conocida por la comunidad de Pavas como ”La procesión del silencio”, se desarrollo a las 10 pm cuyo recorrido salió del templo filial con la tradicional participación de varones que se ha mantenido durante años en esta parroquia, de los cuales unos llevaron devotamente en sus hombros las andas de la Sacra imagen de Jesús Nazareno atado de manos y cautivo hasta el templo parroquial finalizando cerca de las 11:30 pm.

Esta procesión tiene dos significaciones, la primera es aquel momento en el que luego de ser arrestado, Nuestro Señor Jesucristo camino hasta la casa del sumo sacerdote mientras era custodiado por tan crueles soldados representados en los varones que van al costado de la Sacra imagen de Jesús Nazareno; la segunda es contemplar en profundo silencio como Jesús con su rostro inclinado aceptaba su cruz desde el momento de su prendimiento hasta su muerte en ella.

 

Orígenes:

 

La figura de este Cristo es fundamental para la Historia del Arte Español ya que es el iniciador de la iconografía del Cautivo tal y como lo conocemos ahora. Para estudiar los elementos de esta creación iconográfica totalmente española en la representación de la figura de Cristo, tenemos que tomar en cuenta diversos elementos, de como evoluciona y se crea esta iconografía.

En primer lugar hay que mencionar que el Cautivo iconográficamente tiene sus orígenes en el “Ecce Homo”, tomando su referencia bíblica en el pasaje cuando es presentado al pueblo por Pilato (Juan 19, 4) tras la flagelación y la coronación de espinas. Tradicionalmente los Ecce Homo se les representa con el torso desnudo para mostrar las heridas de la flagelación y maniatado.

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El elemento evolutivo de transición del Ecce Homo al Cautivo*, es el hecho de presentar al redentor totalmente vestido. Otro elemento que define al Cautivo es el escapulario trinitario, pero el porqué de ello viene dado del hecho que los Trinitarios ponían un escapulario con el escudo de su corporación a aquellos cristianos cautivos que rescataban de los musulmanes.

 

 

 


Procesión al Huerto de Los Olivos

 Mynor Esquivel

Donovan Viales

Andrés González

 Colaboraron en esta nota: Tatianna Quirós, Mariana  Reyes y Andrea Monge

 

 

Con la presencia de decenas de fieles la Parroquia Santa Bárbara de Pavas en el cantón central de San José, Costa Rica realizó la sacra procesión al Huerto de Los Olivos con la portentosa imagen de Jesús Nazareno que data factiblemente del periodo 1945-1950 y es atribuible a Manuel María Zúñiga.

Qué es el Huerto de los olivos

Getsemaní (griego Γεθσημανἰ, Gethsēmani hebreo:גת שמניםarameo:גת שמניGath-Šmânêsiriaco ܓܕܣܡܢ, Gat Šmānê, lit. “prensa de aceite”) fue el jardín donde, según el Nuevo TestamentoJesús oró la última noche antes de ser arrestado.

La Oración de Jesús en el huerto se conmemora todos los años el Jueves Santo: Después de la Última Cena, Jesús se dirigió al huerto, donde acostumbraba reunirse con sus discípulos a orar. Según los evangelios era un lugar que tanto Jesús como sus discípulos visitaban frecuentemente lo que permitió a Judas encontrarle.1 Los Evangelios describen la tristeza agónica que lo asaltó en ese momento, y la actitud del Nazareno: orar fervientemente. “Oren constantemente para no caer en la tentación, porque el Espíritu está dispuesto, pero la carne es débil”. Momentos más tarde se levantó y anunció a los Apóstoles que se acercaban los soldados que lo iban a detener, guiados por Judas Iscariote.

Gethsemane aparece en griego enMateo 26:362 y Marcos 14:323 como Γεθσημανἱ Mateo (26:36)y Marcos (14:32) lo llaman χωρἰον(18:1), lugar o estado. El evangelio de Juan dice que Jesús entró en un jardín (κῆπος) con sus discípulos.4 El nombre ‘Getsemaní’ aparece en los evangelios como Γεθσημανι (Gethsêmani). Esta palabra viene del arameo ‘Gath-Šmânê’, que significa ‘prensa de aceite’ (refiriéndose al aceite de oliva). Al parecer había una gran cantidad de matas de olivo que rodeaba el área en aquellos días. Todos los evangelios hacen referencia de una forma u otra a este lugar

El Ángel de Confortación:

“Cristo aplacas con tu fe solemne el miedo al tormento promulgado. Perlas de sudor tienes en la frente, nacidas al conjuro de lo humano. Es factible secarlas con la mano pero deben fluir, dicta la mente. Que pase la copa, si es posible, es grito del hijo esperanzado ¿Acaso te sientes abandonado o es rigor del Padre tan terrible? Conjunción de amor y de obediencia. Sólo un hombre siendo Dios lo sabe. ¡Hágase la voluntad y acabe este pobre dudar de la inconsciencia! Cese el llanto y al perdón altivo se abre en el cielo la esperanza. A medida que la noche avanza trocarás en Cielo este monte del Olivo. Se hace cómplice y verdad la noche y tú Cristo, olvidado ya el reproche te haces manso y dócil cual cordero. Aceptas tu destino desde eterno: Sufrir, morir, salvando del infierno a todo bien nacido. Al mundo entero”..


VIERNES SANTO: La Samaritana

Luis Dobles Segreda

Es la hora sexta, el sol caldea el ancho valle de Sickem con sus campos labrantíos, recién heridos por el arado y ahora oleantes de mies rubia. Los frondosos terebintos protegen los hilos dulces y brillantes de los arroyos de Girizim que bajan del monte entre olivares.

Esta es la tierra que compró Jacob por cien corderos y la dio en heredad a José, el menor y el mejor de sus hijos.

Al arrimo de las altas palmeras, que se inclinan para saludar las caravanas, está abierto el viejo pozo que cavara Jacob para dar agua a su tribu, a los caminantes que trajinan sobre el polvo de los caminos y a sus ganados, lentos y tristes, que rumian su sed.

La gente de Samaria es hostil a la gente de Judea: “Nada tenemos con Israel, ni en su raza, ni en sus usos”, dijeron a Antíoco.

El jerosolimitano no admite testigos de Samaria, reputándolos falsos, ni se liga en matrimonio con mujer samaritana, teniéndola por infiel.

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Arde el sol samaritano de la sexta hora, que es hora de siesta.

Cimbreante el talle magnífico de Fotima, que es fruta fresca y morena, tiembla de voluptuosidad cuando el menudo pie va hollando el sendero que se retuerce entre matorrales para llegar al amor del pozo.

Sobre el cuadril, curvado y prominente, se asienta el cátaro de barro que trasuda el frescor del agua y humedece el brazo fragante que lo sujeta.

Esta mujer es bella como pocas mujeres. Los hombres de Samaria han caído a sus plantas, rendidos de pasión y han huido de ellas destrozados por sus desdenes.

En Samaria se pierde ya la cuenta de la regocijada fila de mancebos que durmieron sobre el lecho de esta mujer, que atrae como el abismo. Ha probado la miel maldita de sus besos que pagaron con la sal de sus lágrimas.

Cinco esposos cambiaron por capricho. Todos le dejaron soledad y hastío porque en ella buscaron el sabor de la carne enloquecida, sin asomarse al balcón de su espíritu.

Jesús había dejado Judea y regresaba a Galilea. Era necesario que atravesase este cálido valle de Sikem, rubio de mies y encendido de sol. Las gentes de Samaria no querían saber nada de Jesús y no trataban con gentes de Israel sino para el logro de ganancias.

No podían, ni querían creer en un predicador judío que les llamaba a la renunciación de sus riquezas.

Aquella mañana los pies sudorosos e inquietos del Rabino llegaron hasta la heredad de José y, cansado por el dolor de los caminos, sentóse el profeta sobre el brocal del pozo que horadara Jacob.

Y aconteció que vino Fotima, con su cántaro de barro para sacar agua.

Y Jesús le dijo: Mujer, dame de beber.

Y dice la mujer: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí que soy samaritana?

Mansamente, con la dulzura mística que movía siempre sus labios delgados, entre la rubia seda de su barba, exclamó:

Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: Dame de beber, tú pedirías a él y él te daría agua viva, que es agua de eternidad.

Respondió la mujer y le dijo: No tienes con qué sacarla y el pozo es hondo, ¿dónde escondes pues el agua viva?

Y alzando las manos, respondió Jesús: Cualquiera que bebiere de esta agua volverá a tener sed, mas el que bebiere del agua que yo le daré será en él una fuente que salte para la vida eterna.

Los grandes ojos de la mujer samaritana buscaron los ojos tristes del Rabí y, en el brocal del pozo, se acariciaban las sedas opulentas de la mundana con el raído sayal del profeta.

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¿Qué tiene ahora la mujer de Samaria? ¿Por qué su pecho ya no se hincha al compás de las pasiones, copioso de apetitos?

Ella escuchó antes, con deleite, los deseos de los hombres y fue atormentándolos con el látigo de sus caprichos.

Pero ya no arde en sus ojos la llama de la lujuria, adivinase en ellos la quietud del agua dormida en el fondo del pozo.

Ya no florece en sus labios el beso, quemado como ascua, alumbra en ellos la luz de una plegaria que no se atreve a producirse.

Los hombres le hablaron siempre en otra lengua, buscando las tentaciones de la hembra, y este extranjero, enemigo de su raza, le habló como si en él hubiese fallado el imán de su belleza.

Y ella fue despertando a un mundo de espíritu que nadie antes la hiciera sospechar. Oyó una voz que era transparente, como el agua, sencilla, como el campo.

Era un agua de amor, de caridad, que empezaba a brotar en el fondo de su pecho y ya sus manos no se afanaron más en arreglar los pliegues de su traje, ni en peinar la noche de sus negros cabellos.

En silencio y en recogimiento, se juntaron con las manos del Maestro y cayó vencida a sus pies aquella vencedora de hombres.

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Muchachita linda de mi ciudad cristiana que, año tras año, eres distinta pero siempre embellecida por la juventud fragante y por la gracia adorable. Muchacha que fuiste siempre señalada en la ciudad como la más bella y escogida para que en esta procesión del Viernes Santo llevases el cántaro al cuadril para recordar a la pecadora de Samaria.

Tú eres bella y eres linda de corazón. Todavía no ha roído tus entrañas el grito loco de la carne, ni se han enroscado en tu corazón las serpientes del vicio.

Llena tu cántaro de piedad infinita para las atormentadas mujeres que amaron creyendo también ser amadas.,“Que van por la vida llorando un cariño recordando a un hombre y arrastrando a un niño”.

Enséñales a las gentes tu cántaro fresco y recuérdales que la mujer que holgó con cinco maridos y veinte amantes, oyó un día una voz de piedad en el brocal del pozo de Jacob y fue buena cuando entendió aquella palabra de bondad infinita.

Muchachita linda, que vistes de toda gloria con tu manto de armiño y tu veste de seda, que llevas guirnalda de diamantes y ajorcas de oro. Tu que eres, bella, como la mujer de Samaria y eres limpia como las aguas del pozo, llena ese cántaro de amor y da a beber agua de consolación y de esperanza a quienes la han menester, porque ella es agua que salta para la vida eterna.

Cuando cruzas las calles, despaciosa y solemne, bajo el guión de plata que lleva terciado el señor Gobernador de la Provincia, todos te señalan como la mujer más bella y te respetan y te quieren porque te saben buena.

El señor Gobernador va orgulloso de lucirte a su lado, tú vas orgullosa del esplendor de tu traje y la ciudad está toda orgullosa de ti. Pero detrás viene, humilde y sangrando, el buen Jesús, con el madero a cuestas, subiendo su monte Calvario.

Él vigila tus pasos, él, que lee en lo escondido, oye tus pensamientos. Procura que él también se sienta orgulloso, dentro de tu manga humilde, y vuelva a pedirte el agua de tu cántaro.

 


Ponte de rodillas delante de Cristo crucificado Viernes Santo. Cristo abraza el dolor redentor en la cruz para salvarnos a nosotros.

Manuel Murillo Garcia

Reflexionemos en Cristo en la cruz, en el crucifijo en el cual nosotros acabamos aprendiendo a Cristo, acabamos reconociendo a Cristo. ¿Qué es lo que vemos cuando miramos el crucifijo? La cruz de Cristo en el Calvario es el testimonio de la fuerza del mal contra el mismo Hijo de Dios; es el poder del mal que en estos momentos parece no tener freno. Incluso Aquél que había vencido al mal, en sus diversos medios de presentarse en la historia del hombre, en el pecado, en el dolor, en la muerte, ahora se ve totalmente a disposición del mal.

La cruz que se levanta sobre la tierra, la cruz que se eleva sobre todos los hombres, que le hace ser Redentor, es al mismo tiempo la más clara manifestación del poder del mal sobre Cristo, es la más clara muestra de que Cristo está dejado por Dios para que todo el mal que sufre el hombre se clave en Él. Sin embargo, Cristo es inocente.

Él es el único, entre los hombres de toda la historia, libre de pecado, incluso de la desobediencia de Adán y del pecado original.
Es en Cristo, -en quien no conocía el pecado-, donde el pecado se hace, al menos aparentemente, señor de su vida. Es la obediencia de Cristo hasta la muerte, y muerte de cruz, la que va a hacer posible que las cadenas del pecado sean vencidas a partir de este momento por todo hombre que se una a la cruz del Salvador.

Sin embargo, si miramos en el corazón de Cristo, ¡con cuánto dolor sufriría el verse hecho pecado!, ¡cuánta repugnancia moral sentiría al verse reducido, no sólo a la condición de pecador, sino de maldito por la ley! “Maldito el hombre que cuelga de un madero”, decía la ley de Moisés.

¡Con cuánto amor habrá tenido que arder el corazón del Señor para ser capaz de vencer la repugnancia del pecado! Es esto lo que vemos: vemos a Jesús crucificado, vemos a Jesús insultado, vemos a Jesús que grita en la cruz: “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?” Los esbirros se acercan a la cruz, toman las palabras de Cristo como una burla. Unos le dicen que llaman a Elías, otros le empapan una esponja en vinagre y le dan de beber, y algunos, en el último chiste macabro, le dicen: “Deja, vamos a ver si viene Elías a salvarlo”.

“Pero Jesús, dando un fuerte grito, exhaló el espíritu. En esto, el velo del Santuario se rasgó en dos”. Acababa de cumplirse en Cristo hasta la última de las profecías, y por eso, el velo del Santuario que impedía que los fieles viesen al Santo de los Santos, ya no tenía ningún sentido, no tenía ningún porqué, y se rasga en dos.

¿Qué es lo que hace que Cristo llegue hasta ahí? Si hemos visto su alma en Getsemaní y hemos visto su alma antes de salir al Calvario, ¿cuál es esta última de las profecías, cuál es esta última de las obediencias que Cristo tiene que sufrir? “¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?”, el salmo que recitaría nuestro Señor como última oración en el Calvario y que podría ser para nosotros un momento de especial encuentro en el alma de Cristo; que se va identificando con todos estos sentimientos, que mira a sí misma y ve los ultrajes recibidos y, por otra parte, mira a Dios y ve que Él es su Creador, su Señor, en su alma humana, en su naturaleza humana. Al mismo tiempo, Cristo se ve a sí mismo y se da cuenta de que no puede desconfiar de Dios y, sin embargo, está sufriendo la más tremenda de las obscuridades, la más tremenda de las noches del alma, cuando Dios mismo se aparta del alma de Cristo en un misterio insondable, en un misterio irreconocible, en un misterio ante el cual nosotros solamente podemos caer de rodillas y decir: “Creo, Señor, te adoro y te pido perdón, porque todo esa obscuridad, esa noche, la has querido pasar por mí.”

Y como quien no quisiera tocar la herida dolorosa de su Señor, pongámonos simplemente de rodillas delante de Cristo crucificado y pidámosle perdón, porque por nosotros, Él tuvo que llegar a sufrir incluso el despojo absoluto de su Padre.

Si nosotros llegásemos hasta ese encuentro, veríamos cómo Cristo nuestro Señor tiene que sufrir en su alma el sentimiento de la más tremenda de las injusticias: la ignominia de la muerte, que es la suma debilidad del ser humano al ver cómo su cuerpo se deshace por medio de la muerte. ¡Qué duro es ver morir a un ser querido, qué duro debe ser esa impotencia de Cristo, sin otro camino que el de la aceptación! Sólo cuando el hombre ha hecho de la cruz la presencia de Dios en su vida, como Cristo, su mente y su corazón es capaz de ver en la muerte un inclinarse profundo de Dios hacia cada uno de los hombres en los momentos más difíciles y dolorosos.

Cada vez que besamos una cruz, no besamos simplemente un instrumento de tortura en el que han muerto miles y miles de hombres a lo largo de toda la historia de la humanidad, besamos el signo que nuestro Señor hizo bendito con su muerte. En la cruz de Cristo, sobre la que viene la muerte en un torrente de impotencia y de amor, nosotros vemos el toque del amor eterno de Dios sobre las heridas del pecado, que son las que de verdad causan el dolor de la experiencia terrena del hombre. El alma de Cristo, imponente ante la muerte que ve venir, sabe que es el toque de amor eterno de Dios sobre la obscuridad de su debilidad como hombre, y de nuestras debilidades.

Pongámonos nosotros a los pies de la cruz, y dentro de nuestro corazón recitemos ese canto del siervo de Yahvé: “Despreciado y deshecho de hombre, varón de dolores, sabedor de dolencias como ante quien se oculta el rostro despreciable y no le tuvimos en cuenta. Eran nuestras dolencias las que Él llevaba y nuestros dolores los que Él soportaba. Nosotros le vimos, nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado. Él ha sido herido por nuestras rebeldías, herido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz y con sus cardenales hemos sido curados”.

En Cristo, Varón de Dolores, se encierra el dolor de la cruz; un dolor que abraza el dolor de todos los hombres de la historia. Son nuestras dolencias las que son llevadas; son nuestros dolores los que son soportados; son nuestras rebeldías las que abren su carne; son nuestras culpas las que muelen su cuerpo; son nuestros castigos, que Él soporta, los que nos traen la paz.

Cristo se convierte así en el depositario de toda la culpa de la humanidad. Cristo es el depositario de toda tu culpa y de toda mi culpa, de toda tu vida y de toda mi vida. Veamos a Cristo cargado con nuestros pecados, atrevámonos a decirle: “¿Te acuerdas de este pecado mío? Es tuyo. ¿Te acuerdas de esta otra infidelidad, te acuerdas de esta otra ingratitud? Te la llevas en tus hombros. Todos nosotros, como ovejas, erramos; cada uno marchó por su camino, y Yahvé descargó sobre Él la culpa de todos nosotros
Cristo abraza el dolor redentor en la cruz. Entre malhechores, entre insultos, entre esbirros que se burlan, va cumpliendo, una detrás de otra, las profecías que lo presentan como un cordero llevado al degüello, como oveja que, ante los que la trasquilan, está muda. Tampoco Él abrió la boca. Es el dolor redentor que pasa por la opresión, por la humillación, por el ser lavado, por el silencio…

“Tras arresto y juicio fue arrebatado de sus contemporáneos; quien se preocupa fue arrancado de la tierra de los vivos; por las rebeldías de su pueblo fue herido.” Personalicemos esto y démonos cuenta de que no es un juego que se repite toda la Semana Santa para que el pueblo cristiano tenga algo de que dolerse y algo de que arrepentirse; es una vida humana la que cargó sobre sí todos mis pecados. Una vida que fue considerada impía, maldita, alejada de Dios aun en su muerte. Pero Él era inocente. Su fecundidad proviene precisamente de su don.

Si nosotros nos atrevemos a ver esto así, atrevámonos también a hacer con Cristo un acto de oblación personal, a ofrecernos junto con Cristo en el misterio de la cruz, a ofrecernos junto con Cristo como el único sentido que tiene nuestra vida cristiana.

¿Cómo se puede ser feliz? ¿Cómo se puede perseverar y ser auténtico cuando mira uno a Cristo en la cruz? Solamente hay un camino: siendo corredentor con Cristo en la cruz, estando siempre clavados en esa cruz. Y, cuando vengan los problemas, piensen que ustedes quisieron ser de Cristo, crucificados con Cristo, salvadores de los hombres. Siempre que busquemos otra cosa en nuestra vida, vamos por un camino equivocado, vamos fuera del plan de Dios.

“En la vida de un cristiano, la luz tiene que estar presente y tiene que doblegarnos bajo su peso. No penséis nunca en una vida fácil, lejos del sufrimiento y del sacrificio. La vida terrena es para luchar, para caer en el polvo mil veces y levantarse otras mil veces, es una vida para ser humillados por amor a Cristo. No soñéis con vidas sin cruces. Porque la cruz es un instrumento connatural a la vida del hombre y en especial para aquellos que, por vocación hemos aceptado seguir a Cristo por los caminos del Calvario.

Ahora bien, llevad esa cruz con alegría, con el amor con que se ama a Cristo. Llevad esa cruz con optimismo, con el optimismo del cristiano, que por la fe conoce la trascendencia de su vida de frente a la eternidad. Llevad esa cruz y ayudar a otros a llevarla como buenos samaritanos”.

La muerte de Cristo en la cruz se convierte para nosotros en redención. Y si es un momento de profundo dolor, de negra pena, es al mismo tiempo, un momento de profunda liberación. Mi alma ante ese Cristo crucificado tiene que echarse hacia atrás, mi alma tiene que empujar, tiene que tomar su condición de apóstol, consciente de que a partir de ahora, el Señor crucificado vive en mí, que a partir de ahora el Señor redentor redime con mis palabras, redime con mi corazón, redime con mi celo apostólico, redime con mi ilusión de traer almas para Cristo, redime con mi obediencia, redime por vivir con delicadeza mi vocación.

Así es como Cristo muere este Viernes Santo en la cruz. No es repitiendo de nuevo su sacrificio que nosotros simplemente vamos a conmemorar. Es, sobre todo, haciendo que nosotros nos abracemos con más claridad y con más fuerza a este sacrificio redentor, hecho garantía, hecho amor, hecho corazón dispuesto a servir a los hombres.

Autor: P. Cipriano Sánchez LC.


Jueves Santo: institución del sacerdocio y de la eucaristía

Este día posee una muy rica liturgia con dos momentos muy fuertes: la misa crismal que se celebra por la mañana en la iglesia Catedral, en la cual los sacerdotes delante del obispo renuevan sus promesas sacerdotales, se bendicen los óleos de los catecúmenos y de los enfermos y se confecciona el óleo del crisma; y la misa de la cena del Señor y lavatorio de los pies que se celebra por la tarde en las parroquias.

En la liturgia romana antigua el Jueves Santo señalaba el final de la Cuaresma, pues con la celebración vespertina en que se conmemoraba la última cena tenía inicio el triduo pascual de la muerte (viernes), sepultura (sábado) y resurrección de Cristo (domingo).

Este jueves por la mañana el obispo celebraba una misa en la cual eran reconciliados los penitentes públicos, que, después de una larga y difícil penitencia, eran considerados dignos de ser readmitidos en la vida sacramental de la Iglesia.

Originalmente la bendición de los óleos sucedía o en la Vigilia pascual o en otras ocasiones según la necesidad. Sin embargo, ya hacia el siglo VII encontramos en Roma testimonio de otra misa celebrada al mediodía para la consagración de los óleos.

Con la supresión de las misas vespertinas por muchos siglos, la misa de la cena del Señor era celebrada ya por la mañana de este día, naciendo así la equivocación de pensarlo ya como parte del triduo pascual. La translación de la reserva eucarística que se hacía después de esta misa fue adquiriendo siempre más visibilidad. El altar de la reposición, principalmente con el influjo barroco, se transformó en un “monumento” adornado con una profusión de luces y flores. Las personas piadosas se dedicaban a recorrer las iglesias para visitar los monumentos.

La reforma de la Semana Santa de 1955 repuso la celebración de la Cena del Señor en la tarde de este día; buscó manifestar la unidad entre el sacramento y el ideal del servicio introduciendo el lavatorio de los pies y proponía una decoración discreta para el lugar de la reserva eucarística. En las catedrales se celebraba por la mañana la misa de la bendición de los santos óleos.

Con la reforma litúrgica del Vaticano II se mantienen muchas de las innovaciones de 1955. El papa Pablo VI quiso que la misa crismal fuera una auténtica fiesta del sacerdocio con una particular renovación de las promesas sacerdotales delante del obispo. También se hicieron algunos cambios en los formularios y en las lecturas para sacar a mayor luz los misterios celebrados en este día: la institución de la eucaristía y del sacerdocio ministerial así como en la misa vespertina el mandamiento del amor fraterno.

El don del sacerdocio    

En Cristo Jesús, somos una iglesia santa, una comunidad consagrada, un pueblo sacerdotal. Esta nuestra vocación nos llena de alegría y nos revela la altísima dignidad de todos los cristianos. Sin embargo, existen algunos hombres a los que el Señor eligió, y continúa eligiendo, para participar en un modo particular en su misma misión sacerdotal, y así prestar un servicio en este pueblo santo.

¡Pero qué locura la de Dios! ¿Cómo pudo confiar una misión tan noble, a criaturas de barro? ¡Qué extraña lógica es esta! Usar lo que es débil para confundir a los fuertes. Querer que personas tan pobres puedan abrir sus insondables tesoros. Confiar que el sencillo tenga algo que decir al sabio. Pretender que el frágil sostenga hasta al robusto. Sin embargo, así le pareció bien. Y aunque hayan pasado casi dos mil años, con tantos aciertos y desaciertos, existe aún un ejército de hombres que se ofrece a este ministerio.

Cada sacerdote sabe que su vocación nació allí, en aquella última cena. Todos reconocen que son indignos para cumplir una misión tan elevada, pero confiando en la gracia inagotable de Dios hoy renuevan el deseo de ser instrumentos en las manos del Señor.

La Iglesia, entristecida por algunos sacerdotes que no fueron capaces de ser fieles a su vocación, pero a la vez reconfortada por una inmensa mayoría que con tanta generosidad sirven cotidianamente al pueblo de Dios, y en sus limitaciones dan un elocuente testimonio de que vale la pena vivir por Cristo, ha invitado a vivir un año sacerdotal, en el cual todos son invitados a suplicar interceder por estos hijos de la Iglesia, para que sean fieles y felices en el apostolado.

El don de la eucaristía

Jesús sabía que su hora ya estaba llegando. Sin embargo, él quiso perpetuar su presencia en la historia y en la vida de aquellos que creen en él. Por eso, con mucha sencillez y también con mucha perspicacia tomó elementos de la creación, usuales en la vida de su gente: el pan y el vino, y entregó a su Iglesia el modo de transformarlos en su cuerpo y su sangre. Con esto, él puso en nuestras manos la posibilidad de realizar sacramentalmente el encuentro más íntimo, más fuerte, más profundo del hombre con Dios: se hizo nuestro alimento, capaz de saciar toda hambre y satisfacer toda sed.

Desde aquel día, los cristianos tienen este modo privilegiado y seguro de encontrarse con él y entrar en su misterio; esto es, celebrar la eucaristía. A través de este rito, que Jesús nos enseñó en este día y que la Iglesia fielmente custodia, podemos místicamente estar sentados con él a la mesa de la última cena y también a los pies de su cruz, recibiendo eficazmente toda la gracia de su sacrificio redentor: pues “cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz anunciamos su muerte, hasta que vuelva”.

Es también muy importante reconocer que la Iglesia realiza la eucaristía y se realiza en ella. De hecho, el misterio de la Iglesia y de la Eucaristía están íntimamente unidos, pues ambas son el cuerpo de Cristo y se necesitan mutuamente para existir.

Para vivir bien este día

“Y habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.” (Jn 13,1) “… se levantó mientras cenaba… y se puso a lavarles los pies a sus discípulos…” (Jn 13,4-5).

Jesús mismo nos dejó un mandato: “Hagan esto en memoria mía”. Estas palabras no son solamente una invitación a repetir el rito de aquella singular cena; son también una desafiadora propuesta de hacer lo mismo que él hizo, esto es, dar nuestra vida completamente por los hermanos.

Más concreto Jesús no podría haber sido: cuando terminaba la cena tomó una palangana y empezó a lavar los pies de cada uno de sus discípulos. Seguramente, algunos de ellos pensaron que Jesús (hombre-Dios) estaba loco. Quién se podría imaginar que Dios, el Señor del cielo y de la tierra, podría llegar a este punto: lavar nuestros pies. Sin embargo, si entramos en la lógica del amor entendemos que para quien estaba dispuesto a dar la propia vida, lavar los pies era un detalle, era una placer.

Nuestra fe, nuestra misa no puede reducirse a una práctica ritual, sino que debe transformarse en acción concreta para con los hermanos. Te propongo hoy meditar sobre este gesto de Jesús. Más aún, dejar que el Señor omnipotente lave hoy tus pies, como un signo de cuánto te estima y ama. Y ojalá esto te motive a imitarlo.

Di hoy durante todo el día: “Jesús, que me has amado hasta el extremo, ¿qué quieres que yo haga?

Del Testamento de San Francisco de Asís

“Y el Señor me dio tanta fe en las  iglesias, que oraba y decía así sencillamente: Te adoramos, Señor Jesucristo, también en todas tus iglesias que hay en el mundo entero y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo. Después de esto, el Señor me dio, y me sigue dando, una fe tan grande en los sacerdotes que viven según la norma de la santa Iglesia romana, por su ordenación, que, si me viese perseguido, quiero recurrir a ellos. Y no quiero advertir pecado en ellos, porque miro en ellos al Hijo de Dios y son mis señores. Y lo hago por este motivo: porque en este siglo nada veo corporalmente del mismo altísimo Hijo de Dios sino su santísimo cuerpo y santísima sangre, que ellos reciben y solo ellos administran a otros. Y quiero que estos santísimos misterios sean honrados y venerados por encima de todo y colocados en lugares preciosos”.

Oración del día:

Dios nuestro, que nos has reunido para celebrar aquella Cena en la cual tu Hijo único, antes de entregarse a la muerte, confió a la Iglesia el sacrificio nuevo y eterno, sacramento de su amor, concédenos alcanzar por la participación en este sacramento, la plenitud del amor y de la vida.

Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

 

Hno. Mariosvaldo Florentino    


José Fco. Faeth: “ CABALLERO DE CABALLEROS”


Mynor Esquivel

 

“Listos al brazo (…), Listos al hombro” ; “ Dentro estaquillas (…), fuera estaquillas”. Estas frases son las que resumen de mejor manera y forma; porque no, retratan también al Ex Presidente de La Orden Los Caballeros del Santo Sepulcro de Santa Iglesia Catedral Metropolitana  quien con ese “gritillo” – estilo militar y popularizado en cada procesión – imponía respeto,  aplicaba orden y  disciplina, aparte de que conjugaba  con ello, su fe y devoción por Jesús Nazareno y el Santo Sepulcro con su yacente respectivo, aspectos que transmitía a sus compañeros quienes – cada uno a su estilo – trataban de cumplir sus ordenes.

Así es como mejor se puede resaltar la gestión de don José Francisco Faeth Páez QdDg, quien dedica seis décadas de su vida  a ser miembro de la cofradía y de ellos poco más de treinta como jerarca. Gracias a su esfuerzo y el de otros muchos en los años 70 se vieron en esta Santa Iglesia Catedral de San José, procesiones que serán y ya son inolvidables a los ojos de muchos costarricenses que peinan canas y otros que nacidos en un pretérito más cercano rememoran esos años que se espera vuelvan en este tercer milenio.

Este contador de profesión lleva en su sangre, corazón y alma una gran devoción no solo a Jesús Nazareno y el Santo Sepulcro sino también por las Vírgenes de La Dolorosa y La Soledad, y,  por obvio, a Cristo Resucitado.

“ Para mí ornamentar el Santo Sepulcro y arreglar (entiéndase vestir) al Nazareno  fue,  es y será una de las mayores bendiciones que me ha dado Dios. Ahora por mi salud ya no estoy al frente del grupo, sin embargo, siempre les acompaño y puedo admitir que siento la misma o más felicidad que el primer día que ingrese a la cofradía”, comentó. Este hombre de más de 70 años estuvo casado con doña Nora Sáenz (QdDg) y es padre de Javier Francisco y Mary Ann, además es abuelo de Javier y Jennifer; considera a su nuera Jeannette como una hija propia. “ Gracias a Dios mi hijo Javier ha seguido esta tradición y espero que mi nieto – en un par de años – lo haga también pues la devoción, veneración y fe por el Nazareno y el Sepulcro vienen desde muy dentro de mi corazón”dijo.

Para  Mary Ann, su hija, el legado de “ Faeth” – como le dicen de cariño sus compañeros de cofradía – esta más allá de una procesión pues él siempre ha sido un hombre muy servicial, sensible, trabajador y sobre todo, un ferviente devoto de toda la religiosidad. “ Debo dar gracias a Dios por haberme dado unos padres tan especiales quienes con su obra transmitieron el legado de una fe, la que hoy nosotros transmitimos con la misma intensidad  a la siguiente generación,”, finalizó esbozando una pequeña sonrisa de satisfacción por la gestión de su padre, el “Caballero de Caballeros “, José Francisco Faeth Páez

 


VIERNES SANTO EN LA CAPITAL*

Mario Alberto Jiménez

 

No pertenezco a ninguna de las confesiones, sectas o sociedades Inter.-denominacionales en que se divide y subdivide el cristianismo; no obstante, si alguien se preguntara, que nadie me lo está preguntando, cuál es para mí la solemnidad más grata del año, tendría que contestarle, a fuer (manera) de sincero, que el Viernes Santo. Cuestión de gustos. Tal vez resabios coloniales, y hasta algunos insignificantes recuerdos de familia. Estoy seguro que si el asunto se pusiera a votación, la inmensa mayoría de los costarricenses se pronunciaría por la Nochebuena. Cuestión de literatura.

El Viernes Santo es la conmemoración que se ha conservado, aunque sea en sus restos, más como cosa nuestra. De ella no se han apoderado ni los cursis ni los socialistas; no hay una Semana Santa de ricos y otra para pobres. Ni todavía, el furor de los comerciantes. El ayuno de los fieles es, ciertamente, uno de los mejores negocios del año, pero los almaceneros por lo menos no venden sus sardinas al son de villancicos, ni tampoco han inventado que todos tengamos que torturarnos sistemáticamente por esta época regalándonos a la fuerza unos a otros, frascos de encurtidos o paquetes de bacalao, conforme los dictados de la casa Dennisson, esto es, envueltos en celofán de colores, con moñitos de cintas en las puntas y etiquetas o colillas que digan: From… to…

Los poetizantes repetirán (no hay nada rutinario como los poetas) que las vitrinas de los comercios son muy exóticas por Navidad con sus renos, abetos y San Nicolases que hablan sueco o noruego; no han caído en la cuenta que nunca lo son tanto para Semana Santa. Es difícil que un literato confiese que una ventana llena de alimentos en conserva tiene poesía. Como no soy literato sí puedo hacer sin desprestigio la declaración. Esas ventanas de Semana Santa rebosantes de zoología, botánica y geografía son preciosas. El diablo, para que no podamos imitar al Señor en el desierto, ingenioso nos tienta con viandas y golosinas que trae de los cuatro confines del mundo; bacalao de Noruega, salmones del Canadá, calamares de España, caviar de Rusia,  caracoles y paté de Francia, arenques de Holanda… De España y Francia otra vez olivas y champiñones, chiles de México, higos de Italia, dátiles de Arabia, melocotones de California, mostazas de Inglaterra… Tenía razón el diplomático argentino que definió con cierta nostalgia a San José como una aldea, pero una aldea llena delikatessen. Definición exacta sin olvidar, esta vez por supuesto, las súrtubas, palmitos, y pacayas de nuestros bosques y el muy colonial y tan clásico por Semana Santa como por Navidad de los tamales, y el un poco salvaje  dulce de  chiverre con sus aliños de queso de Bagaces, hoja de higo y clavo de olor.

No somos los capitalinos muy aficionados que digamos a las procesiones nunca las hicimos con la pompa e imaginación de los cartagineses. La de Corpus Christi no puede ser más insignificante. La tan simpática y productiva del Dulce Nombre, recogiendo por las calles donativos en gracia por habernos espantado el cólera del año 56, se terminó –(aunque la tradición volvió) cuando unos sacerdotes dieron por trompearse (o darse de paraguazos) en pleno desfile disputándose  jurisdicciones  parroquiales. Mientras el santo esperaba en el suelo. La de nuestro patrono San José, se reduce a seguir sacando cada año su imagen a darle una vuelta alrededor del Parque Central como cuando la capital era apenas ese parque. No conoce San José nada de su nuevo San José; ni las urbanizaciones de los ricos ni las ciudades de perreritas que construye el INVU.

Los obispos alemanes que tuvimos, Thiel y Stork, desterraron muchas tradiciones nuestras. En el fondo de todo alemán, aunque sea obispo católico hay un reformador, les chocaba a los importados prelados muchas cosas de raigambre española y decantaron en la capital cuanto pudieron. Así se terminó la procesión del Domingo de Ramos. Esa procesión degustaba mucho a los josefinos, comenzaba a agitarse en el país el sentimiento de las masas la entrada de Jesús triunfal en Jerusalén fue la única manifestación de fuerza que organizaron los primeros cristianos y los capitalinos se iban detrás del señor jinete en su burrito con el mismo entusiasmo y bullicio con que irían a las ovaciones de Don Máximo Fernández. Ciertos paralelos comenzaron a preocupar. La única procesión que nos queda de medio ver es la que llamamos del Santo Sepulcro, los españoles dirían del Santo Entierro. Se puede ser o no católico, pero hay que convenir en que este desfile en la capital con su abundancia de bebés, niñas y mocitas, que, portadas en andas floridas forman un cortejo de suntuosos querubines, ángeles y mujeres bíblicas de raso y terciopelo, es una alegoría encantadora, sobre todo para los que no tenemos esperanza de ver el cielo. Somos sin duda de los más legítimos hijos de España y sin en el trasplante perdimos el gusto por la danza y el canto también perdió el gusto por las cosas tétricas y lúgubres. No somos sandungueros pero tampoco patéticos. Entre un Zurbarán y un Murillo, el tico preferirá siempre el Murillo. La procesión del Santo Sepulcro representa muy plásticamente algo de desequilibrio anímico del capitalino. Es el más amable de los entierros. Podría llamarse Dulce Entierro. Nunca tuvo nada de alucinante, ni siquiera la hora. Últimamente es que algunos sacerdotes intentan introducir el gusto por las procesiones nocturnas, para hacerse los dramáticos, a las que nunca fueron aficionados josefinos. Lo único espectral de la ceremonia lo da la proyección oblicua de la luz de las cinco de esos atardeceres plácidos de marzo y abril. El sol transparente del año dora barrocamente la procesión y quiebra muy bonito sobre el caro cristal de roca de la urna funeraria en que se porta el cadáver. Ese Santo Sepulcro de la Catedral Metropolitana no es monumental, pero sí de muy buen gusto. Tiene la mesura y proporciones de las cosas hechas en París. Allá lo compró personalmente mi abuelo materno. Dicen que pesa mucho y por la gracia de sus líneas parece tan liviano como el humo de los incensarios.

Si en las procesiones griegas lucían estatuarias las canéforas en honor de la divinidad, en las nuestra son las Marías, ángeles y angelillos de ricas y variadas túnicas los que ofrecen su inocente hermosura de cromo. En las alas de estos angelillos vuelve a triunfar el papel crepé de Dennison. Antes la llevaban de auténticas plumas, ojalá de garza. Un ángel capitalino nunca es un ángel músico. Nada de trompetas o de liras. O son aprendices de carpintería con martillos y clavos, o portan flores y copones. Sobre todo la flor nacional que precisamente revienta por la cuaresma y que para mayor coincidencia es como la definió el poeta: “moradas cual la túnica de Cristo”, de un tinte que ningún pintor ha podido imitar.

Como las canéforas, esos espíritus celestes pertenecían en antaño a las familias más distinguidas o pudientes. Todo cambia. Hasta el oficio de serafín se democratiza. Los angelitos últimamente arralan, ya no son aquellos séquitos interminables. Las vacunas, por un lado, sustituyendo con ventaja las promesas por la salud infantil y, por otro, las familias bien no considerando chic movilizar sus hijas para la alegoría del Viernes, al revés de antaño cuando eso era toda una presentación social, una manera de que la niña comenzara a figurar. Tal vez la grada en su carrera de belleza que un día culminaría en algún reinado social mientras llegaban a matronas o auténticas Magdalenas. Una carrera que como la militar tenía sus grados: chiquitinas, luego ángel común; más tarde ángel de las Siete Palabras o ángel de la Consolación que siempre es un ángel tullidito; y cuando mocitas, Verónica, Magdalena. Samaritana, o cualquier otra personalidad del ala femenina del naciente cristianismo.

Si el sol de nuestras tardes de marzo y el tinte de las guarias moradas hubiesen seducido al mismo Tiépolo quien sabe que habría hecho Hogarth con la imprescindible escena de los familiares del ángel marchando detrás de las andas; el papá, la mamá que seguramente también fue en su oportunidad ángel, las tías solteronas que no triunfaron como ángeles, y la abuelita sobreviviente, que so pretexto de cuidar de la criatura va parando la oreja para apreciar, como sin querer el efecto.

 

—Mirá este otro.

—¡Qué lindo!

—¡Qué bien arreglado que va!

—¿De quién es…?

Todo un concurso de belleza. De esa belleza racial de que tanto nos hemos pagado. Porque no se nos olvide, un ángel tico debe ser rubio. Nada de “angelitos negros”. Aquí los negros pueden ser lo que quieran menos angelitos.    De palo en la procesión el Cristo, la Virgen de la Soledad y San Juan. El Cristo es una talla muy agradable. El escultor logró una serena y noble imagen de la muerte llena de equilibrio.

En la curia la tienen por labor guatemalteca. Creo que se equivocan. Es una hermosa escultura costarricense. Lo sé porque, a menos que la hayan sustituido, ese Cristo fue tallado en la cocina de la abuela materna de mi padre. Su autor es el artista ramonense Manuel (Lico) Rodríguez, tío bisabuelo del gran escultor Paco Zúñiga. Dinastía de escultores. Otros nietos suyos son literatos de nota, etc. cuando Rodríguez vino a la capital para ejecutar el encargo del Cristo yacente le alquiló a mi bisabuela el portón de la calle de su casa de habitación. Allí le habilitaron un pequeño taller al igual que Miguel Ángel, Lico Rodríguez era de un pésimo humor y no permitía que nadie apreciara los progresos de su trabajo. Echaba a todo el mundo afuera. Mi padre y sus hermanos muy pequeños, se iban por la cocina y a través de las rendijas de un improvisado tabique atisbaban estupefactos y medrosos los milagros de las gubias del gran maestro ramonense hoy olvidado ¿Qué sabemos de nuestros imagineros? Nada.

Dicen que no hay peor iconoclasta que aquel que conoce el leño de que se hizo el Santo. A mí me sucede todo lo contrario; siempre miro pasar con simpatía el Cristo que se talló casi en la cocina de mi bisabuela y que se muestra  en la urna que trajo el abuelo de Europa en un viaje casi sin retorno. El barco sorprendido por una furiosa tempestad por poco no zozobró. Aquí se dio por perdido. Sólo mi abuela, como en las novelas, no quiso enlutarse. Tesoneros, mi padre y su hermano Mariano, muy niños, iban todos los días a la compañía de navegación a inquirir noticias, hasta que un día se supo que el barco había sido lanzado a Barbados y que ahí se encontraba en reparación. Esa urna de cristal siempre me recuerda una de las épocas amargas e injustas de la pequeña historia familiar.

La virgen no sé de dónde procede. Es una imagen directa y bien vestida. Al revés de cómo en Sevilla o de la procesión en Cartago, los hombres aquí no se ocupan de ella. Llevarla en un privilegio de las mujeres. Dicen que conocen el marido. Algo de eso es cierto según mis propias estadísticas. Así por ejemplo, teníamos una vecina estrafalaria que siempre la llevaba y se caso cuatro veces, aunque el último era un polaco y la desvalijo de la herencia de los otros tres, pero al fin, era un marido. Hay algo muy dramático en el grupo de mujeres cuando después de la procesión apretujada van a solas a devolver a la Virgen al templo de la Soledad, mascullando el rosario en la oscuridad y cuesta abajo.  Rezagado cierra el desfile en San Juan. Nadie se lo disputa ¡Y tan bien que se portó el día de la Pasión! Lo único notable de esta imagen barbalinda era su gesto señalado con afectación. Eso dio origen al conocido dicho irreverente de “Cuando San Juan baje el dedo”, con el cual los costarricenses expresamos un plazo sin vencimiento o una condición imposible. San Juan bajó el dedo. Se lo bajaron mediante una hábil y oportuna operación de cirugía plástica. El dicho persiste.     En el cortejo figuran otros apóstoles figurados por niñitos. Iban dos versiones. Los ricos en andas y forrados en terciopelos y los pobres a pie y vestidos de guinga. Era el contraste más gracioso. Era. Lo prohibieron últimamente. Sólo se permite los apóstoles en andas. Una verdadera inconsecuencia social e histórica.

La costumbre nacional antiquísima, hoy en vías de desaparición, era el silencio en Viernes Santo. En las casas se apagaba el fuego y en las calles cesaba el tránsito de vehículos y bestias. Hasta morirse era prohibido en Viernes Santo. Era una costumbre sabia. El instinto creó un estado de calma que los especialistas en eso que se llama salud mental no han podido mantener. Un día entero en silencio. Un día sin tumulto. Un día sin pregones, sin vendedores de lotería, sin mendigos, sin periodistas, sin basureros, sin bicicletas, sin niños popof, sin noticias de las matanzas en América y, sobre todo, sin los rastacueros que van a comprar fósforos a la esquina en sus colosales y chillones automóviles, en un día maravilloso. Lástima grande que esa autentica costumbre nacional, la más bella y sana que teníamos, vaya desapareciendo. Un día en que los speakers, los estadistas y los mentores tienen que callarse es el día más perfecto del año. Es el día de los tontos y es el día de los inteligentes. Todo los costarricenses debiéramos comprenderlo así y los extranjeros ayudar, y unos en nombre de la religión y otros en nombre de la higiene, unos en nombre del espíritu y otros en nombre de la materia, unirnos para mantener intacta la paz colonial del Viernes Santo. Los de la izquierda y la derecha, católicos, protestantes, judíos y herejes, trabajamos para que si es necesario se eleve el mandato constitucional el derecho a ese día de absoluto reposo espiritual. Si sólo un día de tranquilidad colectiva nos diera el cristianismo, el cristianismo ya está justificado. Que el silencio del Viernes Santo sólo lo interrumpa a la caída de la tarde, la marcha fúnebre del maestro Chávez, el “Duelo de la Patria”, cuyos acordes siempre traen calma al ánimo de los ticos, porque son tan armoniosos las guarias de marzo.

 


Mañana del Viernes Santo

Max Jiménez

Corrían las once de la mañana del Viernes Santo.

Un Viernes Santo infantil. La lluvia había suspendido su costumbre. Hizo un alto para que el juicio de Nuestro Señor se efectuara con su completa pompa y tristeza.

Las matracas en el atrio, con su martilleo de madera, y el incienso que salía de las naves con el murmullo de las oraciones, anunciaban la salida de la procesión.

Los hombres esperaban en la pulpería de la esquina para reunirse al cortejo. Allí estaba el tata del Chunguero, ñor Sebastián, una reencarnación de don Quijote, blanco, de ojos azules.

La procesión se acompasó con las matracas, las oraciones y el humo. Los santos en sus andas se balanceaban blandamente. La Verónica y la Magdalena contraían el ceño. El viento ondulaba los árboles de la plazoleta.

Unos hombres, los centuriones, con escopetas herrumbradas y con unas cuerdas que partían de la cintura de Jesús, ponían caras feroces.

Ñor Santiago llamó a su hijo:

─Chunguero, ¿no ves eso?

─Sí, tata. (Bien se entendían).

─Búscate a los otros.

Y se tomaron un guaro.

El Chunguero llamó a sus hermanos. Eran seis. Seis borrachos.

Al pasar la procesión frente a la pulpería, ñor Santiago, con gesto firme, bajo dijo:

─Dejen a Jesús. Nada les ha hecho.

Uno de sus amigos que seguía la procesión le agregó:

─No jodás. Deja la procesión quedita. No ves que ese Jesús es de palo.

─Que dejen a Jesús. Vos sos el que estás jodiendo… Y de una terrible trompada derribó al amigo.

El santo sacerdote, que frecuentemente tenía que hacer de bravo, gritó con un acento español.

─No se apendejen,─y levantándose la sotana y los atavíos, agregó.─Yo también tengo pantalones. Vean, cobardes… Y le metió al primer hijo de ñor Santiago.

El perdiguero que vio aquello, le rajó la cabeza a uno con el guión.

La magdalena fue a dar contra un barrial y gritaba por no poder soltarse de un palo al cual la habían amarrado para que no se cayera. Y hasta hubo quien conservara la serenidad y lograra ver partes pecaminosas en aquella humilde servidora del señor volcado.

La cabeza de San Juan rodó por la zanja y parecía destilar nuevos lagrimones.

San Pedro perdió las llaves y, al rompérsele la túnica, se vio que le faltaba el cuerpo.

Al ruido de los golpes y las voces del sacerdote que se vio obligado a invocar a Satanás, llegó la policía del pueblo, amparada por los refuerzos que en tales ocasiones era costumbre enviar de la ciudad, porque en San Luis de los Jaules la Semana Santa siempre era peligrosa.

La policía sacó las crucetas y a cincha, ─la cruceta empleada de plano─logró meter en un cuarto que llamaban cárcel a ñor Santiago con sus críos.

Y un hijo:

─Ves, tata. Siempre salimos mal. Siempre nos zampan en la chirona.

─Sí, pero Dios nos lo tiene en cuenta.

Las nubes empezaron a formar sus cúmulos. El sol cerró el ojo. El tiempo tornó a su gris.

Costó gran trabajo restablecer las imágenes para la procesión de la tarde, la de las tres, la hora de la muerte.

San Pedro tuvo que salir sin una mano y la Magdalena con un cardenal en la frente. El pueblo creía que aquello era un castigo merecido, por que la verdad era que aquella Magdalena, por sus costumbres, encarnaba demasiado bien a la Magdalena.

El cielo no pudo contenerse más y soltó el llanto. La procesión del Santo Muerto perdió el ritmo y lo adquirió de barro: un chapaleo de plantas de pies. Huellas que se cerraban inmediatamente, hundiendo en la tierra la oración.

En la mañana siguiente, cuando fueron a abrirles a ñor Santiago y a sus hijos para que rindieran sus declaraciones ante la autoridad, desde luego ya no estaban en la celda. Fragmento de El Jaul

 

 

 

 

 

 


JUEVES SANTO: Los Apóstoles.–El Lavatorio.–La Caña Sagrada

Luis Dobles Segreda

Este de hoy es Jueves Santo. Día de toda santidad.

Jesús a dicho a sus discípulos: Asentaos aquí mientras que yo vaya a orar allá.

Y tomando a Pedro y a los hijos de Zebedeo comenzó a entristecerse y acongojarse.

El Maestro levantó sus manos, casi transparentes, hacia el cielo limpio y dijo.

Triste está mi alma, hasta la muerte. Quedaos aquí y velad conmigo, y andando unos pasos se postró en tierra oprimiendo su rostro sudoroso y ajado por el polvo entre sus manos que curaban la lepra y devolvían la vista a los ciegos.

Padre mío, aparta de mí este cáliz de amargura, mas si es preciso que lo beba, hágase, Señor, tu voluntad que no la mía.

Y, cuando finó su oración, vino y los halló durmiendo y dijo a Pedro: ¿Por qué duermes y no has podido velar una hora? Velad y orad para que no entréis en tentación, porque el espíritu a la verdad es presto, mas la carne es flaca.

Yo fui de niño, a acompañar al Buen Jesús es ese Huerto de Getsemani   y a postrarme de rodillas besando la dorada orla de sus vestidos para santificar mis labios.

En la mañana de un Jueves Santo, como éste, mi madre me bañó todo entero, con agua tibia, pero, especialmente, fregóme las piernas con una perfumada pastilla de jabón y un suave paño de hilo azul bordado en rosas.

Luego dióse al empeño de recortarme las uñas de los pies con cuidados inauditos, limando excoriaciones, emparejando cortes, limpiando hendeduras con paciencia ejemplar.

Después, ella misma una pierna y una tía la otra, me frotaron ungüentos aromáticos y bañaron mis consentidos pies con un baso de loción. Nunca me dieron antes tamañas atenciones.

Me calzaron unas sandalias rojas, atadas con cintas de seda que me subían por las pantorrillas entrecruzándose suavemente.

Me levantaron en vilo para que no ensuciase las suelas de aquellas sandalias que iba a estrenar. Pusiéronme una túnica de sedas multicolores y atáronla a mi cintura con un cordón dorado que llevaba en los extremos borlas que parecían cosa de reyes.

Con esa indumentaria, casi romana y casi campesina, me trasladaron al templo porque yo iría en calidad de Apóstol a acompañar al Nazareno. Sentaron me con otros muchachos coetáneos en sendos sillones de peluche y pana, recamados con guarniciones doradas.

Mi padre, que hasta entonces no había metido mano en nada, me informó al oído, quizás que me mantuviese quieto o para que me hiciese cargo de mi elevada posición, que esas butacotas habían sido traídas del Palacio Municipal.

Allí estaban Oscar Pacheco y Juan Rodríguez y Emilio González, los compañeros de armas en los juegos de rayuela y en el baile de los trompos y los compañeros de fatigas en la suma de quebrados y en la conjugación de los verbos.

Nos mirábamos de reojo, con satisfacción íntima, pero no nos era dable cruzarnos palabras, porque así nos lo habían advertido las gentes de sacristía.

Yo de hito en hito miraba a la multitud que llenaba el templo y, desde mi alto sitial, la consideraba como gente plebeya y casi insignificante en relación con mi alto rango en aquel rol de Apóstol del Maestro.

Pero cuando en verdad se me subió en humo a la cabeza fue en el momento en que, el señor Cura, agobiado bajo el peso de su vistosa casulla, ilustrada con bordados de oro, y el señor Gobernador de la Provincia, con la majestad de sus barbas entrecanas, donde sobraba pelo, y la solemnidad de su calva espejeante, donde no había ninguno, se pusieron de rodillas junto a mí.

El uno llevaba una aljofaina brillante de porcelana, que contenía agua con pétalos de rosas, el otro una toalla bordada de flores azules y olorosa a azucenas. Entre los dos personajes, los más altos de toda la Provincia, se apoderaron de mi pie derecho. Lo lavaron una vez más y lo enjutaron con tan delicado esmero que sentí vergüenza por cuanto estaba sucediendo.

Era la ceremonia del lavatorio. Aquellos hombres, toda santidad el uno, todo gobierno el otro, daban testimonio de infinita humildad prosternándose de rodillas y lavándole los pies a un niño pobre y sin merecimiento, como yo.

Entonces comprendí la razón del cuidadoso afán de mi madre en limpiar mis plebeyas extremidades, en aquel Jueves Santo, como nunca en otro día del año y entendí también cuán alto era mi privilegio de poder estirar el pie desnudo para que aquellos hombres meritísimos lo limpiaran.

Tan abstraído y abismado estaba en tantas reflexiones que casi caigo de la silla cuando oí alboroto de armas y vocerío irrespetuoso en la tranquila nave.

Dice San Marcos: “Y vino Judas, que era uno de los doce y con él una compañía con espadas y palos que llegaban de parte de los Príncipes de los Sacerdotes y de los escribas y de los ancianos.

Y el que le entregaba les había dado señal común diciendo: al que yo besare es, prendedle y llevadle con seguridad.

Y como vino, se acercó presto a Jesús y le dice: Maestro, Maestro, y le besó.

Entonces ellos echaron sobre él sus manos y le prendieron”.

Esos judíos eran unos cuantos muchachotes del pueblo que hacían el papel de sayones para servicio de la Iglesia y realce del recuerdo, tal como hacía yo mi papel de Apóstol.

En mangas de camisa, con sombreros a la Pedrarias Dávila, encintados de rojo vivo, con unas caras de descaro, como de gente sin entrañas. Venían armados de fusiles y de espadas y haciendo ruido de espuelas sobre el mosaico del templo, al son de un tamborcillo de pellejo.

Yo sentí odio profundo por aquellos facinerosos que, desde el fondo de mi ánimo, maldecía. Pero, el dolor más grande de ese día lo tuve cuando me percaté de que, entre la tropa desvergonzada e insolente, iba un hermano de mi padre con la cara orgullosa y con satisfacción descarada porque podía entrar al templo con el sombrero encasquetado y con el ala recogida en son de desafío.

Desde aquella fecha odié profundamente a mi tío hasta que ya crecido, me movieron a convicción de que su papel era en servicio de la Iglesia, para realce de los homenajes y que, precisamente con ello iba pagando una promesa por no sé qué bien recibido…

Porque dice San Mateo: “Y la tropa de soldados tomaron a Jesús en el pretorio, allegaron a él toda la compañía y vistiéndolo, lo envolvieron en un manto de púrpura y tejiendo una corona de espinas, la pusieron sobre su cabeza y una caña en su diestra mano y arrodillándose en su presencia, hacían burla de él diciendo: Ave, Rey de los Judíos. Y, escupiendo en él tomaban la caña y heríanlo en la cabeza”.

Esta caña que por cetro pusieron a Jesús, y con la cual le golpeaban sin piedad trae a mí un dulce recuerdo de infancia.

Una Semana Santa, miércoles por la tarde, yo fui, siendo niño, y descendí por los ribazos del río Pirro, con el señor Sacristán de la Parroquia para cumplir una delicada y santa comisión:

Íbamos a cortar una caña brava. La más erecta, la mejor, la más gorda, para ponerla en manos de Jesús el Jueves Santo.

Habrían de pasearlo, vestido de loco, con una caña en la mano y un manto de púrpura en los hombros.

Era la más delicada comisión en que, hasta entonces, había empleado mi vida. No era yo quien había recibido el encargo, era el señor Sacristán de la Parroquia. Pero él, por una deferencia que todavía agradezco, me hacía partícipe de su gloria y me llamaba para que lo acompañase. Yo era entonces rata de sacristía.

Cortó la caña él y yo propuse llevarla.

Era un justo deseo, apretar en mis manos la caña que habría de apretar en las suyas el mismo Nazareno.

Pero el señor Sacristán de la Parroquia, tal vez pensaba lo mismo, y lo enternecía, de igual manera, aquella humilde caña brava.

Me la Negó.

–Usted la quiebra, estas cañas son como vidrio.

Lo dijo secamente, pero luego agregó, para consolarme:

–Como usted está pequeño, la puede quebrar.

Y la levantaba en alto para librarla, para que la caña pasase por los recodos del atajo sin estropearse.

El pobrecillo, al pesar mi tristeza, añadí, matando escrúpulos:

Se puede resbalar, esto está como un pan de jabón.

Yo marchaba detrás, resignado, casi convencido de que tenía razón el señor Sacristán de la Parroquia.

De cuando en cuando mis manos intervenían en el negocio y acariciaban las hojas de la caña, para librarlas del contacto con la maleza unas veces, las más para bendecidme, como si esa humilde caña, ya cortada con místico destino, tuviese la virtud de santificarme.

Un día antes yo la había hecho trizas, sin importarme un comino: la había despedazado con el cuchillo como cosa vulgar y la había arrastrado por el sendero, complacido en verla rota y llena de lodo.

Ahora tenía que defenderla, rodearla de toda ceremonia. De humilde caña insignificante había pasado a ser, por milagro de aquel cuchillo del señor Sacristán, la caña sagrada, la caña única, que habría de simbolizar la locura y el escarnio con que el pueblo judío hacía mofa del buen Jesús.

Y el Jueves, en plena procesión, yo alzaba los ojos para mirar al santo, levantado en su peana sobre los hombros de los devotos, y miraba con más fervor la caña que la imagen. Todo estaba envuelto para mí en un velo de santidad, todo ennoblecido por una luz de beatitud, que me deslumbraba, pero la caña tenía algo más. Yo la había visto cortar, yo había venido a traerla a Pirro y eso la ataba a mí con viva fuerza espiritual.

 

No cabía de gozo al contemplarla y me parecía que todas las personas ponderaban la caña como la más hermosa, como la más erecta, como la más linda caña que hubiesen visto nunca

Y, con inocente preocupación de niño bueno, miraba a las personas que se movían a mi lado, como esperando que alguna se me señalase con el dedo para mostrar a las gentes al niño que había ido a buscar la caña a Pirro.

Después, convencido de que aquel trabajo estaba ignorado de todos, que a nadie interesaba, sentía gran deseo de gritar a voz herida:

–Señores, yo fui quien trajo la caña.

Pero, al irla a quitar, la carota roja y sudorosa del señor Sacristán, que dirigía la procesión, se interponía.

Entonces yo, como avergonzado pensaba:

–Es decir… yo ayudé… yo fui en compañía del señor Sacristán de la Parroquia.

 


Un amor de entrega y presencia en su Cuerpo y Sangre Jueves Santo. La Eucaristía, una presencia que se hace compañía cada vez que nosotros nos acercamos al Sagrario.

Manuel Murillo Garcia

Siempre que uno reflexiona sobre el misterio de la Eucaristía, podría dejar de lado que la Eucaristía es un misterio de presencia de Cristo, un misterio de entrega de Cristo. Una entrega que se hace presencia cada vez que el sacerdote pronuncia las palabras sacramentales sobre el pan; una presencia que se hace compañía cada vez que nosotros nos acercamos al sagrario.
Vamos a contemplar el misterio de la institución de la Eucaristía, pidiendo a Jesús entregarnos con Él, que se entrega; hacerme don con Él, que se da; dejar invadir mi corazón del corazón de Cristo entre los hombres. Un amor hecho entrega y presencia en su Cuerpo y su Sangre Eucarísticos.

“Cuando llegó la hora, se puso a la mesa con los apóstoles; y les dijo: con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros[...] Tomó luego pan, y, dando gracias, lo partió y se los dio diciendo: Éste es mi cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío´. De igual modo, después de cenar, tomó la copa diciendo: Esta copa es la Nueva Alianza de mi sangre que es derramada por vosotros.”

Un pan y un cáliz que yo sé, por la fe, que son su cuerpo y su sangre. Se ha realizado un milagro, el milagro más grande. La pasión de Cristo se ha realizado de una forma incruenta. Efectivamente su cuerpo y su sangre son su sacrificio. Cristo ha realizado su sacrificio, incluso antes de morir. Como si su amor fuese tan grande que fuese capaz de anticipar el misterio de la redención para mí. Y este don, este sacrificio se me da a mí como cristiano; se da a todos los hombres.

¿Qué es lo que hace Cristo? ¿Cómo se entrega Cristo? El pan, que es partido, roto, por las manos de Cristo, ese pan ya no es una mezcla de harina con levadura, sino que es su cuerpo. Se rompe Él mismo, se da Él mismo; y, al mismo tiempo, ese pan roto y dado es el gesto del Padre que da al Hijo, que entrega al Hijo como don a la humanidad.

Entre los judíos, la Pascua se celebraba en familia, y el que presidía la cena pascual representaba al padre de familia. En el misterio de la Eucaristía, Cristo -el Hijo- está al mismo tiempo siendo Padre que da al Hijo; el Padre -Dios-, que da al Hijo -Cristo- a los hombres, es el pan y el vino. El Padre que da al Hijo, que entrega al Hijo a la humanidad. La Eucaristía es así el pan roto y entregado, es el amor del Padre hasta el extremo de entregar al Hijo en sacrificio por los pecados.

El pan que Cristo me da es su cuerpo que se entrega por mí; la sangre que Cristo derrama es derramada por mí. En ese cáliz, que el sacerdote tiene entre sus manos, está la sangre de Cristo, la sangre del Cordero, para que se produzca la conclusión de una Alianza Nueva, de un nuevo pacto puesto en favor de los hombres.

Debemos contemplar todo esto y dejar que nuestro corazón discurra sobre los gestos de Cristo, sobre las palabras de Cristo; sobre todo lo que está contenido en este misterio. Misterio que nos da una Alianza ofrecida sobre una persona. Una persona que no es simplemente una persona humana, es la persona del Hijo de Dios. Dios de Dios, Luz de Luz, y al mismo tiempo cuerpo entregado y sangre derramada.

¿Qué hay en el corazón de Cristo? ¿Cuál es el corazón de Cristo ante el misterio de la Eucaristía? Intentemos contemplar el corazón y el alma de Cristo; veamos su corazón que busca darse sin barreras. Un corazón que anhela, que desea dar todo lo que Él es. Y para lograrlo no encuentra otro camino mejor que darse en el pan y en el vino, como cuerpo y sangre; alma y divinidad.

Cristo se da sin barreras de tiempo y espacio. Cada vez que comulgamos, cada vez que recibimos la Eucaristía, se rompen todas las barreras físicas de la eternidad en el tiempo, de una época con otra, y entramos en misteriosa comunicación con Cristo. Y se cumple ese don, cuando misteriosamente, sacramentalmente, Jesucristo penetra en mi persona y se me entrega sin ninguna barrera. Cristo busca, además, manifestarme su amor, como dirá San Juan: “nos amó hasta el extremo”. Él me manifiesta su amor queriendo y pudiendo entrar en mi persona. Si el amor es la comunión de aquellos que se aman, ¿qué mayor comunión que la del cuerpo y la sangre de Cristo con mi espíritu, con mi alma, con mi persona? Cristo, en su corazón, busca continuar cerca de mí.

Él sabe, Él es consciente de que vivimos muchas veces en soledad, aunque estemos acompañados por mucha gente, aunque haya muchas personas a nuestro alrededor. Una soledad que no solamente la sentimos nosotros, sino que es muchas veces patrimonio de todos los hombres. Cristo quiere quebrar esa soledad con la Eucaristía. Cristo no quiere que yo esté solo, y quiere darse Él como acompañante para transmitirme su vida. “Quien me come vivirá por mí; aquél que me come no morirá para siempre”.

El misterio de la Eucaristía es promesa de vida eterna. Cada vez que recibo a Cristo en la Eucaristía, se me está entregando la promesa de la vida que no acaba para siempre. Éste es el gesto supremo del amor que busca la identificación de voluntades y de existencia. “¡Con qué anhelo he deseado comer esta Pascua con vosotros!” Cristo me busca más a mí, de lo que yo lo busco a Él. Cristo quiere estar más cerca de mí, de lo que yo quisiera estar cerca de Él. En su interior está el deseo de vivir esta Pascua, que es la antesala de la realización del Reino de Dios entre los hombres. La Pascua con la que Él va a llevar a plenitud su obra, con la que va a realizar el anhelo que le trajo al mundo.

En el corazón del Cristo, en la Última Cena, brilla radiante un deseo: comer la Pascua, cumplir la Pascua en el Reino de Dios. El anhelo de realizar la voluntad del Padre, el deseo ardiente de cumplir con lo que el Padre le pide. Para Cristo, comer la Pascua, no es sólo repetir un rito que recordaba a los hebreos su liberación de Egipto. Para Cristo, comer la Pascua, es realizarla en su persona; es ofrecer su persona como precio de la liberación de su pueblo; es partir en dos el pan del pecado con la sangre de sus venas, con el último latido de su corazón.

¿Qué es lo que yo hago ante este Cristo de la Eucaristía? Cuando el Hijo de Dios se hace pan y se hace vino entregado por mí, derramado por mí, no puedo sino suscitar en mí sentimientos y determinaciones de comunión, de identificación con mi misión redentora. ¿Qué otra cosa puedo hacer? ¿Acaso puedo llegar a captar plenamente, con mi inteligencia pequeña, limitada, todo lo que sucede en la Eucaristía? ¿No tendré más bien que determinarme a decir: “Señor, quiero comulgar contigo, quiero empaparme de ese sentimiento, de ese anhelo de realizar la Pascua, de tenerte cerca de mí, de estar tú y yo en comunión, en identificación”? Al recibir a Cristo debo animarme a un compromiso total ante el suyo, sin mediocridades, sin tibiezas, sin dudas. Tengo que saberme fortalecido en todas mis soledades y acompañado en mis fracasos y triunfos.

Autor: P. Cipriano Sánchez LC.

 

 

 

 

 

 


Parroquia Santa Bárbara de Pavas: Santo Vía Crucis

 Mynor Esquivel

Donovan Viales

Andrés González

 Colaboraron en esta nota: Tatianna Quirós, Mariana  Reyes y Andrea Monge

El santo vía crucis en el que se vive una oración acompañada de meditación sobre el doloroso recorrido de nuestro Señor Jesucristo desde el pretorio de Pilatos hasta el calvario, se llevo a cabo el miércoles santo con la participación de muchos fieles que con fe meditaron en el misterio doloroso de la pasión de Cristo.

Este santo recorrido fue presidido por el Pbro. Guillermo Cordero Azofeifa en compañía del pueblo por cada una de las catorce estaciones que fueron representadas en altares por las familias que con amor acogieron al Señor en sus hogares.

En este Santo Vía crucis, la meditación y la oración fue regida por la Sacra Imagen de Jesús Nazareno atado a una columna, una talla que se le atribuye al imaginero Manuel María Zúñiga; esta imagen tiene más de cinco décadas en custodia de esta Parroquia.

El significado de este acto solemne cuya devoción se propago por la orden religiosa de los Franciscanos, es contemplar desde el inicio hasta el final, en la cruz la obra salvadora de nuestro Señor; esa dolorosa Pasión por la cual con su cruz nos dio la redención al mundo entero.

Vía Crucis del Santo Padre, Juan Pablo II
para el Viernes Santo, Cuaresma del 2003

Este vía crucis fue escrito por Su Santidad en 1976, cuando era Cardenal Arzobispo de Cracovia, en ocasión de los ejercicios espirituales que predicó a Pablo VI y a la Curia Romana en el Vaticano.

 

En esta meditación trataremos de seguir las huellas del Señor en el camino que va desde el pretorio de Pilato hasta el lugar llamado «Calavera», Gólgota en hebreo (Jn 19, 17). Hoy día este camino es visitado por los peregrinos que de todo el mundo acuden a Tierra Santa.

También Su Santidad lo recorrió, rodeado de una enorme muchedumbre de habitantes de Jerusalén y de peregrinos. El Vía Crucis de nuestro Señor Jesucristo está históricamente vinculado a los sitios que El hubo de recorrer. Pero hoy día ha sido trasladado también a muchos otros lugares, donde los fieles del divino Maestro quieren seguirle en espíritu por las calles de Jerusalén. En algunos santuarios, como en el que recordábamos en días anteriores, el Calvario de Zebrzydowska, la devoción de los fieles a la Pasión ha reconstruido el Vía Crucis con estaciones muy alejadas entre sí. Habitualmente en nuestras iglesias las estaciones son catorce, como en Jerusalén entre el pretorio y la basílica del Santo Sepulcro. Ahora nos detendremos espiritualmente en estas estaciones, meditando el misterio de Cristo cargado con la cruz.

ORACIÓN INICIAL

El Santo Padre:
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
R /. Amén.

Via Crucis de la comunidad eclesial de la Urbe
convocada junto al Coliseo,
trágico y glorioso monumento de la Roma imperial,
testigo mudo del poder y del dominio,
memorial mudo de vida y de muerte,
donde parecen resonar, casi como un eco interminable,
gritos de sangre (cf. Gn 4,10)
y palabras que imploran concordia y perdón.
Vía Crucis del vigésimo quinto año de mi Pontificado
como Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal.
Por la gracia de Dios, en los veinticinco años
de mi servicio pastoral
nunca he faltado a esta cita,
verdadera Statio Urbis et Orbis,
encuentro de la Iglesia de Roma
con los peregrinos venidos de todas las partes del mundo
y con millones de fieles que siguen el Vía Crucis
por medio de la radio y la televisión.
También este año,
por renovada misericordia del Señor,
estoy entre vosotros para recorrer en la fe
el trayecto que Jesús recorrió desde el pretorio de Poncio Pilato
hasta la cumbre del Calvario.
Vía Crucis,
ideal abrazo entre Jerusalén y Roma,
entre la Ciudad amada por Jesús,
donde dio la vida por la salvación del mundo,
y la Ciudad sede del Sucesor de Pedro,
que preside en la caridad eclesial.
Vía Crucis, camino de fe:
en Jesús condenado a muerte
reconoceremos al Juez universal;
en Él, cargado con la Cruz, al Salvador del mundo;
en Él, crucificado, al Señor de la historia,
al Hijo mismo de Dios.
Noche del Viernes Santo,
noche tibia y palpitante del primer plenilunio de primavera.
Estamos reunidos en el nombre del Señor.
Él está aquí con nosotros, según su promesa (cf. Mt 18,20).
Con nosotros está también Santa María.
Ella estuvo sobre la cumbre del Gólgota
como Madre del hijo moribundo,
Discípula del Maestro de la verdad,
nueva Eva junto al árbol de la vida.
Mujer del dolor,
asociada al “Varón de dolores y sabedor de dolencias” (Is 53, 3),
Hija de Adán, Hermana nuestra, Reina de la paz.
Madre de misericordia,
ella se inclina sobre sus hijos,
aún expuestos a peligros y afanes,
para ver los sufrimientos,
oír los gemidos que surge de sus miserias,
para confortarles y reavivar la esperanza de la paz.
Oremos.
Breve pausa de silencio.

Mira, Padre santo,
la sangre que brota del costado traspasado del Salvador,
mira la sangre derramada por tantas víctimas
del odio, de la guerra, del terrorismo,
y concede, benigno, que el curso de los acontecimientos del mundo
se desarrolle según tu voluntad en la justicia y la paz,
y que tu Iglesia se dedique con serena confianza
a tu servicio y a la liberación del hombre.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R/. Amén.


Primera Estación:
A finales del siglo pasado, específicamente un 29 de marzo de 1991, Su Santidad Juan Pablo Segundo estudió y analizó con detenimiento las estaciones actuales del Vía Crucis tradicional y tomó la decisión de elaborar, previo estudio y análisis bíblico, uno nuevo, que se espera entre en vigencia en la mitad de la década en que nos encontramos y detallamos a continuación:

La Oración de Jesús en el Huerto de Los Olivos.

Segunda Estación:

Jesús es entregado por Judas y arrestado.

Tercera Estación:

Jesús es condenado por el Sanedrín.

Cuarta Estación:

Pedro niega a Jesús.

Quinta Estación:

Pilato ,en su Palacio, juzga a Jesús.

Sexta Estación:

Jesús flagelado y coronado de espinas.

Sétima Estación:

Jesús carga con el madero de la Cruz.

Octava Estación:

El Cirineo ayuda a Jesús.

Jesús encuentra a las Mujeres e Jerusalén.Novena Estación: 

Décima Estación:

Jesús es crucificado.

Décimo Primer Estación:

Jesús promete su reino al buen ladrón.

Décimo Segunda Estación:

Jesús crucificado, su Madre y el discípulo.

Decimotercera Estación:

Jesús muere en la Cruz.

Decimocuarta Estación:

Jesús es sepultado.

 

 

 



El monologo del Ángel de la Confortación:

Loriana Jenkins

“Padre Mío aleja de mi este cáliz, mas se haga tu voluntad y no la mía”. Señor con esas hermosas palabras nos enseñas la humildad y la obediencia. Jesús ¿Cómo te ven ahora mis ojos?… Eres el Infinito en poder y majestad y caes en tierra aniquilado, invadido por el miedo, horrorizado antela Pasiónque te espera. Inocente cargas con todas las culpas del mundo. Dominado por el temor sudas sangre. Tal es tu temor que Tu Padre me envía para que te conforte.

 


SEMANA SANTA EN SAN JOSÉ EN 1858

 Thomas Francis Meagher

 Fotografias: Alex Carballo y Pbro. Manuel Quesada Prendas

 En la iglesia de la Merced había una representación del huerto de Getsemaní. A la izquierda de la nave y contiguo al pórtico estaba un espacio de ocho pies en cuadro, marcado con palmeras encorvadas y entrelazadas que servían de valla. Las flores de las palmeras caían en forma de lluvia o desplegaban, a semejanza de una fuente, sus castos esplendores en círculos que ensanchándose descendían dentro del huerto. En el suelo había una gruesa alfombra de palma, entremezcladas con bayas, hojas y flores de las más bellas plantas siempre verdes. Encima de todo estaban esparcidas la más lindas flores, flores de los colores más brillantes, de las formas más raras, como la lobelia, con sus pétalos carmesíes y gualdas, el lirio rojo y la plumeriada de color canario; también se veían jarrones y macetas de loza llenos de tierra en que habían nacido espiguitas de arroz, fuentes de porcelana en que germinaban granos de maíz, hierbas aromáticas, naranjas, uvas silvestres del valle de Ujarrás, aguacates, piñas, granadillas y limas. En medio de todas estas ofrendas, en medio de toda esta magnificencia y belleza, de todo este esplendor y dulzura de la tierra, cerca de un árbol troncado, estaba de rodillas una imagen del Cristo de Getsemaní, cubierta con una túnica púrpura. De la frente le manaba sangre y en las pálidas facciones tenía impresa una expresión de angustia que ninguno podía mirar sin emoción, por muy frívolo o irreverente que fuese. Dentro y fuera del pórtico de la pequeña iglesia había soldados que montaban guardia con los fusiles a la funerala. Durante todo el día permaneció el pabellón a media asta en el palacio del Gobierno, en el cuartel de Artillería y en el que estaba situado en la plaza. Las tiendas, los billares, los cafés, las oficinas públicas, todo estaba cerrado. Nadie se quedó en casa; todos andaban afuera con sus mejores atavíos desde el amanecer, todo el santo día, toda la santa noche en la calle, visitando las iglesias, cumpliendo con la devoción de las estaciones, llevando linternas y murmurando padrenuestros y avemarías por las calles. Al siguiente día hubo el mismo redoble monótono de los tambores con sordina de víspera, las mismas banderas enlutadas, el mismo ir y venir de caras veladas  y graciosas cabezas envueltas en chales de seda, los mismos tranquilos ásperos de las carracas en vez de los toques de campanas, la misma profusión de luces, flores y frutas en las iglesias, el mismo murmullo penetrante de piedad, un día de fiesta tan solemne en todo sentido como lo fue el Jueves Santo; pero tal vez más tranquilo y algo más impresionante por el gran sacrificio que rememoraba y el duelo que parecía marcarse particularmente en la interrupción de todos los asuntos profanos, en los fusiles de los soldados puestos a la funerala, en el aspecto solitario de las casas y en la sombra más intensa proyectada por los montes de San Miguel y el Irazú.

   Al atardecer, la procesión que conmemora el entierro de Cristo salió lenta y tristemente por la puerta grande de la catedral y recorrió las calles adyacentes. Cañas silvestres en torno de las cuales estaba sembrado de siemprevivas, bellas ramas de uruca y extrañas y lindas manitas de guarumo. Cortinas de muselina blanca con festones de cintas negras de seda y raso colgaban de los balcones de las casas; a lo largo del camino que seguía la procesión y en las intersecciones de las calles había catafalcos cubiertos de paño negro bordado, salpicado de flores y cargados de frutas, en que brillaban lámparas de colores y jarrones de plata. Al frente de la procesión venían los hermanos de la caridad con largas vestimentas de lana blanca, anchas y flojas como batas, y pañuelos blancos o de colores liados a la cabeza. Estos hermanos portaban las diversas insignias de la Pasión. Los dos primeros llevaban un par de escaleras verdes al hombro; uno traía una corona de espinas, otro un enjambre de muchachos con velas apagadas; detrás de estos aparecieron tres hombres jóvenes con traje eclesiástico, portando el de en medio un crucifijo de plata, alto, esbelto cubierto de terciopelo negro; los otros dos llevaban en alto candeleros delgadísimos, cuyos cirios amarillos ardían con una llama mortecina, derritiéndose con exceso a medida que brillaban débilmente. Detrás y muy cerca de los ciriales y del crucifijo marchaban cuatro sacerdotes de frente, con sotana, gorro negro y sobrepelliz. Sobre el gorro traían un capuchón negro y debajo de este manto, también negro, que les arrastraba una o dos varas sobre el pavimento salpicado de hojas. Eran los heraldos de un gran pendón de seda negra con una cruz roja en el centro, que portaba un caballero demacrado y vestido de riguroso luto. Enseguida venía otro enjambre de muchachos abriendo camino a una imagen de cuerpo entero de San Juan Evangelista, cubierta de abigarrado ropaje y en la mano apoyada en el corazón, a la cual llevaban en hombros cuatro caballeros descubiertos y vestidos de frac. La imagen de María Magdalena venía detrás de la Evangelista. Estaba radiante con su traje de raso blanco y sus abundantes trenzas de cabellos negros; una expresión de intenso arrepentimiento realzaba la noble hermosura del rostro. Como obras de arte estas imágenes son más que admirables; son exquisitas y maravillosas. Guatemala, donde fueron esculpidas, tiene razón de sentirse orgullosa de ella.

Pero ya se iba acercando una mucho más majestuosa e imponente que las anteriores. A uno y otro lado brillaban bayonetas en alto; a su derredor las nubes olorosas que despedían los incensarios; lindos niños vestidos de blanco y frescos como capullos de rosa venían delante sembrando de flores el suelo cubierto de hojas: era la Mater Dolorosa. Suntuosamente vestida, le habían prodigado los encajes más valiosos y el terciopelo color púrpura, las perlas de mayor tamaño, los ópalos y otras piedras preciosas. De su cabeza de reina brotaban rayos de plata que resplandecían como si fuesen flechas de cristal: un clérigo llevaba la cola del manto de terciopelo que descendía de los hombros de la imagen; detrás de él y portando largos cirios de cera, venían muchas de las principales damas de la ciudad, todas con trajes negros de seda y de raso y las cabezas tapadas con ricas mantillas, negras también como paños mortuorios. Algunas eran jóvenes, tiernamente graciosas y de una belleza de perla. Las matronas, aunque enjutas y secas, tenían un aspecto digno y santo.

Sin embargo, todo no era más que el preámbulo de lo más interesante del espectáculo; un inmenso sarcófago de cristal llevado por unos veinte ciudadanos de los más respetables de San José, que marchaban con todo el énfasis y toda la grandiosidad de soldados veteranos. Delante, detrás y a los lados del sarcófago venían acólitos con blandones intervertidos, incensarios humeantes y palmas cubiertas con crespones; a su paso los espectadores situados en las puertas, los balcones y ventanas se descubrían y arrodillaban. Dentro del sepulcro transparente había sábanas de lino más fino, blancas como la  nieve y salpicadas de rosas, una cara que manaba sangre, una corona de espinas y la silueta de una imagen yacente. Esta imagen era la del Crucificado del Calvario. A su paso no hablaba nadie, no se oía un murmullo, y lo único que turbaba la paz de San José en aquel momento solemne, era el balanceo y la música de la banda militar precediendo a las tropas que cerraban la procesión con la bandera plegada y las armas a la funerala.

Algunas horas más tarde hubo un espectáculo muy diferente. Era la madrugada del Domingo de Pascua. Las nubes caían densas y bajas sobre las montañas; las de San Miguel no eran más que un montón de ellas y solo se veía la base verde oscura del Irazú. Las plantaciones y los potreros estaban agobiados; aquello era un caos de nubes por todas partes; no se distinguía ninguna otra cosa, salvo el farol de la esquina de la Artillería, cuya luz se filtraba al través del  humo denso que empañaba el vidrio; pero en medio de este caos de nubes se desencadenaron de pronto las campanas de la Catedral, de la Merced, y del Carmen, sonando viva, salvaje y violentamente. ¡Sonaron, sonaron, y sonaron hasta que la atmósfera tumultuosa parecía chisporrotear con los golpes! ¡Sonaron, sonaron, y sonaron hasta que la tierra adormecida parecía vibrar y estremecerse!

Luego se oyó el estruendo de los tambores y el coro chillón de los gallos de pelea, el ladrido de los perros y el mugir del ganado en los suburbios. En menos de veinte minutos se vaciaron todas las casas de San José, y sus habitantes, con ponchos, mantillas, chales, capas de cuello de terciopelo y en mangas de camisa acudieron presurosos a la plaza. Allí, al alzarse las nubes y asomar las montañas, al tocar el sol la cumbre de Irazú, hubo un espectáculo sorprendente.

La plaza está atestada de gente, así como la espaciosa explanada y las gradas de la catedral. En los balcones y ventanas de las casas que daban a la plaza y en los de las que hacía ella convergían, se apiñaban los espectadores. Todos estaban excitados; todos se ponían de puntillas; todos estaban impacientes, inquietos y nerviosos. ¡Había algo en el aire!

Por encima de las cabezas de la muchedumbre, en el centro de la plaza, había cuatro filas de relumbrantes aceros. Las tropas formaban un cuadro y dentro de él, veinte más arriba de las bayonetas  erectas, se erguía una horca monstruosa. Sujetos unos a otros por correas de cuero crudo o pedazos de cuerda vieja, los maderos de aquella horca eran lo bastante horribles para amedrentar al más intrépido malhechor. De la cruceta de palo colgaba un lío de ropas asquerosas; había un gorro de dormir colorado, una camiseta de franela amarilla a rayas negras y con las mangas puestas en cruz, unos calzones rotos unas botas mohosas, arrugadas y con tacones lastimosamente gastados. El gorro, las botas, la camiseta, todo estaba relleno de buscapiés, carretillas y triquitraques, dentro de los calzones había una bomba del más duro cartón, repleta de combustible. ¡Aquella era la efigie de Judas Iscariote! El simulacro del traidor estaba allí colgado al despuntar la aurora; la luz tenue y suave del alba del día de Pascua Florida se posaba sobre el gorro del dormir, a la vez que la figura giraba lentamente, dando a veces una media vuelta sobre sí misma cuando contra ella chocaba un soplo de viento da las montañas, desviándola ignominiosamente.

Tocó la corneta y un cabo descalzó salió de la fila. Erecto, impávido, con fría solemnidad se acercó a la horca llevando en la mano una larga caña en cuya punta había un poco de estopa encendida. Al acercarse a la horca cesó la algazara de la muchedumbre. Reinó una profunda encendida. Los mismos muchachos, los gamines de San José, ebrios de broma y travesura, se agruparon, conteniendo un momento el resuello. Paso a paso, midiendo con gravedad el camino, el cabo avanzaba todavía, hasta que de pronto hizo alto debajo de la cruceta de palo. Levantó la caña, tocando en ella el tacón izquierdo del malvado que estaba arriba. En un abrir y cerrar de ojos hubo una explosión espantosa. La bota voló hecha tiras, brotaron llamas del estómago, la bomba estalló convirtiendo los calzones pardos en una lluvia de harapos chamuscado, de las costillas partían cohetes zumbando, los brazos en cruz fueron arrebatados por una racha de azufre, el gorro colorado salió disparado al cielo, perdiéndose de vista, y algunos segundos después cayó hecho pavesas sobre la muestra del restaurante que estaba contiguo al cuartel: todo esto en menos de dos minutos y en medio del redoble de los tambores; de los alaridos agudísimos de los muchachos, del canto de los gallos, de los ladridos de los perros, de las risitas entre dientes de las modestas señoritas y señoras, de la cháchara de los loros, de una granizada de piedras y gritería, maldiciones y regocijo estrepitoso de militares y paisanos, clérigos, indigentes y patricios.

Cuando se hubo disipado el humo no quedó más que el esqueleto del bribón que había reventado, y como era de hierro siguió meciéndose en la extremidad de la soga hasta que derribaron la horca. Media hora después la plaza recobró su decoro, soledad y silencio.

(Fragmento)

 


Jueves Santo: Un día para hablar del amor misericordioso del Padre


El Jueves Santo es un día eclesial:
somos la Iglesia, la comunidad de los hermanos constituida por la memoria del Señor.

La fe cristiana es ciertamente algo personal. Cada uno de nosotros tiene que ser un seguidor de Jesucristo, ser el discípulo del Maestro, cuyos ideales iluminan y orientan nuestra vida. Tener el espíritu de Jesús, el de la gran libertad de los pobres que están llamados a construir el Reinos de los cielos, tiene que ver con las actitudes personales del amor sin límites, con todo lo que él implica: servicio, perdón y todo aquello que Jesús comprendía cuando hablaba de la necesidad de ser perfectos como el Padre celestial. Sin embargo, la fe cristiana no es cuestión simplemente personal, individual. Jesús quiso que fuéramos sus seguidores en comunidad. Por eso somos Iglesia.

El Jueves Santo está cargado de significación eclesial:

Es un día en el que se congrega la Iglesia en grande, como comunidad diocesana en torno a su pastor, el Obispo, para la consagración de los santos óleos, con los cuales se realizará durante el año la celebración de los sacramentos. Si por razones pastorales esta celebración ya ha tenido lugar en algún otro día, en éste reconocemos, sin embargo, al recibir en nuestras comunidades los santos óleos, el signo de nuestra eclesialidad. El Obispo, como padre y buen pastor, nos convoca y nos congrega, como sacramento del verdadero Buen Pastor, que es el Señor.

Celebramos, con especial solemnidad, la Cena del Señor, el Sacramento de la fraternidad, congregados por la memoria del Señor que muere y resucita y que ha querido que seamos la Iglesia. La Eucaristía hace la Iglesia, decían los santos Padres.

El Jueves Santo es rico en expresiones sacramentales:

Los santos óleos han servido siempre en la Iglesia para realizar la mediación sacramental de la donación del Espíritu Santo en diversas circunstancias de la vida; simbolizaron fortaleza, agilidad, medicina, buen olor: todas las significaciones que puedan ser relacionadas con los óleos santos, nos remiten al Espíritu de Dios, que en la Iglesia se nos comunica permanentemente por el Señor.

El sacramento de la penitencia y de la reconciliación comunitaria, también encontró siempre en este día su ubicación privilegiada.

El sacramento del servicio (lavatorio de los pies), como mandato del Señor, se realizó siempre en este día como expresión vivida del espíritu que tiene que animar a los seguidores del Maestro: No vine a ser servido sino a servir .

El Sacramento de la Eucaristía, misterio de fe de una comunidad constituida por la memoria del Señor, se realizó de manera especial el Jueves Santo, como sacramento de la fraternidad.

El sacramento del sacerdocio fue siempre proclamado en este día, como la mediación de la presencia de Jesucristo, el Buen Pastor.

El SACRAMENTO DEL SERVICIO (Jn 13,1-15)

Sólo el evangelio de San Juan nos relata el episodio del lavatorio de los pies. La manera como el cuarto evangelio combina las escenas dramáticas, por sí mismas significativas, con los discursos de Jesús, es bien conocida. Aquí nos hallamos ante una escena dramática que se extiende desde 13,1 hasta 13,30.

LAVATORIO-PIES: El hecho mismo del lavatorio de los pies puede ser explicado, con suficientes fundamentos, como una tarea de esclavos, un gesto de deferencia o de consideración excepcional para con los huéspedes. Dicho gesto se comprende bien dentro de la teología de la encarnación del mismo Juan y también en el sentido de la misma en Pablo (cfr. Flp 2,5-8). Pero elramos gesto no apunta simplemente a presentarnos una teología propia de Juan, puesto que no es difícil encontrar en la otra tradición evangélica, la de los sinópticos, la misma inspiración naturalmente no dramatizada: por ejemplo en Lc 22,27, en el contexto de la cena, nos son transmitidas palabras muy significativas de Jesús en el mismo sentido: ¿Quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? No es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve.

Por otra parte, el mismo relato indica que el lavatorio de los pies es un medio por el cual los discípulos “tienen parte con” su Maestro (Tendrás parte conmigo: 13,8), lo que nos hace comprender que dicho gesto pertenece al cuerpo general de los preceptos destinados a los discípulos como comunidad cristiana, aunque no sea difícil referirlo a la actitud de quienes son asociados a la misión del Maestro en cuanto tal.

La comunidad cristiana ha valorado esta tradición del evangelio de San Juan como un verdadero mandamiento de Jesús y la ha celebrado año tras año como una acción sacramental, que debe hacer posible el que se asuma plenamente el espíritu del Señor. Es ésta la razón por la cual el jueves santo adquiere una importancia litúrgica tan grande la ceremonia del lavatorio de los pies, dentro de la misma celebración eucarística, como el verdadero comentario o la verdadera proclamación dramatizada de la palabra evangélica. En cuanto a su significación, cada vez tenemos que repetir con el mismo entusiasmo que este relato del evangelio de San Juan nos transmite un mensaje verdaderamente central de la existencia en Jesucristo: la vida del Maestro ha sido un testimonio constante de la inversión de valores que hay que establecer para poder hacer parte del Reino de Dios. No es el poder, ni la dignidad accidental, ni ningún otro motivo de dominación lo que constituye el secreto de la verdadera sabiduría de Dios. El gran valor que ennoblece al hombre es el de tener la disposición permanente para servir. Jesús lo ha proclamado, según el evangelio de Juan, por medio de una parábola que tiene fuerza incomparable: el Maestro se ha convertido en un esclavo. El verdadero sentido profundo de la existencia del Maestro es el de ser servidor. Una lógica así se convierte en el secreto para edificar un mundo, cuya razón de ser no nos puede ser revelada sino por Dios mismo.

No celebramos la ceremonia del lavatorio de los pies simplemente para recordar un episodio interesante y conmovedor de la vida de Jesús, sino para reconocer en una expresión sacramental la única manera posible de ser discípulos del Maestro.

EL SACRAMENTO DEL AMOR FRATERNAL HASTA LA MUERTE

(1 Cor 11,23-26; Mc 14,22-24 y par: Mt 26,26-28; Lc 22,19s)

Jesús pasó la última tarde de su vida en Jerusalén en el círculo de sus discípulos, probablemente también en compañía de las mujeres que habían ascendido a la ciudad santa con él. Fue esa tarde, la tarde de una fiesta pascual? Parece superflua la pregunta. Sin embargo hay razones para establecerla. Y de la relación que se establezca entre el ambiente pascual y la cena de Jesús depende en gran parte la interpretación que se deba hacer del acontecimiento histórico de la muerte y resurrección del Señor.

Si de todos modos aceptamos que Jesús y sus discípulos se reunieron para celebrar una cena pascual, entonces conviene que recordemos los pormenores de esta celebración. En Nm 9,13 se deja entrever la seriedad que reviste para un judío celebrar la fiesta: no celebrarla es como no pertenecer ya al pueblo. Según Ex 12,3, la fiesta debía ser una fiesta familiar. La inmolación del cordero, que debía ser realizada por algunos de los miembros de la familia en representación de la comunidad, debía tener lugar en el atrio de los sacerdotes “entre las tardes”, es decir, en el tiempo que precedía al comienzo de la puesta del sol (cfr Ex 12,6). La Haggada pascual orientaba la celebración en el sentido de la memoria de la liberación de la esclavitud de Egipto (Ex 12,26s). Comer las carnes del cordero, beber el vino, compartir el pan sin levadura, que debía recordar con las hierbas amargas la miseria vivida en el Egipto, constituían el ritual que estaba acompañado de bendiciones y de la recitación de los salmos del Hallel. En la cena festiva, el ambiente estaba impregnado por el recuerdo alegre y confiado de la liberación, que tuvo siempre una eficacia esperanzadora en épocas difíciles.

Jesús realizó una verdadera interpretación teológica de su propia muerte, en un sentido salvífico, indisolublemente ligada con su proyecto del Reino de Dios. Y, de nuevo, en este contexto tiene una importancia muy grande la relación que Jesús establece entre su muerte, así interpretada, y los elementos de la cena: el pan y la copa de vino. Comer el pan y beber la copa constituyen algo completamente comprensible en el contexto de una cena judía, pero ahora esta acción tiene que ver con la interpretación de la muerte de Jesús, que él mismo ofrece. Jesús debió haber dicho otras cosas y debió haber compartido otros sentimientos con sus discípulos. Pero la tradición ha conservado sus sentimientos ligados principalmente con la acción del pan y de la copa. En cuanto a la última, no sabemos con seguridad si en la cena pascual, en tiempos de Jesús, se utilizaba o no una sola copa, en un momento determinado, pues todos tenían sus propias copas. La tradición cristiana recuerda, en todo caso, la utilización de una sola copa como característica de la cena del Señor (cfr 1 Cor 10,16).

Las palabras de Jesús que nos han sido conservadas para comprender el sentido del pan y de la copa compartidos, implican pues una interpretación salvífica de su muerte, tanto en el sentido de la expiación y de la representación (“morir por”, “para el perdón de los pecados”), como en el sentido de una nueva alianza.

Jesús, que interpretó así su muerte y la relacionó intrínsecamente con los dones de la cena, le dejó a la comunidad de sus discípulos la posibilidad de vivir siempre la realidad de una nueva alianza con el Dios salvador, en el sentido del Reino definitivo que había anunciado. La relación entre alianza y Reino ya tenía una tradición importante, pero en la acción de Jesús adquirió una importancia trascendental y original para sus seguidores.

Haced esto en memorial mío: Este mandamiento del Señor es verdaderamente sagrado para los seguidores de Jesús. La experiencia comunitaria vivida originalmente por los discípulos se convierte en algo posible en todos los tiempos para los cristianos. Se trata de entrar en el destino histórico de Jesús, que es la historia misma de Dios, su Reino, que acontece definitivamente en la manifestación suprema del amor. Dios, el Padre, ama infinitamente (Jn 3,16)

Dios es amor (1 Jn 4,8) Nada más cierto, en el sentido del amor, como dar la vida (Jn 15,13) Pero participar así en el destino del Maestro significa hacer, de manera insuperable, la fraternidad humana. La cena del Señor es la asunción, por parte de todos los cristianos, de lo que nos une más profundamente: la vida misma del Maestro, la historia del Hijo del Padre en la que participamos todos como hijos también y como hermanos los unos de los otros.

Sugerencias para la homilía

Éxodo 12,1-8.11-14: Cuando vea la sangre, pasaré de largo ante vosotros, y no habrá entre vosotros plaga exterminadora.

Salmo 115 (116),12-13.15-16cb.17-18: Amo al Señor porque escucha mi voz suplicante 1ª Corintios 11, 23-26: Este es el cáliz de la nueva alianza sellada con mi sangre. Juan 13,1-15: Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.

La Pascua entre los judíos, unida indisolublemente a la liberación de Egipto, la reactualiza la liturgia, es decir la hace presente, con las mismas gracias que recibieron los protagonistas. El pasado se mantiene vivo y nos proyecta hacia el futuro. La mención de la sangre nos introduce en pleno sacramentalismo del Antiguo Testamento y por este medio se opera igualmente la continuidad entre la Pascua judía y la Pascua cristiana. Pascua es la gran fiesta de la liberación de la servidumbre y de la muerte, donde la sangre del cordero juega una función redentora. Pero la Biblia concibe la salvación, a medida que se desarrolla la revelación, como una salvación del pecado; el Señor nos liberó de Egipto y Egipto en el Antiguo Testamento es la tierra del pecado. En la epístola Pablo dirige su atención sobre todo a la asamblea y muestra como una celebración indigna de la Eucaristía desemboca en el menosprecio del Cuerpo místico de Cristo constituido por la asamblea. Ésta es el símbolo de la reunión de todos los hombres en el reino y en el Cuerpo de Cristo Una comunidad dividida por el odio y desprecio no puede dar testimonio de esa unión, es más bien un escándalo.

En la escena del lavatorio de los pies Jesús nos muestra quién es Dios; no el soberano sentado en un trono lejano, sino el Dios que en Jesús se ha puesto al servicio del hombre. Con el gesto de lavar los pies Jesús ha elevado al hombre hasta Dios, en una palabra ha hecho a todos iguales y libres. Sus discípulos tendrán la misma misión: crear una comunidad de hombres iguales y libres. El poder que se pone por encima del hombre, se pone por encima de Dios. Jesús destruye toda pretensión de poder, porque la grandeza humana no es un valor, al que él renuncia por humildad, sino una injusticia que no puede aceptar. El rechazo de Pedro indica que éste no ha entendido la acción de Jesús. Él piensa en un Mesías glorioso, lleno de poder y de riqueza y no admite la igualdad. Aún no sabe lo que significa amor, pues no deja que Jesús se lo manifieste.

Jesús ha expresado la grandeza de su amor y nos da igualmente la medida de ese amor: igual que yo he hecho con vosotros, haced también vosotros. La medida de nuestro amor a los demás es la medida en que Jesús nos ha amado y esto que parece imposible se puede hacer realidad si nos identificamos con él. Así como se sentía Pablo identificado con Jesús, hasta poder decir: No soy yo quien vive, sino Cristo quien vive en mí (Gal 2,20).

Dios es amor

Una experiencia de oración: La meditación de la noche

Dios es amor. Esta es la expresión más alta que podemos decir de Dios y es también la que más nos permite penetrar en su intimidad. Porque nos descubre que Dios no es un ser solitario en su inmensidad y eternidad, sino una familia, una comunidad, donde hay comunicación mutua, entrega recíproca, diálogo eterno, vida que se da.

Y no hay tampoco una expresión más grande sobre el hombre que la que nos enseña Gn 1,26, donde se nos dice que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios. La imagen de Dios que es el hombre nos ayuda a comprender mejor lo que somos nosotros. Personas creadas por amor y para el amor, el diálogo sincero, la entrega generosa, la donación sin reservas. Sin amor el hombre no puede realizarse como ser personal y la más grande frustración que éste puede experimentar en su vida es el fracaso en el amor. Pero, sobre todo, el amor distingue al cristiano de los demás hombres:

Amarás a tu prójimo como a ti mismo Se le acercó uno de los escribas … que le preguntó: ¿Cuál es el primero de todos los mandamientos? Jesús contestó: el primero es: “Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios es el único Señor, y amarás al Señor con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”. El segundo es éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Mayor que éstos no hay mandamiento alguno (/Mc/12/28-31. cfr /Mt/22/34-40. /Lc/10/27). Aparentemente no hay mucha originalidad en esta respuesta. El Antiguo Testamento había enseñado lo mismo en Dt 6,4-6 y en Lev 19,18. Pero lo importante y decisivo de esta enseñanza de Jesús está en que el pone en el mismo nivel dos mandamientos que en el Antiguo Testamento estaban separados, tienen el mismo rango en el Nuevo. Además hay una diferencia fundamental en la formulación de la antigua Ley respecto de la nueva. Para los judíos prójimo era solamente el que pertenecía a la misma familia, o a la misma tribu o al mismo pueblo. Los extranjeros y paganos estaban excluidos. El Nuevo Testamento en cambio no hace distinciones. Prójimo es todo hombre, no importa su raza, su condición social, ni siquiera su religión como lo demuestra la parábola del buen samaritano (Lc 10, 30-37).

Amar a los demás como amamos a Cristo Pero todavía podemos avanzar más. En el segundo grado la medida de nuestra caridad a los demás es el amor con que amamos a Jesús. Nos lo enseña la escena final que nos trae Mateo en el capítulo 25,31-46. Allí nuestro amor a Jesús se mide por el que profesamos al prójimo, porque el Señor se ha identificado con el hombre, especialmente con el más pobre, enfermo, marginado, etc. Es lo que dice Cristo a Pablo en el camino de Damasco: Yo soy Jesús, a quien tu persigues (Hech 9,5). Pablo creía perseguir sólo a los cristianos, pero en ellos perseguía a Cristo.

Amar como Cristo nos ha amado Hemos subido un peldaño, porque ya no es una medida humana la que nos sirve para calibrar nuestro amor, sino una realidad que está por encima de nosotros. Si Jesús no nos hubiese revelado eso, no lo creeríamos, hasta lo consideraríamos blasfemo, porque está más allá de nuestra comprensión. Parecería que hubiésemos agotado los grados del amor, pero todavía nos falta ascender más. En el tercer grado la medida de nuestra caridad es el amor que Cristo nos tiene. Parece inaudito pero así lo ha proclamado el mismo Jesús. Un mandamiento nuevo os doy que os améis unos a otros; como yo os he amado así también amaos mutuamente (/Jn/13/34). Esta afirmación, a primera vista, está por encima de nuestras posibilidades. Cristo es Dios, nosotros somos simples mortales. No podemos ponernos en el mismo plano, pero , si Jesús lo afirma es porque esto debe estar a nuestro alcance; y lo está porque por el bautismo comienza en nosotros un proceso de identificación con el Señor que va en aumento. Como Pablo nosotros deberíamos poder afirmar: Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí (Gal 2,20), si sabemos amar, porque no somos nosotros los que amamos sino Cristo que está en nosotros.

Amar como se aman las personas de la Trinidad

¿Hemos llegado al más alto grado el amor? ¿Podemos añadir algo más? Sí. Todavía Jesús nos señala un horizonte infinito, como infinito es Dios en su amor y en su unidad. Nos estamos acercando a un abismo de grandeza y bondad que está muy lejos de nuestras capacidades. No podemos leer sin estremecernos estas palabras de Cristo pronunciadas después de haber hablado de amor a los enemigos: Sed, pues perfectos, como es perfecto vuestro Padre celestial (Mt 5,48). Esto rompe toda medida y todo criterio humano. Y todavía hay más pasajes. En la oración sacerdotal, uno de cuyos temas es el de la unidad de los cristianos, Jesús propone como modelo de esa unidad la que existe entre él y el Padre: Pero no ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado.

Aquí tocamos los linderos de la mística y de la más alta perfección cristiana. Se nos propone como modelo de unidad la que existe en la Trinidad. El amor hace la unidad en la Trinidad, cuyo diálogo no se agota, ni su mutua donación se interrumpe. Sólo cuando nos amemos de verdad el mundo podrá reconocer que Cristo es el enviado del Padre y que nosotros somos sus discípulos: si tenéis caridad unos para con otros (Jn 13,35).

Alguien ha dicho que el cristianismo ha fracasado porque no ha sido capaz de establecer un orden de justicia, de paz y de amor en el mundo. Pero el que esto afirma no conoce la verdadera esencia de nuestra religión. Esta no ha fracasado, ni ha fracasado tampoco el amor. Los que hemos fracasado somos los hombres que no hemos sido capaces de vivir nuestra fe hasta sus últimas consecuencias y con toda su radicalidad. No hemos podido entender que el amor a Dios es inseparable del amor al prójimo, porque quien ama a Dios, ame también su hermano (1 Jn 4,21).

El día en que nos decidamos a ensayar el amor, después de haber experimentado el derrumbe de tantas ideologías que prometían un paraíso en la tierra, entonces podemos esperar un nuevo amanecer para el mundo, una transformación de nuestras costumbres y relaciones, un surgir de la paz, fruto de la justicia. ¿Será esto posible? ¿No es acaso una utopía más que nos puede ilusionar sin llegar a nada concreto? Para los hombres es imposible, no para el amor.

 


La Belleza de Cristo como poderoso vínculo de hermandad Después de la Semana Santa se abre un magnífico escenario de caridad fraterna, de autodonación del cristiano

La Semana Santa evoca el comienzo de nuestra historia personal, el lugar de origen, el pueblo que nos vio nacer, formado por una comunidad de lazos y recuerdos, sentimientos, creencias y emociones, capaces de elaborar un sentido de las cosas, una maduración del vivir personal. No hay nada como volver a las raíces, experimentar el encuadramiento existencial de un seno íntimo, de un hogar primero que te alberga y alimenta, dispuesto siempre a la acogida, como una madre que te ha engendrado, portador inconmensurable de promesas y sueños. El hombre, dirá Goethe, no es sólo descendiente, sino que además es heredero, posee un pasado que lo contiene.

Pero más allá del factor intimista y emotivo, interior y propio, donde uno se complace y no olvida el conjunto de bienes que nuestros antepasados han creado en el decurso de las generaciones, existe algo más determinante: la vigencia absoluta de la fe religiosa. Esta vigencia significa que la persona se encuentra envuelta en un amor primero, en una presencia de gracia que antecede y funda la propia vida del hombre; que la persona es portadora de una vocación que la religa a Dios. Y significa también el vínculo socializador del cristianismo, la capacidad natural de la religión para crear unión entre los hombres, la importancia del compromiso y la responsabilidad, de la entrega personal de cada hombre en la construcción de nuestro mundo. Lo expresaba Schiller: “el mundo es lo que hacemos de él. Nada permite definir lo que era en su origen ni lo que sería sin nosotros”.

La belleza de los pasos de Semana Santa, habitados de silencio y esperanza, de oración y adoración, manifiesta la Belleza de Cristo como un poderoso vínculo de hermandad, el anhelo del alma -que es anhelo de Dios- por lo imperecedero y lo divino, sin cuya presencia el hombre y la sociedad se corrompen y cuya recusación del cotidiano vivir no sólo sería contraria a la fe sino a la misma razón, convirtiendo la vida en dramática y desdichada.

Las procesiones de Semana Santa no hacen sino evidenciar la incidencia de un orden sobrenatural y eterno en la naturaleza finita que determina en la persona un destino trascendente irrealizable con las solas fuerzas naturales; manifiestan un modo de ser, un profundo sentir y creer, un patrimonio religioso y espiritual capaz de forjar una comunidad viviente de herederos; la necesidad que el hombre y la sociedad tienen de Dios, asumiendo su condición de ser algo esencialmente religiosos, así como la firme voluntad de honrar a Dios con el culto público, haciendo de la religión católica, públicamente profesada, un inequívoco lazo de comunión entre los hombres.

La sociedad sabe que tiene deberes ante Dios y no quiere, en estos días de Semana Santa, sustraerse a la eficacia vivificante del cristianismo, a la sólida garantía de orden y salvación, al más poderoso vínculo de fraternidad, a la fuente inagotable de las virtudes individuales y públicas. La sociedad desea vivir ante Dios, como si Dios existiese, en el reconocimiento de que no hay progreso sin religión ni culto a Dios, ni los hombres son productivos sino mientras son religiosos.

Después de la Semana Santa queda por delante la más hermosa, sugerente y esperanzadora de las tareas: “¿comprendéis lo que he hecho con vosotros? Haced vosotros lo mismo” (Jn 13, 12-14). Después de haber experimentado el atractivo seductor de su Presencia y recibirla como vida nueva entregada, se abre un magnífico escenario de caridad fraterna, de autodonación del cristiano, que prolonga la entrega del Hijo al mundo por parte del Padre y la entrega de la vida que Jesús nos hizo. Esta voluntad de autodonación constituye la única acreditación fidedigna del humano “haber nacido de Dios”. Si Dios es amor, si Cristo dio su vida por nosotros, no puede haber otra prueba de que nos hemos apropiado de su vida que no sea la de actuar como él actúa, hacer las obras que él hace, pasar de la muerte a la vida a través del amor.
Autor: Roberto Esteban Duque.


El monologo de La Verónica:

Fotografías. Municipalidad de San José

Al escuchar el retumbo de la percusión romana salí al balcón de mi casa junto a mi pequeña, mire como llevaban a un justo y a dos malhechores camino al Gólgota. Salí corriendo, me acerque y les grite: ¡Dejadme pasar por amor al Omnipotente, por amor al Dios de Israel!

¿Hasta cuando se saciará vuestra sed de sangre de los hijos de Israel?

En que forma lleváis al patibulum al más grande e ilustre de los hijos de mi pueblo. Y les pregunte: ¿No sabéis quién es, le digo que es Él que por siempre han anunciado las profecías? Aquel niño de Belén perseguido por Herodes.

Es quién confundió a escribas y sacerdotes, él es sabio, es bueno, es  milagroso, es quién anduvo sobre las aguas,  calmó las tempestades y multiplicó los panes. ¿Es que acaso no teméis al poder de Yahvé ?

Dad  paso a esta mujer que sigue el impulso irresistible de su fiel corazón compadecida ante la injusticia con que impíos y traidores han saciado su odio y envidia contra el hombre, contra………….DIOS…

Luego, dirigí mi mirar hacia El Mesías, quien iba abatido. Era un varón de dolores, tal y como lo mencionó el Profeta Isaías.

Y, le dije: OH Jesús he pasado por tantos obstáculos para llegar a ti pero Señor ¿cómo se han atrevido a lastimarte? te han ultrajado Señor,  maltratado y humillado,  tus ropas te las han desgarrado como si fueses mendigo. OH padre mío ¿cómo han podido cometer esta infamia contra ti?

Jesús, Jesús mío quién pudiera desatar tus amarras y desprender de tu sien esta corona de espinas y esfumar el tumulto de los que te oprimen y fustigan quien pudiera silenciar el chasquido de estos látigos que me traspasan el corazón.

Pues soy yo testigo de tantas de tus bondades e inolvidables milagros.¿Es así como quieres DIOS que tu su hijo sufra tanto por nuestros pecados?, cuestioné. Entre mis manos tenía un lienzo color blanco y lo tomé, mis manos empezaron a temblar y le dije: Señor tiemblo mas ante tu divina majestad que anda entre  estos sayones.

Dirigí mis manos con el trozo de tela hacia su faz . Cuando enjute el rostro de Mi Señor me volví hacia el pueblo y les manifesté: Almas y corazones empedernidos contemplad este prodigo mas. Mirad la reliquia dela Divina Pasióndel Señor que será testimonio por todos los tiempos.

De nuevo volví mi mirada a Mi Jesús Amado y le señalé: Señor ¿como he agradecer este milagro que has otorgado en mi? dadme la gracia de ir en pos de tu camino de dolor hacia el calvario consolándote siempre y amándote con todo mi corazón….